Santa Cruz de la Sierra

Castigo corporal

Hace unos días recibí una llamada de una emisora preguntando mi opinión sobre una sanción que la justicia española aplicó a un padre que abofeteó a su hija. En Colombia se usa el correazo y en distintas culturas hay formas habituales de castigo corporal de padres a hijos, que podríamos calificar como de violencia en la familia naturalizada y que cada vez más la ley condena.
Mi opinión fue que toda forma de violencia física o psicológica ejercida contra un niño o un adolescente genera humillación, miedo y desconfianza. Y que en vez de educar para el “recto proceder”, enseña a actuar sin miramientos contra la dignidad de las personas. Que la autoridad en la familia es necesaria, pero que los padres debemos actuar con serenidad para ejercerla de modo legítimo, y que las sanciones violentas están prohibidas, y la Corte Constitucional ha regulado la disciplina en familias y colegios. También anoté que el ICBF ha probado que quienes han perpetrado crímenes violentos, incluidos los integrantes de grupos armados ilegales, han sido siempre víctimas de este tipo de maltrato en su niñez.
Enseguida, muchos oyentes tuiteros reaccionaron defendiendo a sus padres que los habían castigado usando el dolor físico como escarmiento. Y me cuestionaron comparar castigos menores con actitudes violentas exageradas. Como me puso a pensar la reacción, decidí profundizar en el tema.
Tal como lo había anotado en una columna hace un año (‘Pegarles a los estudiantes’), lo que encontré fue clara evidencia de que los efectos de los castigos físicos en los menores suelen ser la agresividad y la depresión y no mejores comportamientos. Y en especial cómo su aplicación severa y frecuente conduce a formas de estrés que impiden un desarrollo socioemocional sano y predicen conductas violentas, deserción escolar, abuso de psicoactivos y problemas en el trabajo y la comunidad en la vida adulta.
De acuerdo con las Escala de Tácticas Parentales para el Manejo de Conflictos (CTS), que utilizan distintas organizaciones en el mundo, entre ellas Unicef y la Organización Mundial de la Salud, hay cinco niveles de táctica sancionatoria: disciplina no violenta, maltrato psicológico, maltrato físico menor, maltrato físico severo y maltrato físico extremo. También se analiza la aplicación de esos castigos según edad, género y frecuencia. El abofeteo y el correazo califican como maltrato físico severo. Y la disciplina no violenta es la única forma razonable, de acuerdo con los consensos científicos y los marcos jurídicos internacionales de derechos de los niños. Así que, entendiendo la diferencia entre una palmada en la cola que una madre cariñosa le da a su hijo y una paliza pública que deja lesionado a un chico, no cabe duda del error en el que incurren quienes piensan que la disciplina ejercida con autoritarismo y violencia contra los niños puede ser positiva. (Continuará)

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