Santa Cruz de la Sierra

El cactus (II)

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Ahora, acostado en una camisa de fuerza en la habitación de la clínica El Trompillo y mirando atrás hacia aquella noche en la Plaza 24 de Septiembre, sospecho que el cineasta Tony Peredo al hablar de Tristán Tzara en lugar de Tristán Roca quiso confundirme, tal vez por razones artísticas. Antes de que yo entrara con mi hijito al museo de historia regional, el cineasta nos declamó un poema de Tzara lleno de términos hechizantes como “sueños”, “jardines”, “dudas”, “soldados”, “cacerías” y “fusilamientos”. Mi hijo Sebastián le preguntó a su tío Tony: “¿Qué tiene que ver el poema con tu nueva película?” Mi gran amigo contestó: “No sé. Es solo una intuición. El poema sirve sobre todo de chispa, es el arranque del filme.” Nos contó que se iba a titular “La mutación” y cuando Sebastián quiso saber si acaso en el largometraje había un papel importante para un cactus Tony se encogió de hombros.
La conferencia sobre el polifacético fundador de nuestro periódico se llevaría a cabo en el patio central del museo. Una vez sentados en la última fila (había mucha gente conocida, pero yo no quise saludar a nadie), Sebastián miró hacia arriba y me dijo: “Papá, este edificio no está bien construido. No tiene techo.” Yo dije: “Pero así podemos ver las estrellas.” Mi hijito rebatió: “Así podemos mojarnos, cuando llueva.” Bueno, al final no llovió y resultó que mi hijo Sebastián supo soportarlos a los varios oradores mucho mejor que yo. Sentí una nausea creciente. Además, no pude quitarme el poema de Tristán Tzara de la cabeza, así que capté bien poco de lo que dijeron acerca del otro Tristán. Me sentí fuera de lugar, sumamente desorientado, a tal punto que la última oración del último orador de la noche me pareció sonar como: “Cactus, caca, cacatúa, cascabel, cucaracha, escarabajo, escalada, carcajada, cactus.”
Al día siguiente el taxista don Braulio Robles me preguntó sobre la conferencia. En particular, quiso saber mi opinión acerca de uno de los oradores, un locutor de radio al que él escucha todas las mañanas. “Sí, lo vi”, dije. “¿Lo saludó? ¿Habló con él? Dígame cómo es en la realidad, ¿tan brillante y simpático como parece ser?” insistió don Braulio. “No sé. No hablé con él. La verdad es que no hablé con nadie”, confesé. El taxista sentenció: “Usted es el peor periodista que conozco, tan antisocial como un cactus.” Continuará.

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