Santa Cruz de la Sierra

Las musas (III)

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Dejamos a mi hijito Sebastián en el kínder alemán. De vuelta en mi casa, me pongo a trabajar sin esperar a que lleguen fantasmagóricas deidades nínficas y me den inspiración. En cuatro horas logro producir una veintena de páginas del guión de la nueva película de mi amigo Tony Peredo. Se las envío por correo electrónico. Siento un pesado cansancio físico, lo que no es atípico tras un serio esfuerzo creativo. Que yo sepa, no hay atajos hacia las obras maestras.
Recogiendo a Sebastián en el kínder me topo, inevitablemente, con su diligente profesora, quien para mi sorpresa me hace un cumplido. Me dice: “Bravo, ‘Herr’ Hoekzema Nieboer. Usted es un padre responsable.” Digo: “Gracias. Pero ¿a qué se refiere?” Ella explica: “Sabiendo que Sebastián tiene mucha energía y reconociendo que el trabajo pedagógico con él es bastante complicado, usted tuvo la brillante idea de mandarnos no a una, como varias veces le habíamos sugerido humildemente nosotros, sino a dos maestras auxiliares. ¡Wunderbar!” No sé de qué me está hablando, pero sonrío y sigo la corriente porque la mujer nunca ha estado halagadora conmigo. “Las dos muchachas se van a alternar en el no fácil papel tutelar. Sebastián me las presentó”, dice la profesora. Decido hablar del raro asunto más tarde con mi esposa Emma. Ahora a la profesora alemana me limito a decirle: “Muy bien. ¿Y qué impresión le dejaron esas dos muchachas?” Ella exclama: “¡Son maravillosas! Unschuldig und himmlisch.” Yo repito: “¿Inocentes y celestiales?” La mujer alemana explica: “Sí, así es mi primera impresión. Tal vez no sea la verdad.” Y luego dice: “Wir sehen die Dinge nicht wie sie sind, sondern wie wir sind.” (No vemos las cosas como son, sino como somos nosotros.) Pregunto: “¿Lo dijo Kant, uno de ustedes?” Ella dice: “No, lo dice el Talmud. Que tenga buen día, ‘Herr’ Hoekzema Nieboer. Ah, sí… hay una última cosita. Los nombres de las muchachas me suenan muy extraños.” No sin temor, pregunto: “¿Acaso se llaman Criseida y Briseida?” La mujer responde: “No, su hijo me las presentó como Yolanda y Holanda.” En el auto le cuento la historia de las dos nuevas maestras al taxista don Braulio Robles, quien comenta: “Acabo de ver pasar a dos adolescentes bonitas. ¿No serán las mismas niñas que vos viste esta mañana cerca de la fuente de la alameda Trompillo, Sebastián?” Mi hijito no responde. En cambio, yo digo: “Dos niñas inocentes y celestiales, me imagino.” Don Braulio susurra: “No, dos niñas súper sexis y un poco vulgares, como me gustan a mí.” Continuará.

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