Santa Cruz de la Sierra
Allart Hoekzema

Allart Hoekzema

Write on Viernes, 24 Enero 2020

Sigo en la casa de la tía Angélica, aparentemente guardando reposo, pero la verdad es que el reposo me tiene cansado. Menos mal que mi sobrino Sergito y mi hijito Sebastián justo ahora entran a mi habitación. “Tío Allart, tenemos un plan”, anuncia mi sobrino. Me levanto y digo: “¡Aja! ¿Qué tipo de plan?”. Sebastián dice: “Yo inventé el plan”. Sergito le dice: “¡Mentira! Lo inventamos los dos. Yo inventé la mitad del plan. Vos, la otra mitad”. Repito: “¿Cuál es el plan?”. Mi sobrino explica: “Queremos ir al zoológico”. Mi hijito agrega: “Sí. Y luego al museo de historia natural”. Digo, realmente decepcionado: “Ay, chicos, lo siento. No puedo salir todavía. Me lo prohíben los doctores. Tenemos que inventar otro plan, me temo. Un plan que tenga en cuenta mi enfermedad”. Sergito dice: “Ay, tío, ya sabíamos que iba a decir eso”. Sebastián explica: “Por eso ya inventé otro plan”. Mi sobrino lo corrige: “Lo inventamos los dos. Vos inventaste la mascota. Yo, su nombre”. Pregunto: “¿De qué mascota están hablando?”. Sergito contesta: “Se llama Percy”. Comento: “Como el alcalde. ¿Acaso se parece a él?”. Sebastián dice: “No, nada que ver”. Quiero saber dónde se encuentra el misterioso animal llamado Percy. Mi sobrino me explica que se escapó. Así que tenemos que buscarlo. Mi hijito dice: “Estoy seguro de que está en la cocina, porque le gusta comer todo el día. Está un poquito gordo, pero es muy ágil”. Pregunto: “¿Sabe trepar bien?”. Sebastián responde: “Trepa tan bien como yo”. Sergito le dice: “¿Qué decís? Vos no sabés trepar. Yo, sí”. Llegados a la cocina, constatamos que no hay ningún animal. Digo: “Ay, chicos, ayúdenme por favor. Si no sé de qué animal se trata, no voy a poder encontrarlo”. Sergito se dirige a la puerta de la calle. Desde afuera grita: “¡Ya lo encontré! ¡Ya lo veo a Percy! ¡Vengan!” Afuera, en el patio delantero, Sebastián mira hacia las ramas de un árbol y dice: “¡Bajá, Percy! Vamos a jugar juntos. Está mi papá también”. Suspiro: “No lo veo. Díganme en qué tengo que fijarme. ¿Acaso Percy es un mono araña?”. Mi sobrino dice: “No es un mono araña, tío. Mirá bien. Está allí, en la rama más alta”. Escucho la voz de la tía Angélica quien acaba de llegar. Me dice, severamente: “Allart, tenés que estar en la cama. ¿Qué hacés aquí afuera?”. Tartamudeo: “Hay un animal en el árbol. Pero yo no lo veo”. Mi hijito dice: “Se llama Percy. ¿Lo ves, tía?”. La tía Angélica mira hacia arriba y exclama: “¡Ah sí! ¡Qué animal tan tierno!”. Le pregunto: “¿Lo ves en serio? ¿Se parece al alcalde?”. Ella dice: “Nada que ver. Andá, Allart, tenés que reposar”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Viernes, 24 Enero 2020

Una doctora, traída por la tía Angélica a su casa donde todavía permanecemos, primero examina a mi hijito Sebastián y luego a mí. La mujer es taciturna, paciente y meticulosa. Por fin, se decide a hablar y me dice con sorpresiva elocuencia: “Su hijo es muy valiente, lo entendí desde el principio, cuando le tomé la sangre. No se impresionó. Vamos a ver los resultados de los análisis sanguíneos. Mientras tanto, le puedo decir que Sebastián no parece tener síntomas alarmantes. Es un niño sano y forzudo. En cambio, usted, señor Hoekzema Nieboer, representa una suma de afecciones de alto riesgo. El dengue forma la enfermedad de base y, encima de eso, encontré toda una serie de padecimientos que van desde la hipertensión, pasando por otros males ligados a la obesidad, hasta llegar a serios problemas hepáticos. Usted no es sano ni forzudo. Sinceramente, no sé cómo vamos a arreglar todos estos líos”. Lo que me dice la doctora parece empeorar aún mi estado de salud. Siento dolores agudos en todo el cuerpo. Le digo, asustado: “No hay esperanza, ¿verdad, doctora?”. La mujer responde: “¿Se está dando cuenta de lo que está diciendo, señor Hoekzema Nieboer? No se parece en absoluto a su hijo. Su hijo tiene coraje, mientras que usted es un hombre sin fe. Lo que usted necesita es una buena dosis de fe. No se vive sin fe. ¡No, señor!”. Le explico: “Soy nórdico, señora, no sé si lo sabe”. La doctora dice: “Claro que lo sé. Tiene sus orígenes estampados en su cara. Además, leo sus columnas. Siempre menciona su nacionalidad holandesa. ¿Pero qué tiene que ver eso con su falta de fe?”. Comento: “Los holandeses tendemos a fijarnos en las cosas terrenales. La metafísica nos espanta o, mejor dicho, nos repugna”. La mujer prosigue con la misma elocuencia: “Le voy a dar dos consejos. El primero es terrenal. Su cuerpo precisa de una buena dieta. Y no se preocupe, mi segundo consejo no es metafísico sino espiritual. Para sanar completamente, usted precisa de nutrientes para el espíritu. No lo entiendo. Su hijo es un niño de gran fe. Eso es obvio. Además, su mejor amigo, el  cineasta Tony Peredo, ha basado toda su obra cinematográfica en el desarrollo espiritual”. Pregunto: “¿Lo conoce a Tony?”. Ella dice: “No personalmente, pero conozco sus películas, que son verdaderos sueños. Casi no puedo creer que un hombre tan poético y profundo sea su mejor amigo. Veo a Tony Peredo, tal vez sólo después del mítico cineasta ruso Andréi Tarkovski, como el mejor director de cine de la historia”.

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Write on Viernes, 24 Enero 2020

“Para serte franco, recuerdo que, como de costumbre, hablamos anoche en el patio trasero sobre el tiempo, pero ya no sé a qué conclusión llegamos. Me levanté después del amanecer, lo que muy raramente me sucede, vos lo sabés”, le confieso por teléfono a mi mejor amigo, el cineasta Tony Peredo. “Yo también estoy con la mente asaz borrosa. Es verdad, hablamos del tiempo. Pero yo ahora tampoco puedo profundizar en el asunto. Me acuerdo solamente de que al final nos perdimos en una discusión acerca de asimetrías y asincronías. Vos introdujiste esos términos vagos”, dice el cineasta. “Bueno, tengo que trabajar. Hablemos más tarde”, concluyo. Voy a desayunar con mi hijito Sebastián quien ya me está esperando en la mesa en el patio trasero. Me dice: “Buenos días, papá. ¿Te gusta tu día hasta ahora? Yo quiero que hoy sea la jornada más extraordinaria del año”. Comento: “No va a ser un día tan extraordinario, me temo. Me siento raro y no tengo ganas de trabajar. La idea de tener que escribir mi enésima columna para el periódico me asusta”. Noto que la luz nos separa, es decir, yo estoy en la sombra mientras el sol alumbra la cara de mi hijito. “Ay, papá, no te preocupes. ¿Por qué estás asustado? Yo ya sé el tema de tu próxima columna. Vas a escribir acerca del tiempo y el título será ‘Hoy y mañana’. Leí el artículo y me gustó”. Observo: “Obviamente, me estás tomando el pelo, hijo. No es posible que conozcas mi nuevo artículo. No lo he escrito todavía”. Sebastián rebate, lacónico: “Es posible sí. Porque en mi jornada el artículo ya salió en ‘La Estrella del Oriente’. En serio, papá, no es mentira”. Pregunto: “¿Acaso tu jornada es mañana y la mía hoy?”. Mi hijito se ríe y exclama: “¡Guau! ¡Me encanta este juego!”. Digo no sin enojo: “No quiero jugar hoy”. Mi hijito dice: “Yo quiero jugar todo el día”. Siento frío y se lo digo a mi hijito, quien me responde: “Recuerdo que ayer hizo frío, es verdad”. Me pongo a pensar. Es un esfuerzo considerable, con mi cabeza de hoy. Razono en voz alta: “Si vos ya vivís en el mañana tenés que saber el resultado de nuestro partido de fútbol entre solteros y casados del barrio de esta noche”. Sebastián dice: “Sí, los solteros ganaron 2-1. A vos te expulsaron”. Llamo al cineasta Tony Peredo, diciendo: “Oí, amigo. Ya conozco el resultado del partido de esta noche. Vamos a realizar una apuesta en el restaurante chino de Armando. Todo el barrio está apostando. Seremos ricos”. Tony suspira: “Ay, amigo, ese partido ya se jugó anoche”.

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Write on Viernes, 24 Enero 2020

Bien tempranito en la mañana se presenta el urubicheño Dámaso Vaca en la casa de la tía Angélica, donde vivaqueo con mi hijito Sebastián desde hace más de una semana debido a problemas de salud de ambos (los míos, bastante graves; los de Sebastián, menos). Mi hijito pregunta: “¿Qué hacés aquí, tío Dámaso?”. El urubicheño explica: “Tu papá me llamó. Tenemos que inscribirte. El año escolar comienza en menos de dos semanas”. Yo también explica: “Tu tío hará todo. Tu mamá ya lo instruyó desde Estados Unidos. Lo que pasa es que yo no puedo salir todavía. El dengue no me lo permite”. Sebastián protesta: “Mis vacaciones siguen. No quiero saber del colegio”. Trato de calmarlo, diciendo: “Pero, hijo, la inscripción escolar es sólo una formalidad. No va a interferir con tus vacaciones”. Dámaso le propone a mi hijito: “¿Por qué no venís conmigo? Ya no estás resfriado, ¿verdad? Te haría bien cambiar de aire. Estar todo el día con tu papá hipocondríaco debe ser sumamente aburrido”. Sebastián dice: “Me quedo aquí. No quiero ir al colegio. Voy a jugar con Sergio”. Justo ahora aparece su primo Sergito, quien le dice al urubicheño: “No hace falta que inscribás a Sebastián. Hablé con mi primo y decidimos que este año no vamos a ir al colegio. Yo no voy a ir al colegio alemán y Sebastián no va a ir al colegio ‘Adolfo Kolping’. Así que ya podés irte, tío Dámaso”. Pregunto: “¿De qué estás hablando, Sergito? Ustedes tienen que ir al colegio. Tienen que aprender. No quiero tener un hijo ignorante y tu mamá no lo quiere tampoco. Estoy seguro de eso”. Dámaso coincide: “No sean caprichosos, chicos. Los niños que no van al colegio nunca van a tener una vida feliz”. Mi hijito Sebastián comenta: “Cuando estoy de vacaciones me siento muy feliz. El colegio me cansa demasiado”. Sergio dice: “Cuando estoy de vacaciones nunca me siento cansado”. Comienzo a perder la paciencia y le digo a mi hijito: “Lo siento, Sebastián, pero tu tío Dámaso va a inscribirte hoy sí o sí”. Mi sobrino Sergito repite: “No hace falta que inscribás a Sebastián, tío Dámaso. Decidimos que no vamos a ir al colegio aquí. Queremos ir a un colegio holandés. Por eso vamos a mudarnos a Holanda. Muy pronto”. Mi hijito le dice al urubicheño: “En Holanda los colegios son mucho mejores. No son cansadores, ¿lo sabías? Yo estuve con mi papá allí y los niños holandeses me contaron que nunca se aburren en el colegio”. Sergito añade: “Y Sebastián me contó que el año escolar allí comienza en septiembre. Nos mudamos y nos vamos a inscribir en septiembre”.

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Write on Viernes, 24 Enero 2020

“¿Papá, ya podés levantarte? Quiero hacer algo divertido. Estamos en esta habitación desde hace mucho tiempo. Quiero ir al zoológico o al jardín del hotel ‘Los Tajibos’. Quiero saludarlos a mis amigos, los pavos reales”, dice mi hijito Sebastián, mientras yo me desperezo en la cama. Siguen doliéndome las articulaciones en mis brazos y piernas. Y sigo maldiciéndolo al solapado mosquito que me dio dengue. Sebastián, por cierto, no está bien tampoco. Durante nuestra estadía de quince días en Holanda mi hijito se resfrió feamente, lo cual no fue una sorpresa ya que en los meses de diciembre y enero entre Santa Cruz de la Sierra y Ámsterdam suele haber una diferencia de temperatura de al menos 35 grados. De todas maneras, ahora los dos estamos de huéspedes o, mejor dicho, de pacientes en la casa de la tía Angélica, la hermana mayor de mi esposa Emmita. A propósito, Emmita está en Orlando, Estados Unidos, donde mi suegra Josefina tiene que hacerse varios tratamientos médicos. La casualidad quiere que el asistente de Emmita, el urubicheño Dámaso Vaca, nos venga a visitar, junto a mi mejor amigo, el cineasta Tony Peredo. “Tu papá no puede levantarse, porque el dengue casi destrozó su hígado”, le explica Dámaso a Sebastián. Tony me pregunta: “¿Cómo te sentís?”. Contesto: “Yo me siento bastante bien, pero no sé cómo está mi hígado. Es una gran incógnita. Mañana me van a pinchar de nuevo. A ver qué dirá mi sangre”. Dámaso indaga: “¿Y las articulaciones?”. Suspiro: “Ay, es una tragedia”. Para mi sorpresa, el cineasta ahora me pregunta: “¿Acaso estás deprimido?”. Le digo: “¿Por qué me preguntás eso?”. Tony explica: “Porque estás hablando de una ‘tragedia’. No es una palabra particularmente alegre”. Comento: “Los dolores en las articulaciones me deprimen. Es una consecuencia lógica, creo. Pero no creo que estos dolores sean causados por una depresión. ¿Saben que en Holanda hablé con un inmunólogo? Él me dijo lo mismo, o sea, que sería una cuestión mental. Me enojé un poco”. Mi hijito Sebastián me corrige: “No, papá. Te enojaste muchísimo con ese medico en Holanda. Dijiste que era un ‘charlatán’ y un ‘payaso’, ¿no te acordás?”. El urubicheño le dice a mi hijito: “Ya me imagino cómo reaccionó tu papi. Tiene mal genio”. Le digo a Dámaso no sin irritación: “¡No tengo nada de malo, sólo mi hígado tal vez!”. Tony dice: “Por favor, Allart, calmate. No tenés que enojarte. No te hace bien”. El urubicheño Dámaso Vaca mira a Sebastián y le sugiere: “Vamos a ir al jardín del hotel ‘Los Tajibos’, a saludarlos a los pavos reales, ¿de acuerdo?”.

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Write on Martes, 17 Diciembre 2019

Al final de la tarde yazgo boca abajo en el césped del fabuloso jardín de mi suegra Josefina. Es un juego. Mi sobrino Sergito y mi hijito Sebastián están conmigo y se encuentran en la misma posición. Fue una idea de Sebastián. Somos tres exploradores en busca de bichos fantásticos. Sergito comenta: “El suelo huele raro”. Mi hijito dice: “Huele a verano”. Mi sobrino coincide: “Tenés razón, Sebas. Ya no huele a primavera”. No sin arrogancia, Sebastián le dice: “Sé que tengo razón y no me llamo Sebas sino Sebastián”. Yo les pregunto: “¿Cómo saben que este olor es veraniego? ¿Cómo se distinguen los olores de las diferentes estaciones? Yo jamás he asociado las estaciones con distintos olores. De niño, en Holanda, me fijaba siempre en la luz. Me gustaba mucho el verano por las largas jornadas. En pleno verano holandés el sol se pone a las once de la noche. Solíamos acostarnos tardísimo”. Sergito explica: “El suelo aquí huele raro, muy pesado. En verano es siempre así. Mi primo tiene razón”. Sebastián le dice: “Ay, Sergito, mi papá no sabe mucho de la naturaleza y tampoco del clima. Mi papá es periodista. Yo de grande no quiero ser periodista. Quiero ser director del zoológico y del museo de historia natural”. Mi sobrino exclama: “¡Mirá, Sebas! ¡Un gusano gigante! ¡Yo lo vi primero!” Mi hijito rebate, otra vez no sin arrogancia: “Yo ya lo había visto a ese gusano. No es tan gigante y yo no me llamo Sebas sino Sebastián”. Observo: “No puede ser un gusano tan gigante, porque yo no lo veo”. Sebastián se ríe y dice: “Tengo un papá raro. Mi papá es un periodista que no ve nada”. Sergito exclama de nuevo: “¡Mirá, Sebas! ¡Veo una hormiga gigante!”. Ya me perdí el gusano gigante y tampoco logro ubicar a la hormiga. Mi hijito le dice a mi sobrino: “Si volvés a llamarme Sebas, no voy a jugar nunca más con vos”. Mi sobrino insiste: “¿La ves a la hormiga gigante o no? Yo la vi primero”. Sebastián dice: “Yo veo un montón de hormigas gigantes, no sólo una. Hay un súper hormiguero. Mirá allí, al lado de la jaula de la paraba Mandarín”. Sergito me pregunta: “Tío, ¿lo ves? Sebas tiene razón. Hay un súper hormiguero al lado de la casa de Mandarín”. Respondo: “Ya está oscureciendo. Ahora, realmente, no veo nada”. Mi hijito me dice: “Papá, nosotros vamos a seguir jugando. Vamos a imaginarnos que estamos en el verano holandés. Todavía hay mucha luz. Podemos descubrir más bichos raros. Sergio ya no puede jugar, tiene que acostarse ya. Él sigue llamándome Sebas”.

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Write on Lunes, 16 Diciembre 2019

“Papá, ¿hoy vas a escribir?”, me pregunta mi hijito Sebastián. “Sí, hoy me siento mejor. Ya no me duelen las manos”, contesto. “Entonces, ¿ya no estás con chikungunya?”, quiere saber Sebastián. “Sigo enfermo. Tengo fiebre y ahora siento dolor en mi rodilla izquierda. Pero mis manos están bien. Entonces, voy a escribir hoy. Y vos también hijo”, digo. Mi hijito dice: “No puedo escribir, papá. Me duelen las manos. Estoy con chikungunya también”. Le toco la frente y constato que no tiene fiebre. Sebastián explica: “Lo que pasa es que estoy de vacaciones y no quiero escribir. Este año escribí demasiado en el colegio. Ya no puedo más”. Insisto: “Vos vas a escribir también hoy. Tenés que escribir una carta a papá Noel. Si no lo hacés, no vas a recibir regalos de Navidad”. Mi hijito pregunta: “¿Dónde vamos a festejar la Navidad, aquí en Santa Cruz o en Holanda?”. Le digo: “Aquí en la casa de la abuela Josefina. Y al día siguiente vamos a viajar a Holanda”. Sebastián suspira hondo y dice: “Menos mal, si vamos a festejar la Navidad aquí, quiere decir que voy a tener que escribir la carta a papá Noel en español y no en holandés. Escribir en holandés es demasiado difícil”. Agarro una hoja de papel y se la paso a mi hijito junto con un lápiz. Sebastián dice: “Papá, tenés que ayudarme. No me gusta escribir solito durante las vacaciones”. Digo: “Bueno, ¿cómo vas a empezar? Tal vez sea una buena idea empezar así: ‘Querido papá Noel, ¿cómo está? Espero que esté bien’.”. Mi hijito niega con la cabeza y dice: “No me gusta. Voy a empezar así: ‘Querido papá Noel, ¿cómo están tus renos? Espero que estén bien, porque a mí me gustan mucho los animales. Y las plantas también’.” Reconozco: “Sí, así es mucho mejor. ¿Y luego? ¿Vas a escribir que te portaste bien durante todo el año?”. Otra vez, Sebastián niega con la cabeza y comenta: “Ay, papá no me estás ayudando para nada. No voy a escribir que me porté bien durante todo el año. No hace falta, porque papá Noel ya sabe todo eso. Papá Noel tiene espías aquí, sobre todo en la casa y en el colegio. Ellos le dicen cómo me estoy portando”. Pregunto: “Entonces, ¿qué más le vas a escribir al papá Noel?”. Mi hijito dice no sin aplomo: “Le voy a escribir: ‘Quiero una caja de Lego con una cueva, un murciélago, un minero y un zombi’. Y también voy a escribir: ‘Quiero un libro sobre los animales y las plantas’. Nada más. A papá Noel no le gusta leer. Así es, papá. ¿Lo sabías? A mí no me gusta escribir y a él no le gusta leer”.

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Write on Viernes, 13 Diciembre 2019

“Ya se fue el año”, le digo a mi amigo Teo, el viejo vendedor de periódicos del mercadito El Trompillo. “Pero vuelve”, dice Teo con resignación. Luego le dice a mi hijito Sebastián: “Ha sido un año muy cansador, ¿no es cierto, Gringuito?”. Sebastián coincide: “Ay, sí, súper cansador. El nuevo colegio me cansó demasiado. Menos mal que estoy de vacaciones”. Teo indaga: “¿Vas a viajar?”. Mi hijito contesta: “Sí, voy a viajar a Holanda”. El viejo vendedor de periódicos me mira y comenta: “Usted en sus columnas nunca escribe sobre Holanda. Sería lógico que un periodista holandés en Bolivia escribiera de vez en cuando sobre su país. Pero usted, nunca. Usted no es normal, Gringo”. Explico: “Vivo fuera de mi país desde el año 1992. Lo que sé de Holanda ya es obsoleto”. Teo dice: “Ahora que lo pienso, nadie escribe sobre Holanda. No leo jamás noticias de allí. ¿Por qué será? ¿Acaso es un país aburrido?”. Respondo: “Digamos que se trata de un país tranquilo con una población moderada y equilibrada. Yo dejé Holanda porque estaba bastante aburrido en aquella época. Pero esa fue una sensación personal”. Sebastián dice: “Holanda no es para nada aburrida. Es mi país favorito”. Y le pregunta a Teo: “¿Cuál es tu país favorito?”. El viejo vendedor de periódicos suspira: “Bolivia, supongo. La verdad es que no conozco ningún otro país. No he viajado. Sólo he leído”. Observo: “Leer se parece mucho a viajar”. Teo dice: “Los países que siempre me han atraído en la literatura son Francia y Rusia. Holanda no. Parece que ese país no existe en los libros, ni en los periódicos”. Mi hijito le dice: “Holanda existe, en serio. Allí viven mis abuelos. Ellos existen también. Y al lado de la casa de mis abuelos hay una casa con cuatro niños. Son mis amigos, de verdad”. Teo le dice: “Contame un poco sobre Holanda. A lo mejor me va a gustar”. Sebastián cuenta: “Holanda me gusta mucho, porque tiene mar. Los abuelos viven cerca de las lomas y la playa. Y en la playa hay un restaurante con las mejores papas fritas del mundo. También hay una piscina grande cerca de la casa de los abuelos. Tiene un tobogán verde y largo. Y esta vez vamos al zoológico de Amsterdam. Se llama ‘Artis’ y mi papá dice que allí viven todos los animales del planeta. Es cuatro veces más grande que el zoológico de Santa Cruz de la Sierra. Después vamos a volver a la ciudad de los abuelos. Vamos a visitar el faro más alto de Holanda. Es rojo y hermoso, y tiene una luz que alumbra todo el mar”. Teo suspira: “Ya me gusta Holanda”.

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