Santa Cruz de la Sierra

Aullido (II)

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Llegamos al kínder alemán. Antes de bajar de la movilidad del taxista don Braulio Robles, mi hijito Sebastián me pregunta: “¿Qué vamos a hacer en la tarde?” Le explico que vamos a divertirnos en la casa de los abuelos, una casona de antaño con galerías y horcones de madera y con un jardín de fábula. La abuela Josefina tiene que viajar a Montevideo para hacerse una larga y desmoralizadoraserie de análisis médicos. El abuelo, don Hugo Sosa, que tiene 94 años y al que sus nietos suelen llamar ‘papá Hugo’, le pidió a mi esposa Emma que le hiciéramos compañía por la entera semana. “¿Al papá Hugo no le gusta estar solito?” quiere saber Sebastián. El taxista don Braulio dice: “A nadie le gusta estar solo.” Yo digo: “Excepto al lobo solitario.” Don Braulio rebate: “Ni al lobo solitario, porque el lobo solitario no está solo por su propia elección. Tenga cuidado, don Allart, yo le dije que usted está a un paso de la expulsión de la manada.” Luego el taxista le pregunta a mi hijito: “¿Podés repetir por favor tu discurso sobre el lobo? Me gustó muchísimo.” Sebastián dice: “El lobo aúlla a la luna y al final se la come. Después sale el sol y vamos a ir a la playa de Punta Cana.” Don Braulio estira su cuello y parece que quiere ulular, pero en lugar del grito “¡Auuu! le sale un bostezo, el enésimo de la mañana.
Estoy en nuestra casa, escribiendo la primera entrega de mi nuevo relato para el periódico ‘La Estrella del Oriente’, cuando me llama mi esposa Emmita. “Vení a la casa de mis padres. Es una emergencia”, me dice. “¿Tu madre ya viajó?” pregunto. “Sí, hace una hora”, responde. “¿Y don Hugo?” inquiero. Ella me dice: “Mi papi se encerró en el baño de los huéspedes. No quiere salir por nada en el mundo. ¿Qué hacemos?”
Bueno, una vez llegado a la casona de antaño de mis suegros, sobre la amada avenida La Barranca, hago junto a Emmita lo que tenemos que hacer: entramos más o menos por la fuerza al baño, lo sacamos a mi suegro y lo lavamos en la ducha de su habitación. Calladito se queda el papá Hugo, que toda su vida ha sido un hombre vertical y sumamente independiente. No quiere hablar, no sé si es por vergüenza, por testarudez o por tristeza (probablemente las tres cosas). Cuando nuestro hijo Sebastián vuelve del kínder, va directamente a la habitación de su abuelo y le dice: “Papá Hugo, no te preocupes. Estoy aquí. Ya no estás solito.” Continuará.

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