Tom y Jerry I

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Dibujo animado: el gato persigue al ratón. Lo persigue enloquecidamente. Tan fuera de sí está el gato, y tan fuera de sí está el ratón, que ni uno ni otro se dan cuenta de que la carrera los ha conducido al borde de un precipicio. Las leyes del dibujo animado se imponen, y los dos siguen corriendo en el vacío. Corren como sacados, y es que están sacados de la realidad. Están tan compenetrados en lo que están haciendo (perseguir y escapar) que suspenden la ley de gravedad. Probablemente el ratón, que es el más débil y en consecuencia quien saldrá beneficiado por las leyes del dibujo animado, llegue a cruzar el abismo y toque nuevamente tierra y siga corriendo. Pero el gato, en plena carrera, advertirá de pronto que abajo de sus pies no hay nada. Recién cuando el gato tome conciencia de la nada sobre la que corre, y precisamente porque toma esa conciencia, caerá.
En su libro Mirando al sesgo, el filósofo esloveno Slavoj Zizek usa este tipo de recursos de la cultura popular para explicar complejísimas nociones lacanianas que aun pese al afán docente del autor permanecen oscuras para los profanos. Pero haciendo una síntesis de sentido, se podrían ensayar algunas asociaciones con la realidad argentina y con el capitalismo. No asociar con Lacan, que sería pretencioso. Digo más bien con Tom y Jerry.¿Quién es el gato y quién es el ratón? Es difícil precisarlo, pero podría pensarse este momento del capitalismo real como esa carrera entre ambos, como un sketch desarrollado en el aire, sobre el vacío. La fuerza arrolladora que tomaron en las décadas pasadas las ideas de la revolución conservadora que impusieron el modelo económico neoliberal son la inercia, el ilógico fuera de sí que hace creer a quienes corren que están pisando todavía tierra firme. Este vacío era la tierra más firme posible.
Hace algo más de una década, tras la Caída del Muro, las presuntas ñoñerías socialistas debieron dejar paso a los soberbios profetas del mercado. Uno de ellos, Arthur Seldon, llegó a escribir que “El proceso de mercado induce incluso a malas personas a llevar a cabo acciones buenas, mientras que el proceso político hace que incluso personas buenas realicen cosas malas... La solución consiste en disciplinar la autoridad de los políticos y reducirla a su mínima expresión”. Taladraron, taladraron, taladraron. Lograron, y no sólo en la periferia sino también y sobre todo en el intestino mismo del Imperio, que la lógica empresarial fuera asimilada a la lógica política. Continuará

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