Santa Cruz de la Sierra
25 Julio 2014

El presidente estadounidense, Barack Obama, advirtió contra la falsa esperanza de que miles de niños migrantes centroamericanos se queden en el país, durante una reunión este viernes con sus pares de El Salvador, Guatemala y Honduras, a quienes llamó a recibir a los menores.

"En algún punto los niños que no hagan una solicitud justificada (de asilo) serán objeto de repatriación a sus países", dijo Obama, luego del encuentro de casi una hora en la Casa Blanca.

Obama recibió en el Salón de Gabinete de la Casa Blanca a los presidentes Otto Pérez (Guatemala), Juan Orlando Hernández (Honduras) y Salvador Sánchez Cerén (El Salvador), en el primer encuentro entre los cuatro líderes desde que la marea de niños se hizo pública hace dos meses.

"El estatus de refugio (...) no es otorgado solo porque una familia vive en una mala zona o en la pobreza", explicó el mandatario.

Y si hay casos justificados, las víctimas deberían hacer una solicitud en sus países de origen y no en los puestos fronterizos de Estados Unidos, inundados desde hace meses de niños centroamericanos que huyen de pandillas o falta de oportunidades económicas, señaló.

Obama reconoció que el problema representa una crisis humanitaria, destacando que su gobierno y los estadounidenses han demostrado tener "una gran compasión por estos niños".

Pero subrayó que los países tienen una "responsabilidad compartida" en reducir el flujo de los migrantes que toman "grandes riesgos" para llegar a Estados Unidos. "Somos una nación de inmigrantes pero también de leyes", dijo el mandatario.

- Preparados -

El presidente guatemalteco, Otto Pérez, señaló ante periodistas frente a la Casa Blanca que los tres gobiernos entienden que muchos niños deberán regresar a sus países.

"Obama nos pide que estemos preparados para recibir a los niños (...); en Guatemala hemos estado preparándonos", dijo, anunciando la instalación de dos centros para albergarlos y de recursos para atenderlos y llevarlos a sus hogares.

La Casa Blanca considera que los esfuerzos han comenzado a pagar, basándose en cifras previas que revelan que el número de menores detenidos en la frontera cayó la mitad entre junio y julio.

La solución a la crisis "va caminando bien" coincidió Pérez.

Obama insistió en luchar contra las bandas de traficantes, conocidos como coyotes "que hacen dinero a expensas de familias desesperadas" que empujan a sus hijos a realizar "este peligroso viaje".

Pero los países deben también hacer "más para atender las raíces" de la migración ilegal, incluyendo la pobreza y la violencia en Centroamérica, señaló.

- Plan de seguridad -

Al respecto, los centroamericanos solicitaron ayuda para un plan regional de seguridad "como un plan Colombia" para combatir el narcotráfico y las pandillas que muchos consideran impulsan a las familias y los niños a emigrar.

Pérez señaló que el plan "ha sido bien recibido", aunque admitió que apenas es un bosquejo.

"Hoy acordamos seguir trabajando juntos", afirmó Obama.

"Se mostró la buena voluntad de los diferentes presidentes para trabajar conjuntamente", dijo por su parte Molina.

Desde octubre más de 57.000 niños han cruzado ilegalmente a Estados Unidos sin compañía de adultos, lo que ha desbordado a las autoridades de los países involucrados.

Del total, 43.933 menores provienen de El Salvador, Honduras y Guatemala, huyendo de las pandillas, la pobreza o buscando reunirse con sus familiares en Estados Unidos, muchos también a su vez indocumentados.

Obama solicitó al Congreso recursos especiales por 3.700 millones de dólares para mitigar la crisis, aumentando el número de agentes fronterizos y de jueces migratorios.

Los mandatarios centroamericanos se reunieron más temprano con el presidente del BID, Luis Alberto Moreno, a quien solicitaron asistencia para financiar esos esfuerzos de mediano y largo plazo.

Redacción Leo.bo

Fuente: AFP

 

24 Julio 2014

El tortuoso viaje desde Centroamérica para entrar clandestinamente a Estados Unidos convoca a miles de menores de edad, desde el resuelto adolescente que decidió reunirse con su madre hasta el tímido niño de seis años al que la suya lo mandó a traer.

Marco, de 15 años, sintió que el futuro se le deshacía cortando hierba por unos cuantos quetzales en Sahilá, en el departamento de Izabal en el oeste de Guatemala, mientras veía a conocidos caer en las drogas y las pandillas.

"Le decía a mi mamá que no quería estar ahí, ella me decía 'sí, está bien, tranquilo', pero nunca me decía algo serio de que me podía venir" a Estados Unidos, dice a la AFP este joven robusto que quiere ser mecánico.

De todas formas lo hizo.

Ahorró dinero y contactó a gente por Facebook. Días después iba con un grupo cruzando en una lancha hacia México, caminando por horas, atento a las serpientes, durmiendo en almacenes y pasando hambre.

"La primera noche comimos normal, pero el otro día (no) comimos hasta en la tarde", narra.

Pasó por las manos de dos "coyotes" (traficantes de personas) y, en México, el chofer de un autobús le arrebató sus últimos pesos. "Si no los daba iba a perder a mis compañeros", dice.

Había oído hablar de "La Bestia", los trenes que atraviesan México con rellenos de carga y cientos de migrantes en sus techos, pero las historias de robos y asesinatos lo disuadieron de subirse a él.

Ese viaje o uno similar lo han hecho al menos 57.000 niños desde octubre para llegar a la frontera estadounidense, lo que ha generado una crisis migratoria en la región.

Si entran solos sin documentos y no provienen de un país contiguo, primero son detenidos por la patrulla fronteriza y en un plazo de 72 horas pasan a albergues donde reciben asesoramiento jurídico, cuidados médicos y psicológicos.

La mayoría de las veces son entregados a un familiar a la espera de que su caso sea examinado por un tribunal.

- "Valía la pena" -

Marco aun no tiene fecha de audiencia, tampoco Pedro, un niño de seis años muy tímido. Lo único que concede es que tuvo miedo.

Su madre María, que vive indocumentada en Hyattsville, en las afueras de Washington, lo hizo venir junto a una prima tres años mayor y otro primo de 17 desde el pueblo costero de La Libertad, en el departamento homónimo al sur de El Salvador, en un viaje de cinco días en buses y taxis.

Fue "necesidad" lo que la motivó a mandar a su hijo por la frontera, tras saber que las pandillas merodeaban el camino a la escuela, dice María, cuyo nombre, así como los de los demás, fue cambiado para esta historia.

"No me lo he traído porque yo he querido, sino que ha sido una necesidad", dice. "Es duro que ellos estén por allá y nosotros acá. Él corre un riesgo allá, acá uno lo siente más seguro (...) Valía la pena traerlo porque el día de mañana quiero un buen futuro para él".

Los menores se fueron con algo de dinero y las indicaciones de los adultos que habían hecho el recorrido antes (María llegó ilegalmente hace casi dos años).

Todo iba muy bien, hasta que hombres armados asaltaron el bus en el que viajaban.

El pequeño ríe y juega con su mamá, pero ella cuenta que tiene pesadillas y va al psicólogo. "Necesito que le saque todo ese trauma que él trae", dice.

Antes de partir, Marco había llamado a su madre, Rosa, para pedirle dinero por unos zapatos, pero no le contó más. Cuando ella supo nuevamente de él habían transcurrido más de cuarenta días. Una voz por teléfono le dijo que estaba detenido por agentes estadounidenses de inmigración cerca de McAllen, Texas, a más de 2.000 kilómetros de su casa.

"Sabiendo lo que se sufre en el camino, de los riesgos, de los grandes peligros, yo no era capaz de mandarlo a traer, me sentía con miedo", dice Rosa, de 36 años, que tuvo dos hijos más con su esposo en siete años de vida en Estados Unidos.

La última vez que había visto a su hijo mayor, Marco tenía 8 años.

Redacción Leo.bo

Fuente: AFP

 

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