Santa Cruz de la Sierra
Allart Hoekzema

Allart Hoekzema

Write on Viernes, 27 Marzo 2020

Ya varias décadas atrás el escritor estadounidense Arthur Bloch nos advirtió sobre la testarudez y el poder de convicción de los tontos. “Nunca discutas con un idiota”, decía Bloch, “ya que puede que la gente no note la diferencia”. Bueno, desde el día que conocí al sereno de la plazuela de La Barranca, don Pedro Lero Tayo, lo considero un auténtico cretino. Siempre he sospechado que él de mí tampoco tiene una muy buena opinión. Entonces, al ponerme a discutir con don Pedro, por cierto, con resultados penosos, como acabo de hacer ahora por teléfono, la culpa no es sólo mía. Aquí sigue la transcripción de nuestra discusión. Don Pedro comienza: “Veo que incluso durante esta desafortunada cuarentena usted sigue hablando solamente de su hijito Sebastián. No tiene fantasía”. Digo: “Que yo escriba sobre mi hijo durante la inevitable cuarentena es perfectamente normal. Lo veo todos los días. Tenemos que entretenernos recíprocamente”. El sereno pregunta, para mi asombro: “¿No le viene ganas de pegarle a su hijito?”. Exclamo: “¡¿Qué diablos hace?! ¿Está instigando a la violencia intrafamiliar?”. Don Pedro dice no sin aplomo: “En este país, un aumento de las peleas domésticas sería una lógica consecuencia del aislamiento social impuesto, repito, infelizmente por nuestro Gobierno. Yo, por ejemplo, tengo cada vez más ganas de pegarle a mi señora. Es una tortura tener que aguantarla veinticuatro horas al día. Sea sincero, ¿no quiere pegarle a su señora?”. Explico: “Si lo hiciera, mi señora me mataría a golpes”. El sereno indaga: “Al final, ¿esta es la verdadera razón por la que no le pega? Es decir, ¿le tiene miedo a ella?”. Digo, indignado: “Nada que ver. Lo que pasa es que yo a mi mujer la respeto. Le digo más. Respeto a todas las mujeres del mundo porque soy un ser humano civilizado”. Ahora el sereno pregunta: “¿La cuarentena total es una medida que un ser humano civilizado debería aceptar?”. Respondo: “Por supuesto”. Don Pedro profundiza: “¿No cree que para un ser humano civilizado su libertad es más importante que su propia vida?”. Puntualizo: “La responsabilidad es la otra cara de la libertad. Vale decir, al movernos libremente en la sociedad durante una espantosa pandemia podemos hacerle grandes daños al prójimo. Sería irresponsable y, por ende, inaceptable. Muy reprochable, diría”. El sereno don Pedro Lero Tayo dice: “Si piensa así, entonces siga escribiendo sus columnas superfluas”. Le confieso: “Si pudiera, le pegaría”. Él dice: “No me amenace”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Jueves, 26 Marzo 2020

El urubicheño Dámaso Vaca, quien no sólo es un gran restaurador y un excelso violoncelista sino también un hombre sabio provisto de una profunda espiritualidad, me llama por la noche. Le digo: “Hay algo en la casa que me tiene muy preocupado. Esta mañana descubrí una grieta en una de las paredes del salón de la planta baja. A lo mejor la sequía la ha abierto. Es enorme”. Dámaso me dice: “Ten cuidado. Las grietas son malos augurios en la cultura guaraya. Tenemos historias acerca de una bruja que se esconde en una grieta. Son relatos para asustar a los niños. Pero también existe una leyenda, llamada ‘Oyeka Va’e’, según la cual la grieta tiene el poder de convertir los malos sueños en realidad”. Comento: “¡Qué ridiculez! En serio, ¿qué tiene que ver una grieta con la brujería?”. El urubicheño rebate: “Ustedes son peores. En Holanda se ha siempre asociado a los gatos negros con la brujería, ¿no es cierto? Pobres animalitos”. Me despido de mi amigo y me voy a acostar. Empiezo a soñar. Me veo caminando por el salón en la más negra oscuridad. Oigo música de violoncelo proveniente de la grieta. La música es maravillosa; casi me hace bailar a pesar de mi notoria torpeza. Llegado a la siniestra grieta en la pared, trato de mirar adentro. No veo absolutamente nada. Pongo mi brazo derecho en la grieta y constato que hay un espacio donde podría caber un gato. En este mismo momento Minnie, nuestra gata negra, salta en mi hombro izquierdo. Me susurra al oído: “Tenga cuidado. Mañana, mi amo, su hijito Sebastián me va a esconder en esa grieta. Voy a sufrir mucho, porque soy una gata claustrofóbica. ¿Me puede proteger? ¿Puede evitar mi sufrimiento? Le ruego, mi amo”. Le  prometo a la gata: “Te voy a ayudar, Minnie, no te preocupes. Sebastián no conoce todavía esa grieta. Y te garantizo que no te va a molestar. No te va a pasar absolutamente nada mañana”. Al día siguiente, distraigo a mi hijito con todo tipo de juegos durante horas y horas. Nunca nos acercamos a la siniestra grieta. En la noche, Sebastián se acuesta exhausto. Decido controlar la grieta por si acaso. No oigo música de violoncelo sino sonidos de gato. Saco de la grieta a la pobre Minnie. La gata corre inmediatamente hacia la habitación de mi hijito. Está enojadísima y con unos irritantes maullidos agudos logra despertar a Sebastián. Mi hijito la mira y luego la acaricia, diciendo: “Ay, Minnie, lo siento mucho. Tenés que perdonarme. Soñé que te había escondido en una terrible grieta”.

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Write on Miércoles, 25 Marzo 2020

Mientras el virus está allí afuera a la espera de un paso falso nuestro, el aburrimiento va ocupando vastos espacios en nuestra casa. Mi hijito Sebastián me mira con ojos suplicantes y dice: “¿Sabés que los animales del zoológico me están extrañando mucho?”. Le digo: “Ay, hijo, sé que te morís por salir de la casa. Pero todo está cerrado y tenemos que respetar la cuarentena, por la salud nuestra y por la de los demás”. Sebastián insiste: “Pero ¿qué podemos hacer aquí adentro? Ya hice treinta dibujos, armé una ciudad con mis legos y leí todos mis libros. Esta casa ya no tiene nada de divertido”. No sé qué responderle a mi pobre hijito aburrido. Menos mal que me llama mi mejor amigo, el cineasta Tony Peredo, quien me dice en tono sorpresivamente alegre: “Hola, Allart, ¿ya te liberaste del aturdimiento que nos tenía entrampados como zombis durante tanto tiempo?”. Confieso: “No sé a qué te referís. Nunca me he sentido como un zombi. Nosotros aquí estamos en otra onda. Sebastián acaba de recordarme de los animales del zoológico. Antes solíamos visitarlos por lo menos tres veces por semana. La cuarentena arruinó nuestra rutina. Es una lástima no sólo para nosotros sino también para los mismos animales. Sebastián los adora”. Tony dice sin matices: “Rutina y aturdimiento son sinónimos. Estás hablando como un zombi”. Le advierto: “Si seguís insultándome voy a colgar. Pensé que tu llamada iba a ser una buena distracción en medio de un tedio cada vez más pesado. Parece que me equivoqué. Por ahora siento sólo molestia al escucharte”. El cineasta insiste: “Hablás como un zombi que se molesta rutinariamente. ¿No lo ves? Estoy tratando de despertarte. ¿No te das cuenta? La cuarentena nos está brindando una gran oportunidad para reinventarnos. Podemos, por fin, deshacernos de la rutina que nos aturde desde hace demasiado tiempo”. Comento: “El tuyo es un clásico discurso para los ricos. Hablás bonito como si la cuarentena fuera un regalo del cielo. Hablás de transformaciones desde una posición privilegiada con tu casa llena de comida. Mientras tanto, la gente normal está con miedo y sin comida”. Tony dice, no sin desprecio: “Estás aún peor de lo que pensé. Hablás como un zombi con envidia. Un zombi indoctrinado. No hay aturdimiento más fuerte que la anestesia ideológica”. Mi hijito Sebastián, en tanto, agarra mi brazo y dice: “Papá, colgá. Tengo una idea buenísima. Ya sé cómo podemos divertirnos aquí en la casa. No lo digas al tío Tony. Es un secreto”.

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Write on Martes, 24 Marzo 2020

Una mariposa revolotea por el cuarto de baño. Mientras me afeito frente al espejo, mi hijito Sebastián pregunta desde la bañera: “¿Cuánto va a durar la cuarentena?”. Contesto: “Eso depende de cómo se portará el virus. Y el comportamiento del virus, a su vez, depende del comportamiento de la población boliviana. Probablemente va a durar mucho”. Sebastián mira la mariposa y dice: “Tenemos que armar un plan, papá. Vamos a cazar. ¿Viste que la mariposa entró muy fácilmente por la ventana?”. Digo: “Menos mal que sólo entró la mariposa inocente y no el terrible virus”. Mi hijito puntualiza: “Si es tan fácil entrar para la mariposa, también el virus va a poder hacerlo”. Arrepintiéndome de mi comentario, busco corregir el tiro. Digo: “Mejor no comparar el virus con una mariposa. El virus se mueve diferentemente, es decir, a través del contagio. No entra volando por la ventana sino escondido en un portador, o sea, dentro de un ser humano. Por eso estamos haciendo la cuarentena. No tenemos que salir y no tenemos que aceptar ninguna visita de otro ser humano”. Sebastián no escucha; sigue fijando la mariposa. En tono ensoñador, me dice: “Primero voy a necesitar mi disfraz de astronauta. Tengo que protegerme bien”. Le pregunto: “¿Estás hablando de tu traje espacial de tu cumpleaños número cuatro? Ya no te queda. Además, no sé dónde lo guardamos”. Mi hijito sigue fijando la mariposa y sigue sin escuchar. Dice: “También voy a necesitar un cazamariposas, pero no como una red sino como una bolsa de plástico gigante. Y luego voy a pedirte un favor, papá, porque te voy a necesitar a vos también”. Casi me corto el mentón. Pregunto: “¿En qué sentido me vas a necesitar, hijo?”. Sebastián explica: “Vos vas a ponerte afuera por un rato”. Indago: “No me vas a usar como carnada para atraerlo al terrible virus, ¿verdad?”. Mi hijito minimiza: “Es sólo por un ratito”. Comento: “No vamos a reconocerlo al monstruo ya que es invisible. Me va a atacar sin que nos demos cuenta”. Sebastián dice: “No te preocupes. Voy a estar a tu lado con mi cazamariposas y con una lupa para reconocerlo. Así lo vamos a cazar”. Quiero saber cómo cree deshacerse del terrible virus cuando lo entrampemos. Sebastián contesta: “Esa es la parte más fácil del plan. Voy a poner el virus en un súper cohete. Quiero enviarlo al octavo planeta para que nunca vuelva”. Adivino: “¿A Plutón?”. Mi hijito dice, no sin desdén: “Ay, papá, Plutón no es un planeta. Estoy hablando de Neptuno”.

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Write on Lunes, 23 Marzo 2020

Estamos en el patio trasero de nuestra casa en el condominio Siena y el perenne ruido de fondo de las idas y venidas de los autos sobre la avenida La Barranca ha desaparecido. La gente del barrio El Trompillo está acatando la cuarentena total. Nuestro hijito Sebastián me pregunta: “¿Te gusta el silencio?”. Digo: “Adoro el silencio. Ya me había olvidado de su dulce sonido”. Sebastián dice: “Ay, papá, cuando hay silencio no hay sonido. Y cuando hay sonido no hay silencio”. Mi esposa Emmita, quien está pintando un jaguar para un nuevo proyecto artístico,  me socorre, diciéndole a nuestro hijito: “El silencio tiene su propio sonido. Es un susurro y si escuchás bien te puede dar muchas sugerencias e ideas. Tu padre tiene razón. Es un sonido dulce y, por cierto, cada vez más raro en nuestro mundo enloquecido”. Ahora Sebastián me pregunta: “¿Por qué no dibujás como la mamá? El trabajo de mi mamá es dibujar y el trabajo tuyo es escribir. ¿Por qué escribís, papá?”. Busco las palabras aptas para explicar mi pasión. Me doy cuenta de que no es fácil expresar en un concepto sencillo la urgencia que siempre he sentido de contar las cosas que pienso y percibo. Digo: “Escribir es mi vida. Yo elegí vivir de esta manera. Pero se trata de una elección que tengo que confirmar con muchos esfuerzos todos los días. Yo vivo escribiendo. Sin embargo, no me viene natural. Me cuesta mucho”. De nuevo, Emmita me socorre, diciéndole a nuestro hijito: “Las cosas que uno ama realmente, nunca son fáciles. Escribir bien, por ejemplo, es sumamente cansador porque al hacerlo uno emplea en el  mismo momento la cabeza y el corazón. Te agota física y psíquicamente”. Sebastián comenta: “A todo el mundo le gusta más dibujar que escribir. No entiendo por qué vos no lo entendés, papá. La mamá lo entiende y yo también. Yo sé dibujar muy bien, porque me viene natural. Dibujar no me cansa”. Explico: “Vos sabés dibujar muy bien, porque te parecés más a tu madre que a mí”. Emmita dice: “La mamá del papá, tu abuela Elly de Holanda, sabe dibujar también. Ella fue profesora de pintura, ¿lo sabías, mi vida?”. Nuestro hijito dice: “La abuela Elly sabe dibujar y tocar piano. Yo también voy a aprender a tocar el piano. De grande, voy a ser director del zoológico y veterinario. Y cuando vuelvo de mi trabajo voy a dibujar y tocar piano en la casa”. Su mamá le pregunta: “¿Querés dibujar conmigo ahora?”. Él dice: “Sí, y pongamos música. Me gusta dibujar y me gusta la música”.

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Write on Viernes, 20 Marzo 2020

El urubicheño Dámaso Vaca me saca de mi aislamiento con una llamada telefónica. Me dice: “Querido Allart, ¿cómos está? ¿Estás aguantando la cuarentena?”. Yo digo: “Sin problemas ya que es sólo una cuarentena parcial. La típica falta de seriedad de aquí”. Dámaso dice: “Pero vos podés hacer tu propia cuarentena total. Depende de vos mismo. Al final, como todo, se trata de una responsabilidad individual”. Pregunto: “¿Por qué me llamás, acaso para leerme la cartilla?”. El urubicheño explica: “Quiero venderte un frasquito. Digamos que es aceite de cusi. Te lo puedo mandar por courier. En todo, te va a costar quince bolivianos. Es para una buena causa. Vamos, Allart, una buena acción personal puede salvar el mundo”. Sigo pensando en lo que dijo Dámaso acerca de la responsabilidad personal y le digo, no sin irritación: “No voy a comprar nada de vos”. Justo cuando cuelgo me llama el cineasta Tony Peredo quien me dice: “Tengo que contarte algo”. Primero yo le cuento lo que Dámaso me quería vender y el cineasta dice que a él le paso algo aún peor. Resulta ser que Tony, aprovechando la blandura de las medidas contra la pandemia, se fue de paseo. Llegado al semáforo del inicio del Plan Tres Mil, un mendigo ciego le pidió dinero. El cineasta tenía sólo un billete de diez y una moneda de cinco bolivianos y optó por no darle nada al mendigo, quien luego le mostró un frasquito con un líquido que parecía aceite de cusi, diciendo: “¡Qué pena! Yo le iba a dar algo imprescindible por quince bolivianos”. Tony le preguntó: “¿Por qué imprescindible?”. Y el ciego le dijo: “Porque es la cura mágica”. El cineasta suplicó y suplicó, pero el mendigo ya no quería dárselo”. Cuelgo y, aprovechando la blandura de las medidas contra la pandemia, me voy directamente al semáforo del inicio del Plan Tres Mil. Sin que el mendigo ciego me pida nada, le doy quince bolivianos y él me da el frasquito mágico. Antes de desvanecer, el hombre me dice: “Sé que usted tiene mucho más dinero en su billetero. Pero digamos que es su día de suerte”. Vuelvo rápido a mi casa, donde me pongo a fantasear sobre mi gran futuro personal gracias a la posesión del líquido imprescindible. De repente vuelve a llamarme Dámaso. Me pregunta: “¿No dejaste tu casa ni un momento?”. Le digo: “No”. Él dice: “Sé que mentís y sé también  que compraste un frasquito de aceite de cusi. Qué mala decisión personal. Se no te hubieras ido de tu casa, el courier te habría entregado la verdadera cura mágica”.

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Write on Jueves, 19 Marzo 2020

Al constatar que la respuesta por parte de la ciudadanía boliviana al desafío del coronavirus no es la que me hubiera gustado ver, me veo obligado a abandonar temporáneamente los frívolos y fugaces artículos que suelo publicar en este espacio. Es decir, tengo que actuar serio esta vez. Si me lo permite el lector, quisiera empezar con una premisa teórica cuya validez práctica ha sido comprobada miles de veces a lo largo de la historia humana. La premisa es la siguiente: la calidad de la ciudadanía en un determinado país depende de la calidad de su sistema socio-educativo. O en términos más sencillos: como ciudadanos somos productos de nuestra sociedad. Entonces, pongamos la situación en la que un paciente con coronavirus quiere ingresar a un centro médico para hacerse tratar y evitar la propagación de la enfermedad, y de repente este mismo paciente se ve impedido en sus intenciones por los vecinos del barrio donde se encuentra dicho centro médico. En este caso los vecinos obviamente pueden ser calificados como un mal producto de una mala sociedad. Ahora pongamos la situación en la que una ordenanza municipal restringe la circulación del transporte público (que, por cierto, consiste en viejos micros repletos de pasajeros, sin que se garanticen decientes condiciones higiénicas), y de repente los representantes del mismo transporte público deciden no acatar esta medida porque le interesa su ganancia personal y no el estado sanitario de una entera ciudad. Bueno, en este caso los dueños de los micros obviamente también pueden ser calificados como un mal producto de una mala sociedad. El lector sabe que los dos ejemplos no son casuales. Ambos han ocurrido muy recientemente en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia. Sé perfectamente que aquí no existe la igualdad de oportunidades ni la meritocracia. Pero no quiero profundizar en este tema. Basta con concluir que la sociedad boliviana está lejos de ser buena y justa. No obstante, ello no puede convertirse en una excusa para la ciudadanía como para seguir portándose pésimamente. Estamos lidiando con un desafío de proporciones titánicas. En este momento extraordinariamente serio, digo a la ciudadanía boliviana que se porte con la máxima seriedad mirando los mejores ejemplos en el mundo (qué sé, Singapur, Malasia, Corea del Sur) en cuanto a luchar eficazmente contra este mal que representa el coronavirus. Y digo lo mismo a las autoridades del país. Bolivia necesita una cuarentena total.

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Write on Miércoles, 18 Marzo 2020

Mientras mi esposa Emmita acata el horario continuo en su taller artístico, nuestro hijito Sebastián y yo estamos encerrados en la casa. Llama el cineasta Tony Peredo, mi mejor amigo quien quiere saber si todo anda bien. Su preocupación me conforta. Le digo: “Sebastián se siente traicionado. Pensaba que esta emergencia por el coronavirus se iba a convertir en una vacación. Pero su profesora acaba de mandarnos un montón de tarea, advirtiéndome que así va a hacer todos los días”. Tony se ríe y dice: “Mi pobre niño mágico. Bueno, Allart, tenés que explicarle que seguir haciendo tarea en estos tiempos tan inciertos es para su bien. Los niños también tienen que mantener su rutina. Si no, todo se vendrá abajo en serio”.  Comento: “Sebastián es un niño muy equilibrado al final. No  me preocupo tanto por él. Además, este virus no está haciendo estragos entre los niños. Menos mal”. Ahora el cineasta me pregunta: “¿Y no estás teniendo pensamientos negativos? Te conozco”. Me desencadeno: “Estoy sumamente deprimido. Tengo pensamientos apocalípticos, inclusive sueño todas las noches con horribles castigos dantescos. Y lo peor es que cuando luego abro los ojos, me doy cuenta de que nuestra realidad supera mis más alucinantes imágenes oníricas. Todo empezó con los infernales incendios forestales de la Chiquitanía que fueron unos macabros precursores de todo lo terrible que nos azotaría después. ¿Cuántas desgracias puede aguantar un país tan pobre como Bolivia? ¿Qué hemos hecho de tan reprochable para merecernos semejantes tragedias?”. Tony observa: “Bueno, por lo menos los bolivianos no tenemos ninguna culpa en la crisis actual. La plaga del coronavirus es algo ajeno, digamos, que desgraciadamente nos arrastra a nosotros al igual que al resto del mundo. Me parece una especie de venganza de la naturaleza, pero hay otras teorías también que involucran la mala fe y la perversión de ciertas naciones con intereses geopolíticos contrapuestos. De todas maneras, no me voy a dejar atrapar por los pensamientos negativos. No soy como vos, querido Allart, y te aconsejo que cambies tu actitud. Yo sé que todo ahora parece jugar contra Bolivia, porque además de las desgracias que mencionaste estamos lidiando con muchas malas jugadas por parte de la economía mundial. En vez de enfrentar todo este conjunto infeliz con la mente negativa, prefiero hacerlo con un sano estoicismo. O sea, con un fuerte sentido de lo grotesco y con una robusta perplejidad existencial”.

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