El fracaso moral ante el clima

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Han pasado 30 años desde que aquella inédita ola de calor que recorrió Estados Unidos un verano de 1988 se convirtiera en el paradójico escenario en el que un científico valiente se atrevió a apuntar con el dedo por primera vez a los responsables del cambio climático: nosotros. Sin embargo, desde que el climatólogo James Hansen expresó públicamente su certeza sobre la relación entre calentamiento global y gases de efecto invernadero (GEI) producidos por el hombre, nuestro consumo de combustibles fósiles, principal fuente de emisión de esos gases, no solo no se ha frenado, sino que se ha disparado. Y aun sabiendo que quizás estemos frente al mayor reto al que la humanidad se haya enfrentado jamás, nuestro comportamiento continúa siendo el de un adicto: hemos pasado de producir 22,2 gigatoneladas (Gt) de CO2 en 1990 a 35,8 en 2016, según el informe de emisiones de la ONU publicado en 2017. Esa cifra supone casi el 70% de las emisiones totales de GEI, ya que hay otras actividades, como la agricultura o la deforestación, que elevan la emisión hasta el equivalente a 51,9 Gt de CO2.

En el libro La tormenta moral perfecta: la tragedia ética del cambio climático, de Stephen M. Gardiner, este filósofo y profesor de la Universidad de Washington sostiene que la lentitud de las decisiones que se han tomado deberían considerarse un fracaso moral de la humanidad. Las peculiaridades del cambio climático, cuyos efectos son dispersos y afectan a todas las áreas de la vida humana, son el caldo de cultivo perfecto para caer en la inacción. 

Es cierto que los mensajes ecologistas se multiplican: hay que reciclar, jubilar el plástico, ahorrar agua… Pero falta ecorrealismo: no podemos depositar solo en el individuo la responsabilidad que corresponde a los Gobiernos. Sabemos que el ser humano debe cambiar drásticamente sus hábitos de consumo. Pero nuestras decisiones individuales solo tendrán impacto si los políticos se atreven de verdad a romper el círculo vicioso que nos hace dependientes de los combustibles fósiles. Y eso significa ser valientes: si los Gobiernos no exigen ni ayudan a su sector energético a hacer la transición hacia las energías renovables, si no invierten en I+D para acelerar el proceso, si no legislan contra quienes ponen trabas, si no reconvierten toda su industria a las energías limpias y si no ayudan a los países en desarrollo a abrazarlas, la parte que le toca al individuo nunca dejará de ser anecdótica.

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