Santa Cruz de la Sierra
Allart Hoekzema

Allart Hoekzema

Write on Miércoles, 23 Octubre 2019

Mi hijito Sebastián abre los ojos y le digo: “Hoy no vamos al colegio. El directorio nos avisó en la madrugada. Tu mamá recibió el mensaje”. Sebastián exulta: “¡Genial!”. Comento: “No sé si es tan genial. Hay mucha tensión en la ciudad. Dicen que van a organizar un paro indefinido”. Mi hijito pregunta: “Entonces, ¿qué vamos a hacer hoy? Quiero ir al zoológico. Quiero ver si hay mucha tensión en el zoológico también. ¿Podemos ir a ver a los animales?”. Digo: “No creo, hijo. Primero tenemos que ir al mercadito El Trompillo y al supermercado. Lo que hay que hacer en estas circunstancias es acaparar”. Sebastián quiere saber qué es “acaparar”. Le explico: “Tenemos que abastecernos, es decir, comprar y acumular más alimentos posibles porque no sabemos si las tiendas van a estar abiertas en los próximos días”. Mi hijito entiende el concepto y sugiere: “Vamos a comprar un montón de bolsas de papas fritas, papá”. Luego pregunta: “¿Y qué vamos a hacer después?”. Contesto: “Vamos a tener que ir al surtidor para echar más gasolina posible. Eso puede durar mucho, me temo”. Sebastián dice: “Ay, papá, no me gustan las cosas que duran mucho”. Yo digo: “Lo sé, mi hijo. Pero nos encontramos en una especie de estado de emergencia. Además, tenemos que llevar a los abuelos y a la tía Yudit al aeropuerto. Necesitamos gasolina”. Mi hijito pregunta: “¿Por qué los abuelos y la tía Yudit van a viajar? ¿Quieren escaparse de Bolivia?”. Trato de tranquilizarlo: “No, mi vida. No van a escapar. Lo que pasa es que tu abuelo, el papá Hugo, tiene que ir a Estados Unidos por motivos de salud. Le toca su chequeo médico. No te preocupes, van a volver pronto”. Sebastián me mira triste y dice: “Quiero viajar con ellos. Quiero escaparme”. Le digo: “No, mi niño, nosotros tenemos que quedarnos. Tenemos que cuidarlos a tus gatos. No podemos abandonarlos”. Mi hijito observa. “Los gatos pueden viajar con nosotros. Es mejor”. Explico: “No podemos viajar. Tu mamá y yo tenemos que quedarnos aquí. Vivimos y trabajamos aquí”. Sebastián acepta su destino: “Okey, pero ¿qué vamos a hacer después de acompañar a los abuelos y a la tía Yudit al aeropuerto?”. Respondo: “Después vamos a hablar por teléfono con tus otros abuelos, en Holanda. Ellos están muy preocupados. Acaban de mandarme un mensaje”. Mi hijito indaga: “¿Y al final vas a escribir tu columna? ¿Qué vas a escribir, papá? ¿Vas a  escribir algo divertido?”. Suspiro: “Me temo que no, hijo”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Martes, 22 Octubre 2019

“Papá, adiviná qué soy”, dice mi hijito Sebastián. Contesto: “Sos un niño y estás jugando en una piscina inflable que te regaló tu tía Rossy. Sos un niño muy feliz, porque esta piscina es la cosa más bella que te regalaron para tu cumple”. Sebastián dice: “No, nada que ver, papá. Soy un escalar. ¿Sabés qué es un escalar?”. Digo: “Es un pez, ¿no es cierto?”. Mi hijito pregunta: “Pero, ¿qué tipo de pez?’. Admito: “No sé, hijo. Vos sabés mucho más de la naturaleza y de los animales que yo”. Sebastián explica: “Soy un pez ángel azul. A mí me gustan los peces y los angelitos”. Le digo: “Hola, pez ángel azul. ¿Cómo estás? ¿Qué tal tu piscina?”. Mi hijito responde: “Muy bien, pero extraño a mi amigo, el pez dorado. ¿Sabés quién es el pez dorado?”. Adivino: “¿Tal vez sea tu primo Sergio?”. Sebastián pregunta: “¿Cuándo viene mi primo, el pez dorado?”. Justo en este momento entra Sergio al patio de la abuela Josefina. Mi hijito comenta: “Ay, pez dorado, llegaste tarde. Desvístete rápido”. Sergio dice: “No traje mi malla. No puedo entrar a la piscina”. Sebastián dice: “Pero yo no llevo malla tampoco. Estoy en calzoncillos. A los escalares nos gustan los calzoncillos”. El primo explica: “A los peces dorados nos gustan las mallas”. Mi hijito suspira: “¡Uf! Entrá de una vez, con tus calzoncillos”. Sergito hace lo que le pide su primo. “¿A qué vamos a jugar?”, le pregunta. Sebastián dice: “Soy muy bueno para estar bajo el agua sin respirar. ¿Vos también, pez dorado?”. Sergio dice: “Los peces dorados somos los mejores para estar bajo el agua sin respirar”. Mi hijito le propone: “¿Vamos a apostar? Yo digo que yo voy a ganar y vos vas a perder”. Su primo contesta: “Yo sé que yo voy a ganar. ¿Me prometés que no te vas a enojar? Porque vos sos muy mal perdedor”. Sebastián protesta: “No soy mal perdedor. Yo soy muy buen ganador”. Mi hijito me mira y pregunta: “¿Querés ser árbitro? El pez dorado va a empezar y vos vas a contar, ¿está bien?”. Sergio hunde su cabeza en el agua. Y yo empiezo a contar. Sebastián me dice: “No tenés que contar demasiado rápido. Despacio nomás”. No reacciono para no perder el cómputo. Tras veinte segundos reaparece la cabeza de Sergito. Estornuda, el pobre. Luego se hunde mi hijito. Cuento: “…catorce, quince, dieciséis, diecisiete…” Emerge Sebastián, también estornudando. Me pregunta: “¿Cuánto?”. Contesto: “Ganó el pez dorado. El pez ángel azul aguantó sólo dieciocho segundos”. Mi hijito protesta: “No sos buen arbitro”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Lunes, 21 Octubre 2019

Entonces, por fin tras una campaña quizás demasiado larga, llegó el día de las elecciones, mientras nosotros, es decir, mi esposa Emmita, nuestro hijito Sebastián y yo nos encontrábamos en la casa de mis suegros. Sebastián, como de costumbre, se levantó temprano y nos despertó exclamando: “¡Tengo una idea! ¡Vamos a inflar la piscina que me regaló mi tía Rossy! La vamos a inflar en el patio de la abuela. Y luego vamos a nadar todo el día. ¡Es una idea muy buena!”. Emmita, con una paciencia admirable, dijo: “Efectivamente, es una idea muy buena, porque hoy va a hacer calor. Pero antes tenemos que ir a votar. Primero vamos a acompañar a los abuelos. Ellos tienen que votar en el colegio Juan Pablo II y yo, después, tengo que votar en el colegio Don Bosco”. Sebastián dijo: “No voy a ir a ningún colegio. Hoy es domingo”. Luego se dirigió a mí: “¿Vos también vas a votar?”. Expliqué: “No soy boliviano. No me dejan votar”. Los ojos de Sebastián se iluminaron. Me dijo: “Menos mal que no sos boliviano. Entonces, nosotros nos quedamos aquí y vamos a armar la piscina de la tía Rossy”. Le dije: “Eso lo vamos a hacer después, porque yo quiero ver qué pasa en los recintos electorales. Al final soy periodista, ¿me entendés? Quiero acompañarlos al abuelo, a la abuela y a la mamá”. Sebastián protestó: “Votar no es importante, jugar en la piscina sí”. En ese momento entró a la habitación de los huéspedes mi suegra Josefina quien le explicó a su nieto: “Amor, votar es muy importante. Pero no te preocupes. No vamos a demorar mucho. Vos te quedás aquí con la tía Yudit”. Sebastián se resignó y nosotros fuimos al colegio Juan Pablo II. Llegando a las ocho y media de la mañana tuvimos que constatar que la mesa número 16, la de mi suegro don Hugo Sosa, no estaba abierta todavía por falta de material electoral y jurados. Serían las nueve cuando don Hugo pudo emitir su voto. Luego le tocó a mi suegra Josefina en la mesa número dos. Para nuestra gran sorpresa, le dijeron que su nombre no estaba registrado. Mi suegra, con la misma paciencia admirable que tiene su hija Emmita, les explicó que tenía la doble nacionalidad, la venezolana y la boliviana, y que hace unos meses se había inscrito como nueva electora. Le dijeron: “Usted está nacionalizada pero no puede votar en las generales”. Mi suegra me susurró al oído: “Quizás jugar en la piscina realmente es más importante que votar”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Jueves, 17 Octubre 2019

Al recoger a mi hijito Sebastián, le pregunto a su profesora Yosalid cómo se está portando en lo que va de este mes. Yosalid me dice: “Sinceramente, Sebastián está un poco loquito”. Repito: “¿Loquito? Disculpe, profe, ¿en qué sentido?”. La profe explica: “No me hace caso. Y, sobre todo, no quiere escribir nada”. Reconozco: “Sí, lo noté. Menos mal que las madres de sus compañeros me pasan todos los días lo que mi hijito no ha hecho en el curso. Así que lo recuperamos por la tarde cuando hacemos tarea”. Yosalid comenta: “No entiendo por qué de repente no quiere escribir. Desde el principio de este mes de octubre se porta así”. Decido caminar con mi hijito hasta el taller de mi esposa Emmita. Sebastián está calladito durante la caminata. Le pregunto varias veces qué le está pasando últimamente, pero él se hace el opa, como se dice aquí. En el taller, su mamá le pregunta: “¿Cómo te fue en el colegio, mi vida?”. Nuestro hijito le dice a Emmita: “La profe dice que estoy un poco loquito”. Mi esposa me mira sorprendida y yo le explico: “Prácticamente, no se está portando bien desde el principio de octubre”. El urubicheño Dámaso Vaca, restaurador y mano derecha de Emmita, se entromete diciéndole a Sebastián: “Pero el mes de octubre es fantástico. Es el mes de la Virgen del Rosario y de los ángeles de guarda. A vos te gustan los angelitos, ¿no es cierto? Además, el 4 de octubre cumpliste siete años. Octubre es tu mes, niño”. Nuestro hijito le dice: “Tío Dámaso, ¿sabés que el 4 octubre también es el día mundial de los animales? A mí me gustan muchísimo los animales. Y los angelitos también”. Emmita observa: “No te preocupes, Allart. Si mirás atrás te das cuenta de que octubre siempre ha sido el mes loco de Sebastián. Se vuelve sumamente rebelde. Así fue el año pasado, en el kínder alemán, y hace dos años también, en el pre kínder. Vos tenés lo mismo. Tu mes loco es agosto”. Admito: “Ay, sí, aquí en el hemisferio sur agosto me vuelve loco. No sé por qué. Es el mes de mi cumpleaños. En Europa me sentía siempre súper bien durante todo agosto. Aquí no”. Sebastián dice: “Papá, octubre es mucho mejor que agosto. Es el mes más loco de todos los meses del año, ¿no es cierto, mamá?”. Emmita dice: “Claro, porque es el mes de mi cumpleaños también”. Sebastián promete: “Te vamos a comprar un regalo súper loco por tu cumpleaños”.

Allart Hoekzema Nieboer  MIGAJAS

Write on Martes, 15 Octubre 2019

Mi amigo Teo, el viejo vendedor de periódicos del mercadito El Trompillo, me mira no sin preocupación. Dice: “Ay, Gringo, ¿cómo anda? Debería poner uno de esos parches chinos en su tobillo. Son parches de calor, ¿los conoce? Son milagrosos”. Le explico: “Mi fisioterapeuta cubano no cree en milagros. Me prohíbe todo tipo de parches y ungüentos terapéuticos. Me está curando con pulsaciones eléctricas, una lámpara infrarroja y masajes. Estoy haciendo esa terapia en la casa de mi suegro don Hugo Sosa”. Teo insiste: “Se lo prometo. Con un parche chino va a dejar de cojear. Espere, Gringo. Yo los llevo siempre conmigo, por si acaso”. El viejo vendedor de periódicos saca un parche térmico chino de uno de los innumerables bolsillos de su chaleco rojo. “Bonito su chaleco, y muy práctico, ¿no es cierto?”, comento. Teo dice: “Lo gané en una rifa de ‘La Estrella del Oriente’”. Me pasa el parche chino diciendo: “Se lo regalo. No le diga nada a su fisioterapeuta cubano”. Lo pongo rápido en mi bolsillo, como si se tratara de una sustancia prohibida. Ahora escucho una voz familiar detrás de mí que me pregunta: “¿Qué tenés escondido allí en el bolsillo de tu pantalón?”. El cineasta Tony Peredo sonríe y me abraza con su típica exuberancia siciliana. Teo explica: “Le regalé al Gringo un parche de calor chino. Sigue cojeando. Su fisioterapia no sirve”. Mi mejor amigo Tony observa: “Pero, Allart, el cumpleaños de tu hijito fue hace más de una semana y seguís renqueando. ¡Qué barbaridad!”. Digo: “Me voy a reponer, no te preocupes. Además, el cumple y esa desafortunada piñata al final valieron la pena, porque mi hijito Sebastián me sigue diciendo que fue el mejor día de su vida”. El cineasta medita: “A mí nunca me festejaron un cumpleaños, que yo recuerde, de niño. Porque, bueno, yo era el mayor y, encima, mi cumple caía quince, o sea, justo cuando la plata empieza a escasear. Y sí, a mis hermanas alguna vez les organizaron  su fiesta con piñata y todo. Pero yo era demasiado tímido como para acercarme y empujar a los demás. No era de ese estilo de gente que se tira  y se abalanza. Recuerdo que en esa fiesta los padres de los niños también se metieron”. Digo: “Ay, sí, qué feo. En el cumple de Sebastián una madre arrancó el estómago de la piñata y me piso el dedo gordo del pie. Así que me caí, lastimándome el tobillo”. Teo dice: “Poné el parche chino ese. Es milagroso. De verdad”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Lunes, 14 Octubre 2019

“Vamos, chico. Tú puedes, chico. No te rindas. Sigue moviéndote, chico”, le dice el fisioterapeuta cubano Luis a mi suegro don Hugo Sosa quien está haciendo un ejercicio especial para estimular la circulación sanguínea de sus ancianas piernas. Mi suegro le lleva unos sesenta años, pero Luis insiste en llamarlo “chico”. Yo, que soy unos quince años mayor, por supuesto también soy un “chico” para él. Estoy sentado en el sofá, al lado de don Hugo, con mi pie derecho conectado a través de una infinidad de cablecitos a una máquina que manda pulsaciones eléctricas por los ligamentos y músculos alrededor de mi tobillo. “¿Por qué pusiste un ungüento mentolado en tu tobillo, chico? Eso no sirve. Empeora la inflamación, chico”, me reprocha el fisioterapeuta cubano quien ahora mira a don Hugo diciéndole: “Oye, chico, dile a tu yerno que no sea terco. Que me escuche, ese chico irresponsable”. Nadie le habla de manera tan directa a mi suegro. Don Hugo le sonríe a Luis y le explica: “Allart es nórdico. Los holandeses son personas altas, pero tienen una debilidad notoria, es decir, sus talones tienden a ser muy vulnerables”. Admito: “No sé si se puede generalizar el asunto. Pero en mi caso es verdad. Mi talón derecho literalmente es mi talón de Aquiles”. Don Hugo insiste: “Es un defecto general, en serio. Nosotros aquí tenemos talones de guarayo, gruesos e indestructibles. Para nosotros, caminar descalzos en la arena tiene el efecto de un spa, o sea, es un tratamiento de pedicura que limpia la planta del pie. Sin embargo, si Allart camina en la arena se hace daño”. Comento: “Me va a disculpar, don Hugo. Yo no lastimé mi pie en la arena, sino que fue un ridículo accidente. Me caí al vaciar la piñata en el cumple de mi hijo. O, mejor dicho, las madres me tumbaron durante la piñata”. Don Hugo dice lacónicamente: “Eso no le hubiera jamás pasado a un guarayo”. El fisioterapeuta Luis observa: “Los cubanos debemos ser parientes de los guarayos, porque nosotros también tenemos talones de hierro”. Le pregunto: “¿No hay modo de reforzar de alguna manera mis talones, doctor?”. Luis dice, seco: “Tienes que seguir mi terapia al pie de letra, chico. No inventes”. Insisto: “Pero ustedes que son expertos en santería, ¿no tienen algún truco?”. Don Hugo sugiere: “Existe un truco guarayo. Prácticamente, hay que mojar los zapatos con agua y alcohol y luego dejarlos en el congelador durante un día entero. Y luego te los ponés”. Luis le dice a él también: “No inventes, chico”.

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Write on Lunes, 14 Octubre 2019

Acabo de pasar por una experiencia traumática. La piñata del séptimo cumpleaños de nuestro hijito Sebastián fue una auténtica batalla campal, con participantes aguerridos e inclementes. Los más feroces no fueron los niños, sino las madres. Una, inclusive, me plantó un tacón de aguja en el dedo gordo de mi pie izquierdo, tras lo cual me  desplomé. Lo siguiente es una reconstrucción de los hechos. Todo empezó el día de sábado muy tempranito cuando Sebastián me despertó diciendo no sin dramatismo: “Ay, papá, mirá. El tiempo se equivocó. Está lloviendo y hace frío. Mi cumpleaños va a fracasar”. Le dije: “No te preocupes, hijo. No va a fracasar. Tu mamá organizó todo. Ella está preparada para cualquier capricho del clima. Además, ya controlé las previsiones anoche. A las dos de la tarde va a dejar de llover y tu fiesta recién empieza a las tres y media. Entonces, tranquilo”. Y así fue. Dejó de llover a las dos. Sin embargo, el viento gélido no quiso aplacarse. Al llegar a las tres al jardín de mis suegros, como todos los años maravillosamente decorado para la ocasión, Sebastián corrió hacia su abuela Josefina y su tía Yudit para quejarse. “Ay, ¿vieron lo que hizo el tiempo hoy conmigo? Se equivocó”, insistió mi hijito. Mi suegra y la tía, ambas venezolanas y, como todas las caribeñas, híper friolentas, me miraron con horror por mi indumentaria alegre e híper veranera. “Mi papá es holandés. Nunca siente frío. Pero yo sí. Yo no soy holandés”, dijo Sebastián. Su tía Yudit dijo: “Sí, lo sabemos, mi niño. Tú eres caribeño”. Luego mi hijito le preguntó: “Tía, ¿no creés que mi fiesta de cumpleaños va a fracasar por el frío?”.  La tía Yudit contestó: “Todo lo contrario, mi amor. Tu fiesta va a ser una fiesta caribeña”. Y tenía razón. Una infinidad de niños y niñas (con sus madres) llenaron el fantástico jardín de mis suegros. Nadie se quejó del frío. Todo el mundo se divirtió, jugando, cantando y bailando. Y Sebastián estaba feliz y agradecido. No sé cuántas veces le dio las gracias a su mamá por haberle regalado, como dijo él, “el día más bello de mi vida”. Y, efectivamente, fue un día bellísimo… hasta que empezó a sonar la clásica musiquita: “Rómpela, rompe la piñata. Dámela, dale a la piñata”. Bueno, yo le di a la piñata y la rompí, con una infinidad de niños y niñas (con sus madres) rodeándome. Hasta que un tacón de una madre particularmente ávida le dio al dedo gordo de mi pie izquierdo y casi lo rompió. Todo se vino abajo. Los niños salieron ilesos.

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Write on Viernes, 04 Octubre 2019

Mi amigo Teo, el viejo vendedor de periódicos en el mercadito El Trompillo, dice: “Gringo, me va a disculpar, pero ¿por qué no habla casi nunca en sus artículos sobre la política? Una de las tareas del periodismo es ayudarnos a los ciudadanos a formar opiniones políticas, ¿no es cierto?”. Digo: “¿Y por qué de pronto quiere que yo hable de política. La última vez, cuando le pregunté por quién iba a votar, casi me insultó”. Teo explica: “Eso fue porque usted lo iba a publicar en el periódico y yo no quiero que la gente sepa de mis preferencias políticas. Pero se lo digo en serio, Gringo. Usted debería buscar más temas políticos. Prácticamente, está hablando sólo de su vida en familia y en el barrio. Un periodista verdadero brinda un servicio público, estimulando a la gente a tomar determinadas posiciones políticas”. Confieso: “Lo que pasa es que mis opiniones políticas no son muy fuertes. Sinceramente, puedo cambiar de idea de un día para otro. Además, no me gusta hablar de política. Me doy cuenta de que aquí en Bolivia les encanta a las personas hablar de política. Sin embargo, pienso que en los países más felices y socialmente equilibrados la política no es un tema de la charla cotidiana”. El viejo vendedor de periódicos observa: “Pero en uno de sus artículos en ‘La Estrella del Oriente’ usted contó que todos los domingos suele hablar por teléfono sobre la política con su padre en Holanda”. Admito: “Es verdad, a mí padre le encanta hablar de política. Él tiene este, digamos, talento particular de saber desviar tarde o temprano todas las conversaciones hacia la política. Quizá se trate de un talento que todo político tiene. Usted sabe que mi padre era político, ¿no es cierto?”. Teo responde: “Claro que sí. Pero ¿era un político bueno?”. Pregunto: ¿En qué sentido ‘bueno’?”. Teo suspira no sin impaciencia y explica: “Bueno en el sentido de poderoso. O sea, ¿su padre tenía mucho poder en Holanda?”. Digo: “No sé, imagino que sí. Él llegó a ser presidente del partido liberal y senador. Además, fue tres veces alcalde. Me confesó una vez que durante su carrera política tenía muchos amigos. Pero cuando se retiró la mayoría de ellos lo abandonó. Podemos decir que mi padre se ha dado cuenta en persona de que el poder engaña al que lo tiene. En realidad, el poder es efímero. No cuenta nada.” Teo medita: “Ay, Gringo, a mí me gustaría tener el poder en este país. De verdad.” Yo le prometo: “Ay, Teo, el día que usted llegue al poder, lo abandonaré como amigo”.

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