Santa Cruz de la Sierra
11 Abril 2018

El siguiente número te va a sorprender: 39 billones. Esa es la cantidad de bacterias que viven dentro de nuestro organismo.

Quizás no te lo hayas planteado, pero ese microcosmos causa un efecto en nuestro peso. Para algunos puede ser positivo, pero para otros quizás no.

“Los seres humanos tenemos una célula de las bacterias por cada una de las nuestras, pero como ellas son significativamente más pequeñas, pesan menos. En total, los 39 billones calculados en las últimas estimaciones, equivalen a uno o dos kilos a lo sumo”, le dice a la BBC Ed Young, autor del libro Tengo multitudes.

Y dentro de este universo de billones, la variedad de estos microorganismos es inmensa.

“Son ecosistemas muy diferentes. Las que están en la nariz, por ejemplo, son húmedas, como la selva tropical. Aquellas que se encuentran en el antebrazo son secas, como un desierto”, añade Young.

Uno o dos kilos no son mayor cosa, pero el tipo de bacterias que habitan en nuestro cuerpo -y que varían en cada uno de nosotros, al margen de su diversidad- si puede tener un efecto mucho más significativo en nuestro peso.

Y eso es lo importante en lo que respecta a nuestra salud.

Placas de Petri ambulantes: el descubrimiento

Otro dato que también podría sorprenderte es la forma en la que se descubrió que un microcosmos de bacterias vive en nuestro cuerpo.

Todo comenzó en el siglo XVII con un comerciante de telas holandés llamado Antonie van Leeuwenhoek y su extraño hobby: la fabricación de microscopios (de los mejores de la época).

Además de elaborarlos, los utilizaba para realizar experimentos.

Van Leeuwenhoek se sacaba la placa de la boca, la rociaba con agua de lluvia y observaba lo que ocurría.

“Para mi sorpresa, contiene una gran cantidad de animales que se mueven de forma extravagante. Son tantos, que el número supera a los habitantes de un reino“, concluyó el comerciante después de realizar el experimento con varios voluntarios.

Desde entonces, se han descubierto bacterias en casi todo el cuerpo.

Beneficios

También se ha descubierto que tienen múltiples efectos en nuestro organismo.

“Nos protegen de infecciones y enfermedades, entre otras razones porque al ocupar tanto espacio, no dejan mucho para otros organismos perjudiciales para nuestro cuerpo”, explica Young.

Y prosigue: “También ayudan a renovar partes de ciertos órganos y en la reconstitución de nuestros cuerpos y quizás afectan el comportamiento y los pensamientos”.

Se han realizado varios estudios en animales que demuestran cómo las bacterias afectan el humor, la personalidad y la resiliencia al estrés y la ansiedad.

Pero no está claro si algo similar ocurre en los humanos.

Variedad de soluciones

En cuanto al peso, análisis han determinado que el tipo de bacteria que vive en nuestro intestino si puede afectar nuestro peso.

“Realizamos un estudio en mellizos y descubrimos que en el más flaco, siempre están presentes cierto tipo de bacterias que ayudan a controlar el peso cuando consumen alimentos que engordan, como una hamburguesa”, explica el coordinador del proyecto, el profesor Tim Spector, del Hospital Saint Thomas, en Londres.

Esas bacterias no se encuentran en el intestino del mellizo que pesa más.

¿Qué alternativas hay, entonces, si se quiere mejorar la calidad de nuestro microcosmos interior?

“Lo primero es comer la mayor variedad posible de alimentos naturales en lugar de suplementos prebióticos. Por ejemplo, leche y té fermentados”, recomienda Spector.

Pero no es lo único. Hay opciones un poco más radicales en caso de que la persona realmente lo requiera… o esté muy desesperada.

“Con una cirugía bariátrica se puede realizar un trasplante de intestino. En 24 horas la flora intestinal cambia totalmente. También es posible realizar otro tipo de trasplante, pero de heces, con un donante saludable y delgado”, indica Spector.

El especialista comenta que hay varios métodos para lograrlo: un tubo que se inserta en la nariz, otro a través del recto y un tercero que consiste en tomar pastillas de heces.

Redacción: Leo.com                                          

Fuente: BBCMundo

13 Abril 2018

Hoy en día, estadísticas estiman que de cada dos pacientes hipertensos, uno presenta desórdenes respiratorios asociados al sueño, como la apnea del sueño.

Este trastorno, caracterizado por obstrucción en la respiración durante el sueño, sin que el individuo se de cuenta de que está dejando de respirar, desencadena un estado inflamatorio, con liberación de hormonas de estrés (como la adrenalina y el cortisol) y mayor coagulabilidad de la sangre

Este estado inflamatorio se traduce en un aumento del riesgo de hipertensión arterial y enfermedad cardiovascular.

¿Cómo puede sospechar si presenta apnea del sueño? “Aunque el ronquido es lo primero que nos viene a la mente, también podemos tener apnea sin ronquido, y la persona puede cursar con sueño excesivo durante el día, sensación de no haber descansado después de una noche de sueño, ahogos observados por su compañero de cama, insomnio y sueño fragmentado”, explica la Dra Lisette Cortes, médico internista e intensivista de Clínica Soñares.

Inclusive, en ocasiones son otras las manifestaciones, por ejemplo sudoración nocturna, olvidos, dificultad para concentrarse, irritabilidad, cambios de humor, dolores de cabeza al despertar, acidez, reflujo, levantarse muchas veces para orinar en la noche, disminución del deseo sexual y disfunción eréctil.

Si la persona es hipertensa, existen cuatro situaciones en las cuales su médico puede determinar si además padece de apnea del sueño:

Si presenta dos o más de los síntomas mencionados.

Si está recibiendo tratamiento con tres o más medicamentos a dosis máxima y no se logra controlar la presión arterial (esto se conoce como hipertensión resistente).

Si al realizar un monitoreo ambulatorio de presión arterial (lo que se llama comúnmente MAPA) las cifras de presión arterial no disminuyen en la noche como es esperado, o inclusive aumentan.

Si la persona es menor de 40 años, y se ha planteado una posible hipertensión secundaria.

“Para descartar la apnea del sueño, existen diversos exámenes; uno de ellos es la polisomnografia, llamado también estudio de sueño. En él, durante la noche, se miden variables en el paciente como el ritmo cardíaco, oxígeno en sangre, electroencefalograma, para observar la arquitectura del sueño y determinar si se están produciendo apneas (pausas)”, afirma la Dra Cortes.

Una vez diagnosticada, existen alternativas para tratar el trastorno: en casos leves se cuenta con dispositivos orales, que modifican la posición de la mandíbula y mantienen la vía aérea abierta durante el sueño. En casos moderados o severos se amerita utilizar una máscara en la nariz o en la boca para así mantener una presión constante de aire en la vía área, impidiendo que ésta colapse.

Si tiene dudas, de un paso al frente por su salud y aclárelas. Dormir tranquilo es posible y además necesario para tener la calidad de vida que usted merece.

Redacción: Leo.com                                          

Fuente: Isalud.com

12 Abril 2018

Cuando se trata de nuestros sentidos, el tacto es tan importante como el oído o la vista.

No sólo asegura que seamos capaces de juzgar las temperaturas y sentir dolor. También nos ayuda a mantenernos erguidos al sentir el suelo debajo de nuestros pies.

Y nos permite establecer conexiones emocionales con otras personas.

Por eso perder el sentido del tacto puede tener un gran impacto, como bien sabe Yvette Wong, de Liverpool, en Reino Unido.

“Con mis pies, simplemente no puedo sentir nada. Si los meto en agua caliente, no me doy cuenta. Cuando saco el pie, está rojo brillante, pero no me quema“, le cuenta a la BBC.

El acto de tomar un baño es potencialmente peligroso para alguien como Wong.

Pero hay un problema aún mayor, uno que ya la ha afectado.

“Me caigo. Me ha pasado en la calle”.

Cada año, solo en Inglaterra, alrededor de 250.000 mayores de 65 años terminan en los servicios de emergencias de los hospitales después de una caída, y un sentido del tacto deteriorado es una de las principales razones.

A Yvette Wong, solo salir a dar un breve paseo en su propia calle, sobre un pavimento que conoce, la desequilibra.

“Me siento inestable. Si no me concentro, me voy para cualquier lado”.

El mal que afecta a Wong se llama neuropatía periférica y se estima lo padecen una de cada diez personas mayores de 55 años.

Las causas son muchas y variadas, pero definitivamente aumentan a medida que envejecemos.

Ese sentido que da sensación

Con el tacto, a menudo, el placer es mutuo.

“Hay nervios en la piel que no solo responden a un estímulo mecánico que llamamos tacto. Los hay que responden a la temperatura, el dolor o el picazón“. Hay un nervio táctil recientemente descubierto que responde al tacto suave“, explica Francis McGlone, de la Universidad John Moores en Liverpool, uno de los principales expertos sobre el sentido del tacto.

“En general, probablemente haya 20 tipos diferentes de receptores en la piel que le informan a tu cerebro sobre los eventos en tu cuerpo”.

¿Qué sucede en estos receptores a medida que envejecemos?

“Los receptores táctiles dependen de la piel en la que están. A medida que la piel envejece, puede haber algunas diferencias sutiles en la forma en que estos receptores táctiles pueden codificar el contacto en la superficie del cuerpo”.

“Pero creo que el receptor táctil más importante está en las articulaciones y los músculos, que se ven afectados con la edad, y por eso las personas mayores se caen más a menudo”.

Nos vamos volviendo frágiles.

¿Cómo estás tú?

Entonces, esa fragilidad de la vejez es una indicación de que estos receptores en las articulaciones y los músculos no funcionan tan bien como antes.

Debemos prestarle tanta atención a nuestro sentido del tacto como a los otros sentidos.

Si perdiéramos la vista o el oído, iríamos al médico inmediatamente.

Así mismo debería ser con el tacto.

Y hay un examen muy simple que cualquiera puede hacer para averiguar en qué estado se encuentra su sentido del tacto: la prueba de Ipswich.

Te piden que cierres los ojos y te tocan las puntas del primer, tercer y quinto dedos del pie para probar si puedes sentirlos.

Si fallaras en dos de seis, eso sería una indicación de que hay alguna posibilidad de neuropatía, y serías referido a un neurólogo o endocrinólogo.

Estos especialistas a su vez prueban tus reacciones usando unos dispositivos llamados filamentos de Von Frey. Es una forma mucho más precisa de medir la sensibilidad táctil.

Para no perder lo que se tiene…

¡Quítate los zapatos!

¿Qué podemos hacer para ayudar a proteger ese sentido del tacto a medida que envejecemos?, le preguntamos al experto, quien aconsejó:

 Cuidar la piel es crucial, porque todos estos receptores táctiles están en tu piel

 La dieta es obviamente importante, porque estas fibras nerviosas son metabólicamente activas. Necesitan el tipo de combustible adecuado para poder funcionar correctamente. Hay alimentos recomendables como aguacates, aceitunas y nueces.

 Y, por supuesto, ya sabes lo que dicen: si no lo usas, lo pierdes. Hemos perdido algo que solíamos tener: contacto directo con el suelo, con la hierba. Así que quítate los zapatos y medias tan a menudo como puedas y deja que los pies respiren.

Las caricias son vitales

Finalmente, hay otro aspecto del tacto que vale la pena ejercitar… tocar.

De vuelta en la Universidad John Moores, el profesor Francis McGlone nos habló acerca de un nuevo y emocionante campo de investigación.

Los ancianos a los que los acarician se alimentan mejor.

Todos los animales sociales, todos los humanos, tienen una biblioteca de nervios en la piel que responde al tacto suave. Y no se trata de sentir con los sentidos sino con la emoción.

Es decir, las caricias envían mensajes a hacia las partes del cerebro que básicamente procesan la emoción, en lugar de las partes del cerebro que procesan la sensación.

Pero ¿qué significa eso?

Bueno, en pocas palabras, el tacto suave induce una reacción emocional, y la evidencia está en todas partes.

Hay evidencia en experimentos como lo que se llama el toque de Midas: si una camarera o camarero nos toca en el hombro cuando está tomando nuestro pedido, obtiene mejores propinas.

¡A repartir abrazos!

Y para las personas mayores que rara vez están expuestas al contacto físico suave, éste podría ser vital. Hay evidencia de eso, también.

Los ancianos que reciben caricias comen más y mejor.

Por lo tanto, existe un nervio sensible al tacto suave en todos los mamíferos sociales y debe ser tocado para promover la supervivencia y el bienestar.

La ciencia ha demostrado lo que intuitivamente hemos sabido durante mucho tiempo: el contacto humano es primordial.

Redacción: Leo.com                                          

Fuente: BBCMundo

11 Abril 2018

La gran variedad de dietas que declaran ayudarte a eliminar los kilos extra suelen caer en dos categorías: baja en grasas o baja en carbohidratos. Algunas empresas incluso establecen que la genética puede decirnos qué dieta es mejor para cierto tipo de gente.

Hace poco, un estudio riguroso buscó poner fin al debate, y sus resultados decepcionaron a ambos bandos. El lado amable, como reportó The New York Times, es que la gente logró perder peso sin importar cuál de las dos dietas siguiera.

Vale la pena examinar el estudio más de cerca para ver qué sí demostró y qué no.

Los investigadores de la Universidad de Stanford reclutaron a más de seiscientas personas (una muestra enorme para un estudio nutricional) cuyas edades oscilaban entre los 18 y los 50 años y un índice de masa corporal de entre 28 a 40 (25 a 30 es sobrepeso y de 30 en adelante es obesidad). Los participantes del estudio debían estar sanos. No tenían que tomar estatinas ni medicamentos para diabetes tipo dos o hipertensión, pues estos pueden afectar el peso o el gasto calórico. Se les asignó al azar una dieta saludable baja en grasas o una dieta saludable baja en carbohidratos y claramente sabían a qué grupo pertenecían.

Todos los participantes asistieron a las veintidós sesiones informativas durante un año en grupos de más o menos diecisiete personas. Al inicio, las sesiones se llevaban a cabo semanalmente y después se distanciaron para que fueran mensuales durante los últimos seis meses. Se incentivó a cada participante a reducir la ingesta del nutriente evadido a 20 gramos por día durante las primeras ocho semanas; después los participantes agregaron grasas o carbohidratos poco a poco a su dieta hasta que llegaron al nivel más bajo de ingesta que consideraron que podían mantener a largo plazo.

Todos recibieron seguimiento durante un año (lo que significa una eternidad para un estudio nutricional). Todos fueron motivados a incrementar al máximo su ingesta de verduras, a disminuir el azúcar añadida, las harinas refinadas y el consumo de grasas saturadas, así como a enfocarse en alimentos integrales mínimamente procesados. También se alentó a los participantes a cocinar en casa tanto como pudieran.

Todos los participantes se sometieron a una prueba de tolerancia a la glucosa para medir su sensibilidad a la insulina. Algunos creen que la resistencia o sensibilidad a la insulina puede afectar no solamente cómo reacciona la gente a las dietas, sino también qué tan las siguen. Los participantes también fueron clasificados por genotipo, porque algunos creen que ciertos genes hacen a la gente más sensible a los carbohidratos o a la grasa con respecto al aumento de peso. Cerca del 40 por ciento de los participantes tenían un genotipo bajo en grasa y 30 por ciento tenía un genotipo bajo en carbohidratos.

Se recolectaron datos al inicio del estudio, a los seis meses y al año. En tres ocasiones sin aviso, los investigadores visitaron a los pacientes para observar qué tanto estaban siguiendo las instrucciones.

Esta fue una prueba increíblemente bien diseñada.

La gente sí cambió su dieta según el grupo al que fue asignada. Aquellos en el grupo bajo en grasa consumieron, en promedio, el 29 por ciento de sus calorías provenientes de las grasas, en contraste con el 45 por ciento en el grupo bajo en carbohidratos. Aquellos en el grupo bajo en carbohidratos consumieron el 30 por ciento de sus calorías provenientes de carbohidratos, en contraste con el 48 por ciento en el grupo bajo en grasa.

No obstante, no perdieron cantidades de peso significativamente distintas. A los doce meses, el grupo bajo en carbohidratos perdió, en promedio, un poco más de 6 kilogramos, y el grupo bajo en grasa más de 5 kilogramos. La diferencia no fue estadísticamente significativa.

La sensibilidad a la insulina no marcó diferencia alguna. La gente que secretaba más o menos insulina no perdió más ni menos peso en general en ninguna de las dos dietas. La genética tampoco representó una diferencia. La gente que tenía genes que podrían indicar que les iría mejor una dieta o la otra tampoco presentó diferencia.

De hecho, si se observa el comportamiento de cada uno de los participantes del estudio según la dieta que se le asignó, es notable que ambas dietas mostraron una curva de respuesta casi idéntica, desde una gran pérdida de peso hasta un poco de ganancia. No fueron solo los promedios.

Algunos han interpretado que este estudio demuestra que evitar la comida procesada, comer más alimentos integrales y cocinar en casa conlleva pérdida de peso. Aunque me gustaría pensar que eso es cierto —he defendido este enfoque saludable en mi artículo sobre recomendaciones de alimentos en The Upshot y en un libro reciente—, esto no es lo que el estudio demostró. A pesar de que todos los participantes recibieron este consejo, no hubo un grupo de control con personas que no recibieran el consejo, así que no se pueden sacar conclusiones sobre la eficacia de estas instrucciones.

Otros han tomado este estudio como evidencia para desmentir la idea de que contar calorías es la clave para la pérdida de peso. Aunque ese no fue el principal motivo del estudio, y tampoco hubo instrucciones al respecto, los participantes sí redujeron su ingesta diaria por un promedio de 500 a 600 calorías (aunque no las estuvieran contando). Este estudio no prueba la poca importancia de las calorías.

El camino más sencillo —y apoyado por muchos— es reducir los alimentos procesados, reflexionar sobre las calorías que bebes y tratar de no comer más de lo planeado.

Los investigadores también les pidieron a todos, no solo a aquellos en el grupo bajo en grasas, que evitaran los “azúcares añadidos”. Así pues, no podemos concluir nada nuevo sobre los azúcares añadidos y la pérdida de peso.

Lo que este estudio demuestra es que la gente que ha establecido la superioridad de una dieta sobre la otra no tiene los fundamentos sólidos que creía. Es difícil sobreestimar que el desempeño de ambas dietas fue muy similar, incluso a nivel personal.

El estudio demuestra que la gran cantidad de personas, y de estudios, que sugieren que te pueden decir qué dieta es mejor para ti con base en la genética o en tus niveles de insulina podrían no estar en lo correcto. Casi todos los estudios que respaldan tales ideas han sido más pequeños o de menor duración, o bien no han estado tan bien diseñados como este. Podemos aceptar que es posible que haya algún descubrimiento genético en el futuro que marque una diferencia, pero aquellos que piensan que ya lo encontraron quizá deberían revisar su entusiasmo.

Este estudio se enfocó principalmente en gente obesa, así que es posible que quienes quieren perder solo algunos kilos se beneficien más de una dieta u otra; no lo sabemos. También es importante recalcar que la gente en este estudio recibió mucho apoyo en ambas dietas, así que estos resultados quizá no se obtengan en aquellos que intenten perder peso por sí mismos.

Deberías tener cuidado con aquellos que te dicen que saben qué dieta es mejor para ti, o que hay un cuestionario por ahí que te dice lo mismo. Las dietas exitosas a largo plazo son aquellas que involucran cambios lentos y constantes. El camino más sencillo —y apoyado por muchos— es reducir los alimentos procesados, reflexionar sobre las calorías que bebes y tratar de no comer más de lo planeado.

En resumen, la mejor dieta para ti es aquella a la que puedes apegarte. Nadie mejor que tú sabe cuál podría ser. Lo más probable es que debas descubrirlo tú solo.

Redacción: Leo.com                                          

Fuente: Isalud.com

08 Abril 2018

Te la pruebas, la pagas y te la pones. Algunos repiten esta fórmula sin pensar en las consecuencias, pero para los expertos está claro que las prendas nuevas tiene que pasar por la lavadora. ¿Por qué? Es imposible estar seguros de cuántas personas se probaron la misma pieza y esto puede transmitir liendres, sarna y otras enfermedades infecciosas.

Según dijo a La Nación el dermatólogo Ezequiel Struminger, no conoce casos de contagio que se hayan producido por usar ropa nueva sin lavar, pero no es descabellado que algo se pueda transmitir en el contacto con la piel.

Nunca tuve un paciente que haya llegado al consultorio por alguna alergia que tuvo después de ponerse ropa nueva. Hay una fantasía que tiene que ver con el ‘ve a saber de dónde viene’ y eso hace que se pueda contagiar, pero son fantasías paranoicas”, dijo Struminger.

El dermatólogo explicó que algo que sí puede pasar es que se contagie sarna con el contacto de un tejido y la piel pero “no sería lo común”. Sin embargo, para Struminger, “el sentido común nos dice que hay que lavar la ropa nueva” antes de usarla, sobre todo si es ropa interior. “Nadie se contagia una sífilis de un calzoncillo pero nunca sabes quién la usó”, explicó.

Lo cierto es que para que una bacteria o virus viva en una prenda, tiene que ser muy poderosa y es casi imposible que pase. Los hongos podrían subsistir, pero es necesario que la persona con la infección se frote la prenda antes de devolverla al perchero.

Otra razón para lavar la ropa antes de usarla es por los químicos que se utilizan al momento de fabricarla. Según Struminger, pueden provocarte una alergia incluso cuando te estás probando la prenda.

Si bien se está impulsando la fabricación de textiles que repelen los microbios, como dice el dicho, es mejor prevenir que lamentar. Lavar la ropa nueva antes de usarla es un pequeño gesto que podemos hacer para tener la conciencia (y la piel) tranquila.

Redacción: Leo.com                                          

Fuente: Isalud.com

09 Abril 2018

Las algas marinas, una fuente de alimentación poco aprovechada y abundante en el estado mexicano de Baja California Sur, México, se han convertido en una alternativa de nutrición y salud para personas y animales gracias los esfuerzos de investigadores del Instituto Politécnico Nacional (IPN).

Con un alto contenido en minerales, carbohidratos, fibra, aminoácidos esenciales, ácidos grasos omega 3 y 6, betacarotenos y vitaminas, las algas buscan ser aprovechadas en la fabricación de pastas, pasteles y galletas, entre otros productos, por los Investigadores del Centro Interdisciplinario de Ciencias Marinas (Cicimar) del IPN en el estado.

“En México aproximadamente tenemos 1,200 especies de algas marinas en todas las costas mexicanas, pero la península de Baja California (noroeste del país) es algo especial porque la mayor abundancia algas lo tenemos en la región”, dijo en una entrevista con Efe Margarita Casas Valdez, integrante del Sistema Nacional de Investigadores.

“De las algas obtenemos productos de alto valor comercial como los alginatos y el agar, una especia de gelatinas que se utilizan tanto para la alimentación humana como para elaborar productos farmacéuticos y medios de cultivo además como forraje para el ganado y alimento para gallinas de postura y pollos en engorda y para camarón”, explicó.

La investigadora destacó que las algas cuentan con un “alto valor nutricional” y los catalogó como alimentos nutracéuticos, es decir, “tienen un aporte nutricional importante, pero también benefician la salud de los consumidores”.

Casas Valdez señaló que los aportes que reporta el consumo de algas son reducir los niveles de lípidos, colesterol y triglicéridos en la sangre, así como la obesidad abdominal. Además, sus ácidos grasos omega 3 y 6 ayudan al crecimiento del cerebro y mejoran la vista en el desarrollo temprano de los embriones.

También tienen propiedades antibióticas, antivirales, antifúngicas, antioxidantes, anticancerígenas, anticoagulantes, antitumorales, hipoglicémicas (que disminuyen el azúcar) e hipocolesterolémicas, y producen sensación de saciedad.

En tanto, Tonatiuh Chávez, doctor en Ciencias Marinas e integrante del proyecto, destacó la versatilidad de las algas: “Son plantas marinas y al igual que las terrestres hay un gran variedad de las cuales nos podemos alimentar y es tan fácil como recolectarlas, lavarlas y agregarlas a diferentes recetas”.

Chávez puso como ejemplo el sushi japonés y los caldos, platillo al que se pueden agregar y en el que su sabor no causa tanto impacto por su toque salado.

El equipo científico a cargo de Casas Valdez trabaja en el Laboratorio de Macroalgas en la ciudad de La Paz, capital de Baja California Sur, donde celebran jornadas de degustación de los alimentos que se elaborar a partir de la planta y en las que se da conocer su utilización para activar así la economía local.

El proyecto, que inició hace 25 años, en principio utilizó las algas marinas Sargassum (sargazo) y Macrocystis pyrifera (sargazo gigante) para alimentar cabras, ovejas y gallinas de postura a nivel experimental.

La investigadora recordó que existió una campaña para dar a conocer a los ganaderos de la región los beneficios de las algas en la dieta del ganado, sobre todo en la época de sequía, cuando disminuye la disponibilidad del forraje.

“Se comprobó de manera científica que las gallinas alimentadas con algas marinas produjeron huevos con 26 % menos de colesterol y lo mismo ocurrió cuando se incorporaron al alimento de los camarones, reduciendo en un 27 % el colesterol en los crustáceos”, apuntó.

Casas Valdez explicó que en México actualmente solo se cosechan tres especies de algas para utilizarlas en la producción de fertilizantes y aditivos para alimentos y “realmente no existe una cultura de consumo, como en países del continente asiático”.

Lamentó que se desaprovechen “porque las algas del género Ulva se encuentran en todas las costas de México” y su aporte nutricional es extenso.

Redacción: Leo.com                                          

Fuente: EFE

08 Abril 2018

Adoptar una dieta saludable para tu corazón a lo largo de tu vida puede ayudarte mucho a mantenerte en forma a medida que envejeces. “De hecho, la enfermedad cardíaca en gran medida es prevenible“, dice Walter Willett, M.D., profesor de epidemiología y nutrición en la escuela de salud pública T.H. Chan en Harvard. “Consumir una dieta saludable, combinada con no fumar y la práctica de ejercicio físico regular, puede prevenir aproximadamente un 80% de los casos de enfermedades cardíacas”.

Como regla general, una dieta saludable para el corazón se debe centrar en granos integrales, grasas saludables, proteína magra y frutas y vegetales de colores variados. Y debes limitar los carbohidratos refinados, azúcar y grasas saturadas.

Pero, ciertos alimentos son particularmente buenos para el corazón, ya que han sido asociados específicamente con arterias más limpias, reducción del colesterol, de la presión sanguínea y/o de la inflamación. Incorporar más de ellos a tu dieta saludable puede ayudar a disminuir tu riesgo de padecer una enfermedad cardíaca.

Sin embargo, el objetivo no es agregar más alimentos (y más calorías) a tu ingesta diaria sino usar estos alimentos saludables para el corazón para reemplazar los que no lo son tanto.

“No puedes esparcir nueces sobre un helado de chocolate con crema y pensar que estás haciendo algo bueno para tu corazón”, dice Alice Lichtenstein, D.Sc., directora y científica sénior en el laboratorio de nutrición cardiovascular en la Universidad Tufts. “Necesitas comer un puñado de nueces como merienda en lugar de un puñado de papas fritas, o agregarlas a una ensalada en lugar de queso”.

Así que cuando estés buscando opciones saludables para el corazón, aquí te presentamos 7 alimentos que se distinguen.

Avena

Todos los granos integrales son buenos para tu corazón (entre otras cosas). De hecho, un análisis de 14 estudios publicado en la revista Circulation en 2016, encontró que por cada porción de granos integrales consumidos a diario, el riesgo de padecer una enfermedad cardiovascular disminuyó un 9% (en comparación con no consumir granos integrales).

Pero la avena es un grano integral que merece un reconocimiento especial por su capacidad para reducir el colesterol.

“La avena es particularmente rica en fibra soluble,” dice Willet. “Y se ha demostrado que la fibra soluble se une al colesterol y lo mantiene fuera del flujo sanguíneo”. Existe suficiente evidencia que lo respalda por lo que la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA)  permitió incliuir en la información de la etiqueta de la avena y de ciertos productos de avena la afirmación “puede ayudar a reducir el colesterol”.

Para obtener los beneficios, necesitas consumir al menos 3 gramos de fibra soluble por día, esa es la cantidad en 3/4 de taza de hojuelas de avena seca. Las personas que consumieron esa cantidad vieron sus niveles de colesterol LDL “malo” bajar un promedio de 9.6 mg/dL y el colesterol total por 11.6 mg/dL., según un análisis de 28 estudios que involucró a 2,519 personas que fue publicado en la revista científica American Journal of Clinical Nutrition en 2014.

Manzanas

Según el Departamento de Agricultura, las manzanas son la segunda fruta más consumida (los plátanos o bananas son el número uno), y por suerte también ofrecen algunos beneficios importantes para la salud del corazón.

La fruta, especialmente en su cáscara, es rica en antioxidantes flavonoides, como quercetina y antocianinas (las manzanas rojas), que han sido vinculados a efectos cardio protectores.

Y un estudio de 160 mujeres postmenopáusicas en 2012 encontró que aquellas que consumieron 75 gramos de manzana deshidratada diario (equivalente a 2 manzanas frescas aproximadamente) bajaron su colesterol total en un 9% y el colesterol LDL 16% después de 3 meses. Después de 6 meses de comer una manzana por día, el colesterol total disminuyó por 13% y el colesterol LDL disminuyó 24%. Además, las manzanas son la principal fuente de fibra soluble, ya que una manzana mediana proporciona 1 gramo aproximadamente.

Sardinas

El pescado es la mejor fuente dietética de ácidos grasos omega-3, un tipo de grasa que puede ayudar a reducir el riesgo de enfermedad cardíaca. La Asociación estadounidense del corazón recomienda consumir 2 porciones de pescado de al menos 3 1/2 onzas a la semana.

Según un análisis de 14 estudios que involucró un total de 1,378 personas, publicado en la revista Atherosclerosis en 2017, aquellos que consumieron entre 0.7 y 5 onzas de aceite de pescado diario mostraron mejoras significativas en los niveles de triglicéridos y colesterol HDL. Los triglicéridos bajaron un promedio de 9.7 mg/dL, y los niveles de colesterol HDL subieron en promedio de 2.3 mg/dL.

Desafortunadamente, algunos tipos de pescado ricos en omega-3 tienen demasiado mercurio (como la macarela o el atún blanco) o son caros (como el salmón). Las sardinas son una opción baja en mercurio y tienen casi 1,000 mg de omega-3 en solo 3 1/2 onzas. Además no son caras y como vienen en lata son convenientes.

Nueces

Las nueces son una buena fuente de grasas no saturadas así como fibra, proteína y una variedad de minerales y antioxidantes.

Las nueces en particular pueden tener una pequeña ventaja gracias a sus altos niveles de ácido alfa-linolénico antiinflamatorio, un tipo de grasa omega-3 que se encuentra en los alimentos vegetales. Según un estudio publicado el año pasado en la revista médica Journal of the American College of Cardiology, las personas que consumieron una porción de 1 onza de nueces 5 o más veces a la semana disminuyeron 14% el riesgo de enfermedad cardiovascular (cardiovascular disease, CVD) que aquellos que no comían nueces. Pero aquellos que consumieron una o más porciones de nueces por semana tuvieron una disminución de un 19% en el riesgo de CVD.

Otra revisión publicada el año pasado en la revista Clinical Nutrition encontró que el consumo de nueces ayuda a mejorar la función endotelial, lo que significa un mejor flujo sanguíneo a través de tus vasos sanguíneos y en tu corazón.

Lentejas

La categoría de alimentos conocida como legumbres o leguminosas (que incluye lentejas, frijoles, garbanzos, y guisantes secos) es reconocida por sus beneficios a la salud del corazón.

Estas proteínas vegetales son bajas en grasas, ricas en fibra y ricas en nutrientes como el potasio y la vitamina B folato que se ha vinculado con una presión arterial baja.

Según un análisis de 26 ensayos clínicos aleatorios de 2014 una porción de legumbres por día (aproximadamente 2/3 de taza) disminuyó el colesterol LDL por un 6.6 mg/dL.

Si bien puedes aprovechar el poder de las legumbres consumiendo cualquier variedad, las lentejas tienen una gran ventaja: Estas son rápidas. A diferencia de la mayoría de los frijoles secos que requieren remojarse y cocinarse por al menos una hora, las lentejas solo necesitan un rápido enjuague y se cocinan en menos de 20 minutos.

Arándanos

Las moras o bayas (de todos los tipos) obtienen algo de atención bien merecida por sus beneficios para la salud del corazón. Obtienen sus colores, rojo y azul, de los antioxidantes antocianinos.

Los arándanos tienen uno de los niveles más altos de antocianinas, con 120 mg por media taza. Algunos ensayos clínicos han demostrado que una ingesta alta de antocianinas puede ayudar a disminuir la presión arterial, el colesterol LDL y además reduce la inflamación. Un estudio que dio seguimiento a más de 150,000 hombres y mujeres por 14 años en el 2011, encontró que aquellos que consumen más de una porción de arándanos por semana tienen un 10% de disminución en la hipertensión comparado con aquellos que no comían arándanos.

Col rizada (kale)

Los vegetales de hoja verde oscura son el grupo de alimentos universalmente saludables, ricos en muchos nutrientes beneficiosos. Y todos tienen grandes dosis de magnesio y potasio, ambos de los cuales son importantes para ayudar a regular la presión arterial.

Entre los vegetales de hoja verde, la col rizada se destaca del resto pues también contiene niveles altos del antioxidante luteína. La luteína recibe mucho del crédito por su papel en ayudar a prevenir la degeneración macular. Además, varios estudios han vinculado los niveles altos de este pigmento amarillo en la sangre a una disminución de los niveles de los marcadores inflamatorios y de la arteriosclerosis.

Pero debes notar, que la col rizada tiene altos niveles de vitamina K y consumir mucho de esta vitamina puede interferir con los medicamentos anticoagulantes, especialmente si de repente consumes demasiado. Así que si tomas estos medicamentos, consulta con tu médico antes de darte un atracón de ensalada de kale.

Redacción: Leo.com

Fuente: Isalud.com

04 Abril 2018

Veamos si eres capaz de acertar en una pregunta que casi 150 médicos, nutricionistas y preparadores físicos respondieron mal.

La pregunta es sencilla: cuando alguien hace ejercicio y pierde peso, ¿a dónde se va esa grasa que perdió?

Tus opciones son:

a) La grasa se convierte en energía o calor

b) La grasa se convierte en músculo

c) La grasa se convierte en dióxido de carbono y agua

Si respondiste a o b, no te preocupes, eres parte de los 147 expertos que también se equivocaron en una encuesta que realizó el científico Ruben Meerman, investigador de la Escuela de Ciencias Biomoleculares de la Universidad de Nueva Gales del Sur, en Australia.

La respuesta más común fue que la grasa se convierte en energía, el problema es que esto va en contra de la ley de la conservación de la materia, a la cual obedecen todas las reacciones químicas.

En cuanto a la opción b, Meerman aclara que es imposible que la grasa se convierta en músculo.

La respuesta correcta es la c, lo cual convierte a los pulmones en “el principal órgano excretor de la grasa”, según explica Meerman en un estudio publicado en la revista British Medical Journal, en 2014.

“El agua que se forma puede ser expulsada a través de la orina, las heces, el sudor, el aliento u otros fluidos corporales”.

“Si pierdes 10 kilos de grasa, 8,4 kilos se expulsarán a través de los pulmones y los 1,6 kilos restantes se convertirán en agua”, escribió Meerman a mediados de marzo en el portal The Conversation.

“En otras palabras, prácticamente exhalamos todo el peso que perdemos”.

¿Por qué los médicos estaban equivocados?

De los 150 expertos encuestados, solo 3 respondieron correctamente.

Meerman condujo su encuesta entre especialistas australianos, pero según le cuenta a BBC Mundo, ha encontrado la misma concepción errónea en Estados Unidos, Reino Unido y varios países europeos.

 “La forma en la que actualmente las universidades enseñan el metabolismo se centra exclusivamente en la energía en la molécula que se metaboliza”, le dice Meerman a BBC Mundo.

Meerman se refiere a esto como el “mantra de energía que entra–energía que sale”. En su estudio, menciona que los cursos de bioquímica en las escuelas se enfocan mucho en la producción de energía.

Exhalar la grasa

Las conclusiones de Meerman se basan en que además de las comidas y bebidas que ingerimos, también debemos tener en cuenta el oxígeno que inhalamos.

Por ejemplo: si a tu cuerpo ingresan 3,5 kilos de comida y de agua, más 500 gramos de oxígeno, en total son 4 kilos que deben volver a salir.

“De lo contrario, ganarás peso”, escribe Meerman.

Según él, “perder peso requiere desbloquear el carbono almacenado en las células de grasa”.

Al respirar producimos carbono, entonces, ¿si respiramos más, perderemos más de esa grasa convertida en carbono?

“Desafortunadamente no”, escribe Meerman. “Respirar más de lo necesario solo causará hiperventilación, lo cual solo te causará mareo o un desmayo”.

“La única manera de que conscientemente puedas aumentar la cantidad de dióxido de carbono que produce tu cuerpo es moviendo los músculos”.

Además de hacer ejercicio, Meerman menciona otras formas en las que producimos dióxido de carbono.

Por ejemplo, una persona de uno 75 kilos produce unos 590 gramos de dióxido de carbono en estado de reposo.

“Ninguna píldora ni poción que puedas comprar podrá aumentar esa cifra”, aclara Meerman.

Al momento de quedarse dormido, una persona exhala unos 200 gramos de dióxido de carbono. Por su parte, el solo hecho de pararse y vestirse hace que se duplique el ritmo del metabolismo. Salir a caminar, cocinar o barrer, lo triplica.

Así, según Meerman, la clave para perder peso está en “comer menos y moverse más”.

“Cualquier dieta que suministre menos combustible del que quemas, logrará que el truco funcione”, concluye.

Redacción: Leo.com

Fuente: BBCMundo

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