Santa Cruz de la Sierra
Allart Hoekzema

Allart Hoekzema

Write on Miércoles, 11 Diciembre 2019

Tapo a mi hijito Sebastián. Seguimos con fiebre los dos. Sebastián me dice: “Estoy mareado”. Yo digo: “Yo también. Estoy con náuseas. Es por la fiebre”. Mi hijito niega con la cabeza, diciendo: “No estoy con náuseas. Estoy mareado y no es por la fiebre. Es por la pared”. Repito: “¿La pared? No te entiendo”. Sebastián ordena: “Tocá mis manos, papá”. Lo hago y constato que las manos de mi hijito están mojadas. “La fiebre te hace sudar hasta en las palmas de las manos”, digo. Sebastián dice: “No es sudor, papá. Y no tiene nada que ver con la fiebre. ¿Sabés que mis manos y mis pies pican tanto? Tocá mis pies también”. Lo hago y constato que los pies de mi hijito están tan mojados como sus manos. Sebastián comenta: “Mojé mis manos y mis pies antes de trepar por la pared”. Repito: “¿La pared? Sigo sin entenderte”. Mi hijito suspira y cuenta: “Hoy en la tarde jugué con mi primo Sergito. Él me dijo que quería entrar a otro mundo. Entonces, me propuso armar un portal que nos llevara a un universo paralelo”. Lo interrumpo, preguntando: “¿Qué saben ustedes de portales y universos paralelos? Sergito tiene seis años y vos siete”. Mi hijito suspira de nuevo. Explica: “Nosotros sabemos mucho más que vos sobre portales y universos paralelos, porque es nuestro juego favorito. Vos no jugás nunca”. Protesto: “A mí me gusta todo tipo de juego. Sé que es muy importante seguir jugando en la vida. No importa la edad, hay que jugar hasta la tumba”. Sebastián prosigue: “Bueno, Sergito formó un círculo con Jerry, mi serpiente de goma. Y adentro puso piezas de Lego. Pero el portal no funcionó. No nos llevó a ningún lugar nuevo. Entonces, probamos otro truco. Nos bañamos hasta que la piel de nuestras manos y pies se puso arrugada y luego fuimos a la pared afuera, la pared del jardín de la abuela Josefina”. Vuelvo a interrumpirlo, preguntando: “¿Ustedes fueron al jardín de la abuela Josefina desnudos?”. Mi hijito dice no sin aplomo: “Claro. Hay que estar desnudo, con las manos y pies mojados. Sólo así funciona el truco”. Indago: ¿Acaso ustedes caminaban en la pared, como dos lagartijas?”. Sebastián exulta: “¡Sííí, papá! ¡Es muy divertido! Caminamos durante más de una hora en la pared y nadie nos vio. Te vimos a vos en el jardín. Estabas leyendo. Gritamos todo el tiempo, pero no nos notaste. ¿Sabés por qué? Porque nosotros estábamos en otro mundo. Caminamos en la pared, desnudos. Pero ahora estoy mareado. Y mis manos y mis pies pican tanto. ¿Ahora me entendés?”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Martes, 10 Diciembre 2019

“Papá, tengo una idea. Ya sé lo que vamos a hacer hoy”, dice mi hijito Sebastián. Yo digo: “Hoy no podemos hacer mucho, me temo. Los dos estamos enfermos”. Mi hijito explica: “Tengo una idea especial para personas enfermas que están con tos y fiebre, como nosotros. Vamos a imaginar una súper jornada”. Pregunto: “O sea, ¿querés pasar el día haciendo planes sin realizarlos?”. Sebastián exulta: “¡Sííí! ¡Es una idea genial!”. Quiero saber cuál es su primer plan para la súper jornada. Mi hijito contesta: “Primero vamos a ir al zoológico. Vamos a pasar por el taller de la mama. Ella nos va a llevar al zoológico. Y tenemos que llevar los binoculares para ver a los animales de cerca”. Digo: “Es un buen plan. ¿Y qué vamos a hacer después del zoológico?”. Sebastián dice: “Ay, papá, esperá, vamos a estar en el zoológico por lo menos dos horas porque voy a inventar un recorrido larguísimo”. Comento: “No lo vamos a aguantar, hijo. Estamos enfermos”. Mi hijito dice: “No te preocupes, papá. No vamos a correr. Va a ser un recorrido larguísimo pero tranquilo. Y después vamos a ir al supermercado IC Norte. Allí hay muchos juguetes. Quiero comprar una gran caja de Lego”. Pregunto: “¿En esta súper jornada imaginaria vamos a tener dinero real o imaginario?”. A su vez, Sebastián pregunta: “¿Cómo voy a comprar una gran caja de Lego sin dinero real?”. Reconozco: “Buena pregunta”. Mi hijito prosigue: “Y después del supermercado IC Norte vamos a ir a la librería Ateneo. Me gustaría comprar un libro sobre los dinosaurios”. Verifico: “Ese libro también lo vamos a comprar con dinero real, ¿no es cierto?”. Sebastián dice: “Obvio. A ver, luego vamos al Multicenter y al supermercado Hípermaxi del tercer anillo de la Santos Dumont. Es la cosa más práctica porque la librería Ateneo también se encuentra en el tercer anillo, ¿verdad?”. Indago no sin preocupación: “¿Y qué vamos a hacer en el Multicenter  y en el supermercado Hípermaxi? ¿Acaso vamos a comprar más cosas?”. Mi hijito responde: “En el Multicenter quiero comprar un libro de trucos de magia. Lo vi el otro día, ¿te acordás? No quisiste comprármelo. Ahora en la súper jornada vamos a comprarlo por fin. Y en el supermercado Hípermaxi tenemos que comprar gelatina de pata con sabor a canela, la única que me gusta”. Observo: “Esta súper jornada es un día lleno de supermercados”. Sebastián dice: “Sí, y luego vamos a ir al súper Fidalga, para comprar pan francés. ¿Vamos, papá? Ya no me siento enfermo. ¿Vamos?”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Viernes, 06 Diciembre 2019

Estoy con mi hijito Sebastián y mi sobrino Sergito en el zoológico municipal. Sergito dice: “Quiero ver a los cocodrilos”. Su primo le explica: “Aquí no hay cocodrilos. En Bolivia sólo existen lagartos y yacarés”. Sergito rebate: “Lo sé, pero yo los llamo cocodrilos. Me gusta más el nombre cocodrilo”. Sebastián dice: “Yo quiero ver al jaguar. ¿Sabés cuál es el nombre científico del jaguar?”. Sergito contesta: “Tigre americano. Es fácil”. Mi hijito comenta: “No es fácil y no es tigre americano. El nombre científico del jaguar es panthera onca. Mi papá y yo lo aprendimos en el museo de historia natural. ¿Sabés que de grande voy a ser el director del  museo de historia natural? Y también voy a ser el director del zoológico”. Ahora Sergito le pregunta: “¿Cuál es tu animal favorito aquí en el zoológico?”. Mi hijito responde: “La ovejita. Vamos a la granja, hay dos corderitos nuevos, son lindos y tiernos”. Su primo dice: “No me gustan las ovejas. A mí me gustan los cocodrilos. Quiero ver a los cocodrilos”. Propongo a los dos niños: “Vamos a visitar a los lagartos y después vamos a ir a la granja”. Ambos, sorpresivamente, aceptan mi sugerencia. Yendo hacia la zona de los lagartos, caimanes y yacarés pasamos por la jaula del monito león. Sebastián lo mira al monito y le dice: “Hola, amigo, si querés jugar conmigo y con mi primo Sergio podés visitarnos en la casa de nuestra abuela. Estamos allí durante las vacaciones”. Luego pasamos por la jaula de la ardilla boliviana y Sergito le dice a la ardilla: “Hola, amiga. Vos también podés jugar esta noche con nosotros en la casa de la abuela Josefina, si querés”. Hacemos todo el recorrido del zoológico y a la vuelta pasamos nuevamente por las jaulas del monito y la ardilla. No están, ni la ardilla boliviana ni el monito león. Sergito dice: “Tenemos que apurarnos, Sebastián. Ya están en la casa de la abuela”. En la casona cruceña de antaño de mis suegros cenamos, miramos tele y jugamos un ratito con los legos. Luego nos acostamos. Estoy con fiebre y tengo sueños extraños. Escucho sonidos de animales. Parece que hay un monito león y una ardilla boliviana en la habitación de al lado, donde duermen Sergito y Sebastián. El monito grita: “¡Iiii-iiii!”. Y la ardilla chilla: “¡Pii-pii-pii!”. Al día siguiente, tempranito, entran mi hijito y su primo a mi habitación. Les pregunto: “¿Cómo durmieron? Yo dormí mal. Tuve sueños inquietos y escuché ruidos de animales”. Sergito dice: “Nosotros dormimos súper bien, tío. Pero en el cuarto huele a popó de monito y ardilla”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Jueves, 05 Diciembre 2019

Mi gran amigo Tony Peredo, al igual que yo, es una persona bastante huraña. Pese a que trabaje en los mundanos ambientes del cine y la publicidad, no le gustan los eventos sociales. Su casa es un bastión y los que mandan allí son sus mascotas. Actualmente, tiene siete gatos. Dos de ellos le encantan particularmente a mi hijito Sebastián. Son inmensos, pesan unos diez kilos cada uno. El cineasta apenas los puede alzar. Ahora Tony me muestra una foto de una pequeñísima gata negra. Me dice: “Mirá, es una gatita que rescaté en el paro. Parece un ser humano, está loca y no hace caso. O sea, sé que los gatos son independientes, pero este bicho lo hace a propósito. La saco de un lugar y vuelve deliberadamente como para desafiarme”. Le pregunto al cineasta: “¿Y sigue tu chancho Porky?”. Tony dice: “Ay, no, murió. Se descaderó, porque la perra de mi ex lo molestó cuando no había nadie en mi casa. Lo hice dormir”. Quiero saber si Tony estaba presente cuando su fantástico chancho cerró sus ojos definitivamente. Me explica: “Sí, estuve a su lado todo el tiempo y lo enterramos en mi jardín. Me dolió mucho. Porky era mi compañero y confidente. Porque él me recibía todas las noches. Y se quejaba conmigo, porque mi hijo Marcelo le pegaba cuando se ponía rebelde. Naturalmente, yo ya sabía que Marcelo le había pegado, porque llegaba este mini elefante a quejarse. Lloraba quejándose. Era increíble. Yo lo largaba y llamaba a mi hijo preguntándole por qué le había pegado. Bueno, Porky se ponía a mi lado y mientras yo le llamaba la atención a mi hijo él hacía ruidos y hacía el ademán de querer morderlo como diciendo: ‘A ver, ahora pégame, cobarde’. Una vez vi cómo Porky le cerraba la puerta en la cara a mi hijo. Él dormía en el cuarto de servicio y se encerraba a dormir. Y esperaba a que yo le abra la puerta para salir y ensuciar. Porky llegó a pesar dos cientos cincuenta kilos. Era un niño más”. Pregunto: “¿Por qué Marcelo no se llevaba bien con él? Sebastián adora a cualquier tipo de animal”. Tony contesta: “Mi hijo y Porky se tenían bronca porque jamás le hice cortar los colmillos y una vez lo mordió a Marcelo en la pierna. Allí nació la discordia. Pero conmigo era un pan de Dios. Y cuando no estaba tranquilo, lo podía siempre sobornar con tomates. Sólo una vez se me escapó a la calle, imagínate un elefante suelto. ¿Cómo hacés para agarrarlo? Pero Porky se dio una vuelta por la cuadra y se volvió a su lugar. Fue increíble. Lo extraño mucho, ¿sabés, amigo?”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Miércoles, 04 Diciembre 2019

Sigo hablando por teléfono con mi mejor amigo, el cineasta Tony Peredo, quien no sólo tiene buen criterio artístico sino también un notable olfato político. Me cuenta que los vecinos del barrio lo quieren de diputado. Explica: “Me ofrecieron casa de campaña, poleras, imprenta, todo gratis. Y ¡ojo!, nació de los vecinos”.  Pregunto: “¿Qué les dijiste?”. El cineasta contesta: “Les dije que no gracias. Para ser político hay que, para empezar, no tener alma”. Coincido: “Nunca mezclar el arte con la política. Te quemarás como artista”. Tony dice: “Así es. Jamás dejaría que el infierno me seduzca”. Yo digo: “Pero te digo una cosa. A pesar de que estoy de acuerdo en cuanto al carácter perverso de la política en general, creo que vos serías un buen político. Hay ejemplos de gente que entró a la política manteniéndose íntegra como personas. Qué sé, Mandela por ejemplo”. Tony se ríe y dice: “Y ahora vas a mencionar a Churchill también. Te conozco, Allart. Son tus ídolos políticos. Pero te cuento que en Bolivia nunca va a surgir ni un Churchill ni un Mandela”. Confieso: “No sé. No he perdido la esperanza”. El cineasta puntualiza: “El problema de fondo es la falta de civismo. No hay verdadera ciudadanía. Si vos le preguntás a la gente aquí acerca del concepto de la libertad te dirá que se trata de poder hacer lo te da la gana sin preocuparse del otro lado de la medalla, es decir, la responsabilidad. Además, pese a que realmente no haya diferencias fundamentales entre las personas de las varias regiones del país, lo que me enferma es la persistencia de los regionalismos aquí”. Le pido: “¿Podés, por favor, profundizar este aspecto? No se trata de provincialismo, ¿verdad?”. Tony responde: “No, nada que ver. Se trata de la bandera. Ustedes en Holanda tienen una linda bandera nacional, rojo, blanco, azul, con la particularidad de una flámula que está por encima, el gallardete de la casa real de los Oranje-Nassau, ¿no es cierto?”. Comento: “No soy nacionalista, Tony. No me hables de banderas nacionales”. El cineasta insiste: “Pero es muy importante. Estoy hablando del verdadero civismo. Tenemos que enseñar el amor a una sola bandera. No a la bandera cruceña, no a la wiphala. Somos bolivianos. La bandera que debería flamear exclusivamente es la rojo, amarillo y verde. No hay que subestimar el valor simbólico de la bandera nacional. Yo sé que vos en tus sueños secretos seguís quemando todos los pasaportes del mundo. Te conozco, Allart. Pero el amor a la bandera es patriotismo sano”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Martes, 03 Diciembre 2019

Mi mejor amigo, el cineasta Tony Peredo, me cuenta: “Tengo un amigo que es locutor. Tiene cierto grado de cultura, pero él me dice que se conforma con leer revistas de Condorito. No le interesa saber de la cultura de otros países. Por ejemplo, grandes obras maestras de la humanidad como las pirámides a él le parecen fantásticas, pero como que no son de su real interés no les presta atención. Él prefiere, me dice, nutrirse de cosas simples porque así no se complica la vida. Pero yo me pregunto, ¿qué le vas a transmitir a tu hijo, a tu hija, si el conocimiento tuyo es limitado, o sea, básico? ¿Qué tipo de cultura querés promover, la de vivir cómodamente el día a día? Creo que se llama… eh, tiene un nombre pero ahora no me viene a la cabeza. Repito, es vivir cómodo y dejar que la vida pase”. Digo: “Conformismo”. Tony dice: “Exacto. Ay, Allart, algo está pasando con mi cerebro. Me estoy olvidando de muchas cosas. Espero que el día de mañana no se traduzca en una enfermedad”. Comento: “No te preocupes, amigo. Yo tengo lo mismo. Somos contemporáneos”. El cineasta prosigue: “Bueno, luego te cuento que he visto amigos que se han vuelto netamente cerrados por culpa de ideologías y dogmas. Abrazan una teoría totalizante que lo explica todo de manera aparentemente lógica. Amigos que repiten acríticamente lo que dice un caudillo. Amigos que creen que ciertos políticos han mejorado significativamente sus vidas, cuando en realidad siguen viviendo la misma realidad que tuvieron en el pasado. Yo les decía: ‘A lo único a lo que yo tengo confianza, es a mis manos, porque esas fueron las que me dieron de comer, las que me han acompañado’. No ha venido un político que me ha dicho: ‘Tomá, aquí tenés cien mil dólares para que tu empresa crezca’. Todo político, para mí, tiene que cumplir con ciertos requerimientos, porque es un empleado mío, es un empleado nuestro. Y recién nos estamos dando cuenta de que nosotros podemos despedirla a esa persona. Es un empleado público más, no es un ser superior sobre nosotros. De acuerdo, esa persona ocupa un cargo especial porque maneja todo un país, la economía, pero es mi economía, la economía de todos. Entonces, al pagar mis impuestos siento que esa persona también depende de mí. Y el día que el pueblo le dé la espalda, esa persona no tiene ningún poder. Sinceramente, no me siento representado por ningún político boliviano. Ninguno de ellos ha cumplido con las cosas prioritarias: educación, salud pública y seguridad”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Lunes, 02 Diciembre 2019

Camino por la casa en busca de inspiración. Detrás de mí camina mi hijito Sebastián. “¿Qué estás haciendo, hijo?” pregunto. “Te estoy persiguiendo, papá. Soy un espía”, explica Sebastián. Le propongo: “Vamos al mercadito El Trompillo. Quizás allí me venga una idea para mi columna”. Abro la puerta de la calle. Mi hijito comenta: “Antes de salir te mirás siempre rapidito al espejo. ¿Lo sabías, papá?”. Reconozco: “Sí, lo sé. Tu mamá me lo ha hecho notar mil veces. Ella dice que soy muy vanidoso”. Sebastián dice: “Los espejos no le gustan a mi mamá. Le dan un poco de miedo. A mi tío Tony también”. Pregunto: “¿Y a vos también?”. Mi hijito responde: “A mí me gustan. Los espejos son misteriosos”. En el mercadito El Trompillo charlamos un rato con mi amigo Teo, el viejo vendedor de periódicos. Teo me dice: “Oiga, Gringo, tener que escribir todos los día su columna es una especie de esclavitud, ¿no es cierto?”. Yo digo: “Fue mi libre elección. Se lo propuse al dueño del periódico y él me concedió el espacio en la página dos. No me puedo quejar aunque de vez en cuando deseo saltar un día, como por ejemplo hoy”. Teo indaga: “¿No tiene un suplente, alguien que puede reemplazarlo de vez en cuando?”. Niego con la cabeza. “No sería correcto. Tengo que cumplir con mis deberes”, explico. Mi hijito Sebastián le dice a Teo: “¿Sabés que mi papá es muy vanidoso?”. El viejo vendedor de periódicos dice: “Claro que sí. Tu papá siempre habla de sí mismo en sus columnas”. Sebastián añade: “Y le encanta mirarse al espejo”. Teo comenta: “No me sorprende, pero hay que tener cuidado con los espejos”. Mi hijito me mira y pregunta: “¿Ya tenés una idea? ¿Ya podés escribir tu columna?”. Suspiro: “No, hijo. Pero tenemos que volver a la casa. Tengo que entregar la columna en una hora”. De vuelta en casa, voy a la cocina para verterme un vaso de leche, mientras mi hijito sube la escalera. De pronto, Sebastián grita: “¡Papá! ¡Papá! Hay un intruso en tu estudio. ¡Vení! ¡Se está escapando!”. Corro hacia la puerta y veo a mi hijito bajar la escalera. Me dice: “El intruso ya se fue. Huyó a través del espejo. Se parecía muchísimo a vos, papá”. Pregunto: “¿Me estás tomando el pelo?”. Sebastián contesta: “No, te lo juro. Hubo un intruso. Estaba escribiendo. De repente, se dio la vuelta, se asustó y se escapó”. Arriba, en el estudio, controlo la pantalla de la computadora. Veo un texto titulado “El intruso”. Lo leo, no me desagrada demasiado y decido robarlo. Nadie me va a atrapar.

Write on Viernes, 29 Noviembre 2019

“¿Cómo ves la actual situación política en el país? No es tan sorprendente que haya muchísimos actores viejos en busca de un papel en esta fase de transición, ¿verdad?”, le digo por teléfono a mi mejor amigo, el cineasta Tony Peredo, quien responde: “Y qué te puedo decir… Creo que es tiempo de nuevos actores. Y debería existir una ley donde los decretos y todo lo que se vaya a hacer tengan participación directa de la población a través de cabildos”. Comento: “Tal vez no sea una mala idea”. Tony explica: “Claro, así se termina la corrupción y los arreglos debajo de la mesa. Es más difícil negociar con muchos que negociar con uno solo”. Coincido: “Sí, la corrupción es un problema gigantesco, junto a la impunidad”. El cineasta dice: “Exacto”. Agrego: “Otro problema son las grandes desigualdades socio-económicas en Bolivia. Aquí hay gente extremadamente rica y gente extremadamente pobre”. Tony observa: “Así es, querido Allart. Pero es bien complicado el asunto del rico y el pobre, porque a veces la pobreza viene acompañada de ignorancia. Y la riqueza también”. Admito: “Sin duda, pero las estadísticas no mienten. En Europa, por ejemplo, hay más igualdad en los ingresos. En América Latina menos. ¿Quién tiene más bienestar y sociedades más avanzadas?”. El cineasta dice no sin hesitación: “Es verdad… Pero, querido amigo, no te olvides que los europeos tienen más historia y más cultura cívica. Ellos han llegado a un entendimiento de que existe otra forma de igualdad y equilibrio. Sería lindo en un sentido utópico si no existiera la pobreza, pero yo siento que hay gente que no merece tener más de lo que posee. Quizá sea mi lado conservador y pesimista”. Sugiero: “Digamos que Bolivia necesita más igualdad en cuanto a las oportunidades. O sea, igualdad al inicio del camino de cada uno, no al final. No podemos decir que aquí existe meritocracia”. Con la misma hesitación, Tony medita: “Sí, okey… Pero siento que antes de que seamos ricos monetariamente deberíamos enriquecer nuestro conocimiento, es decir, nuestra cultura. Repito, aquí en Bolivia hay mucha ignorancia, en todos los estratos sociales. En una sociedad se precisa cultura para poder manejar bien y equitativamente la plata. Construir un país de buena convivencia es un trabajo largo, de mucha paciencia, porque todo al final pasa por la educación. Hay que enseñarles a los niños el valor de la cultura, un conjunto de ética y estética, para que sean ciudadanos tan críticos como empáticos. Ay, Allart, es una tarea titánica”.

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