Santa Cruz de la Sierra
Allart Hoekzema

Allart Hoekzema

Write on Viernes, 29 Noviembre 2019

“¿Cómo ves la actual situación política en el país? No es tan sorprendente que haya muchísimos actores viejos en busca de un papel en esta fase de transición, ¿verdad?”, le digo por teléfono a mi mejor amigo, el cineasta Tony Peredo, quien responde: “Y qué te puedo decir… Creo que es tiempo de nuevos actores. Y debería existir una ley donde los decretos y todo lo que se vaya a hacer tengan participación directa de la población a través de cabildos”. Comento: “Tal vez no sea una mala idea”. Tony explica: “Claro, así se termina la corrupción y los arreglos debajo de la mesa. Es más difícil negociar con muchos que negociar con uno solo”. Coincido: “Sí, la corrupción es un problema gigantesco, junto a la impunidad”. El cineasta dice: “Exacto”. Agrego: “Otro problema son las grandes desigualdades socio-económicas en Bolivia. Aquí hay gente extremadamente rica y gente extremadamente pobre”. Tony observa: “Así es, querido Allart. Pero es bien complicado el asunto del rico y el pobre, porque a veces la pobreza viene acompañada de ignorancia. Y la riqueza también”. Admito: “Sin duda, pero las estadísticas no mienten. En Europa, por ejemplo, hay más igualdad en los ingresos. En América Latina menos. ¿Quién tiene más bienestar y sociedades más avanzadas?”. El cineasta dice no sin hesitación: “Es verdad… Pero, querido amigo, no te olvides que los europeos tienen más historia y más cultura cívica. Ellos han llegado a un entendimiento de que existe otra forma de igualdad y equilibrio. Sería lindo en un sentido utópico si no existiera la pobreza, pero yo siento que hay gente que no merece tener más de lo que posee. Quizá sea mi lado conservador y pesimista”. Sugiero: “Digamos que Bolivia necesita más igualdad en cuanto a las oportunidades. O sea, igualdad al inicio del camino de cada uno, no al final. No podemos decir que aquí existe meritocracia”. Con la misma hesitación, Tony medita: “Sí, okey… Pero siento que antes de que seamos ricos monetariamente deberíamos enriquecer nuestro conocimiento, es decir, nuestra cultura. Repito, aquí en Bolivia hay mucha ignorancia, en todos los estratos sociales. En una sociedad se precisa cultura para poder manejar bien y equitativamente la plata. Construir un país de buena convivencia es un trabajo largo, de mucha paciencia, porque todo al final pasa por la educación. Hay que enseñarles a los niños el valor de la cultura, un conjunto de ética y estética, para que sean ciudadanos tan críticos como empáticos. Ay, Allart, es una tarea titánica”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Jueves, 28 Noviembre 2019

Mi gran amigo, el cineasta Tony Peredo, me llama, diciendo no sin ironía: “Noté, querido Allart, que como cincuentón al fin te transformaste en un verdadero periodista. Tus artículos son cada vez más realistas. Es decir, me parece que abandonaste definitivamente la ficción, ¿no es cierto?”. Explico: “Bueno, no es una cosa definitiva, pero sí deliberada. Como sabés, escribí en la primera mitad de este año un largo relato por entregas. Después tomé una pequeña pausa. Cuando en agosto reemprendí la escritura de mis columnas para ‘La Estrella del Oriente’ decidí dejarme inspirar por la realidad cotidiana. Pero, sinceramente, la ironía de la suerte quiso que la realidad de los últimos tiempos superara a la ficción. Lo que nos está pasando aquí en Bolivia es como una gran novela literaria con acontecimientos que parecen frutos de la fantasía”. El cineasta coincide: “Es verdad. Parece la trama de un novelista con una imaginación infinita”. Confieso: “Ahora, después de cuatro meses de puro realismo, siento un cierto desgaste. Me gustaría volver a mis sólitas cosas ficticias”. Tony me pregunta: “¿Y el niño mágico? ¿Cómo está Sebastián? Sos un hombre muy afortunado. Tenés un hijo fantástico, muy inspirador, mejor que las famosas musas literarias de Dante, Petrarca y Leopardi. Contame, querido amigo, ¿en qué anda Sebastián últimamente?”. Digo: “Ay, el niño mágico tiene siempre algo nuevo. Me dice que yo hago todos los días lo mismo, mientras que él adora los cambios continuos”. El cineasta dice: “Sebastián tiene razón. Vos sos el tipo más rutinario que conozco. No cambiás nunca tus métodos. El contenido y la forma de tus artículos pueden cambiar, pero tu disciplina laboral y tus horarios mantienen el mismo nivel. Yo, en cambio, soy más desorganizado”. Comento: “Desde el caos suelen surgir obras artísticas más interesantes. Creo que fue Hemingway quien dijo que la disciplina no reemplaza el talento”. Tony repite su pregunta: “¿En qué anda Sebastián?”. Cuento: “Ahora le encanta a mi hijito imitar los sonidos y los silbidos de las aves. Nuestra vecina tiene un loro en su patio delantero. No sé qué tipo de loro es, no soy experto, pero Sebastián habla todos los días con él. El otro día el loro me sorprendió diciéndole a mi hijo: ‘Hola, buenas tardes, Sebas, ¿cómo te fue en el colegio?’. Sebastián juró que él no enseñó esta frase al loro. Me dijo: ‘Yo soy muy bueno para imitar a un ave, pero este loro no imita. Este loro sabe hablar como los seres humanos’.”.

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Write on Miércoles, 27 Noviembre 2019

Digo a mi hijito Sebastián: “Vamos al colegio. Hoy tenés examen de ciencias naturales”. Sebastián protesta: “Ay, papá, hoy quiero quedarme en la casa. Quiero relajarme”. Insisto: “Vamos, hijo. Faltan pocos días. Tenés que aguantar. Y, sobre todo, no tenés que hacer enojar a la profe, como hiciste ayer. Le dijiste que no querías hacer el examen de lenguaje. La profe se enojó muchísimo. Y al final hiciste el examen y sacaste 95”. Mi hijito explica: “Hice el examen de lenguaje y por eso se cansó mi corazón. Tocá, mi corazón está latiendo muy lentamente. Ya no puede más”. Comento: “Ay, hijo, no seas tan melodramático”. Sebastián pregunta: “¿Qué es eso, papá? ¿Significa que estoy con el corazón cansado?”. Contesto: “Una persona melodramática exagera siempre, o sea, dramatiza los acontecimientos y sus propias emociones”. Mi hijito dice: “Entonces, no soy una persona melodramática. Soy una persona con el corazón cansado. Quiero que el colegio se termine de una vez”. Repito: “Faltan pocos días”. Sebastián indaga: “¿Cuántos minutos faltan?”. Calculo en mi mente y al cabo de un montón de segundos digo: “Faltan tres días. Entonces, sesenta por veinticuatro por tres forma cuatro mil trescientos veinte minutos”. Sebastián suspira: “Ay, es mucho tiempo. Mi pobre corazón no va a aguantar. Mi corazón está demasiado cansado. ¿Sabés por qué, papá?”. Respondo: “Sí, ya lo explicaste. Tu corazón está cansado por el examen de lenguaje que hiciste ayer. Pero no te creo. Sos un niño saludable, con un corazón muy fuerte”. Mi hijito rebate: “Soy un niño con una enfermedad extraña. Me enfermé en el colegio, creo. El colegio no me hace bien, papá. Mi corazón está latiendo muy lentamente por el colegio. Hoy tengo que quedarme en la casa para que mi corazón esté un poco menos cansado”. Prometo: “Si aguantás estos últimos tres días, voy a comprarte una caja grande de Lego”. Sebastián indaga nuevamente: “¿Cuántos minutos son ahora? ¿Ya un poco menos?”. Digo: “Sí, bastante menos. Ahora faltan cuatro mil trescientos dieciocho minutos”. Sebastián reniega: “¡Uf! Mi pobre corazón cansado no lo va a aguantar”. Y luego sus ojos se agrandan y se aclaran. Dice: “Papá, tengo una idea. Hoy no vamos al colegio. Vamos a la juguetería. ¿Te acordás que el otro día vimos una juguetería grande, de dos pisos, cerca del zoológico? Es una juguetería llena de cajas de Lego. Vamos a comprar hoy la caja grande de Lego. El colegio no le hace bien a mi corazón, pero la juguetería sí. En serio”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Martes, 26 Noviembre 2019

Salgo de la casa cruceña de antaño de mis suegros para ir al taller de mi esposa Emmita. Cruzo la avenida La Barranca y en la plazuela me topo con mi amigo Juan Carlos Céspedes, dueño del “Toborochi”, el mejor restaurante del barrio El Trompillo. Me siento a su lado en el banco. Me dice: “Querido Allart, vos que sos periodista y conocés muchos países y realidades diferentes, ¿podés comparar lo que hemos vivido en las últimas semanas aquí en Bolivia con algo que has visto en otros lugares? Es decir, nuestra rebelión como vecinos, con pititas y bloqueos pacíficos, que hizo caer a un gobierno aparentemente fuerte, me parece una cosa bastante peculiar, tal vez única, ¿no es cierto?”. Digo: “En primer lugar, es verdad, soy periodista y he visto otros lugares, pero siempre como observador fugaz y superficial. O sea, no soy conocedor de ningún país, ni siquiera del país donde nací. Vivo fuera de Holanda desde el año 1992. Además, nunca he sido un buen reportero porque soy más teórico que práctico. Entonces, por lo general, hacer un parangón con algo que he leído o estudiado me resulta más fácil que hacerlo con algo que he observado en persona”. Juan Carlos me mira con ojos vidriosos y comenta: “Sinceramente, no sé si te entiendo. Dejame probarlo de nuevo, esta vez con una pregunta más concreta. ¿Vos creés que el sorpresivo cambio de gobierno ha sido un proceso democrático?”. Contesto: “Bueno, deshacerse de un gobierno con métodos violentos ha sido la regla en la historia de la humanidad. La democracia es un mecanismo pacífico inventado por los griegos que sólo recientemente ha logrado una amplia aceptación en el mundo. Entonces, si la democracia es un método pacífico para deshacerse de un gobierno, tendríamos que establecer primero el  grado de pacifismo que se ha manifestado durante la rebelión y el cambio de gobierno. A ver, a mí me parece… “. El dueño del restaurante “Toborochi” ahora cierra sus ojos vidriosos, niega con la cabeza y suspira: “Ay, querido Allart, aprecio tus esfuerzos intelectuales, pero no te entiendo en absoluto. Voy a hacer una última tentativa. Ahora que han anunciado la convocatoria para elecciones nuevas, ¿pensás que por fin vamos a presenciar una verdadera alternancia en el poder?”. Comienzo mi análisis: “Hay que ver qué significa ‘alternancia’ en el contexto actual. Vale decir, ¿va a haber un cambio real o un cambio lampedusiano?“. De pronto, Juan Carlos Céspedes se levanta y se va sin despedirse.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Lunes, 25 Noviembre 2019

Durante las tres semanas que duró el paro cívico, mi hijito Sebastián jugó muchísimas horas en su piscina hinchable. Hoy, quizá como una especie de rito de consolidación de los resultados del paro, decidí desinflar la piscina y guardarla en un rincón del patio trasero de mi casa. No sé por qué, pero tengo un presentimiento bien claro. Siento que me va a llamar mi mejor amigo, el cineasta Tony Peredo. Seguramente me preguntará: “¿Que hacés?”. Y yo le contestaré: “Hola, querido. Estoy guardando la piscina de Sebastián”. Tony me dirá: “Ah, claro. La mítica piscina del niño mágico, símbolo de la valerosa resistencia”. Luego el cineasta me contará su sueño de la noche anterior. Dirá: “A lo mejor fue justamente por la piscina de Sebastián que me visitaron raras imágenes de un enorme hinchamiento. En mi sueño de repente se me creció el pie derecho”. Yo, claramente, no voy a poder contener mi vanidad y diré que las raras imágenes de un pie que crece rápidamente sin razón aparente me recuerdan a un relato de Cortázar titulado “Las manos que crecen”. Mi mejor amigo, quien es mucho más culto y leído que yo, no comentará mi referencia literaria. Retomará el relato de su sueño, diciendo: “Inicialmente, no le doy mucha importancia a mi pie gigante ya que estoy sentado en mi escritorio, revisando un reciente rodaje. Pero cuando decido dar un paseo por el barrio El Trompillo para ordenar mis ideas acerca de mi próximo proyecto cinematográfico, entro en pánico. No puedo caminar normalmente. Me veo obligado a arrastrar mi pata gigante por toda la casa hasta llegar a la puerta de la calle. Allí me doy cuenta de que tengo un pinchazo”. Yo exultaré: “¡Menos mal! ¡Qué alivio! Quiere decir que se te está desinflando la pata, ¿no es cierto?”. Tony dirá: “Sí, en teoría debería sentir un gran alivio. Pero en realidad siento hasta más pánico. De alguna manera consigo un parche de goma y me lo pongo en el pie gigante”. Preguntaré: “¿Y entonces?”. El cineasta explicará: “Este es el final”. Bueno, mientras sigo guardando la piscina, efectivamente me llama Tony Peredo. Me dice: “Sé que estás pensando que te voy a preguntar ‘¿qué hacés?’. Pero no es así. Y sé que piensas que te voy a contar un sueño. Pero ya no es necesario. Ya sé todo lo que presentiste, porque lo que a vos te parecieron presentimientos en realidad fueron recuerdos”. Yo pregunto, no sin perplejidad: “¿Recuerdos de quién?”. Tony dice, no sin misterio: “Tuyos, míos… de todos”.

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Write on Viernes, 22 Noviembre 2019

Mi hijito Sebastián dice: “Papá, los abuelos y la tía Yudit por fin volvieron. ¿Por qué se han quedado tanto tiempo en Estados Unidos?”. Le explico: “Bueno, en primer lugar, tu abuela Josefina y tu abuelo, el papá Hugo, tuvieron que hacer toda una serie de controles médicos. Y la tía los  acompañó. Luego, cuando la situación aquí en Bolivia se puso medio fea por culpa de la política, decidieron quedarse un par de semanas más. Ahora volvieron porque todo volvió a la normalidad, es decir, más o menos”. Mi hijito dice: “Papá, quiero viajar también”. Le pregunto: “¿Adónde querés ir?”. Sebastián contesta: “A Holanda. Extraño al mar, a la piscina y a mis abuelos en Holanda también. ¿Podemos ir mañana?”. Digo: “No podemos viajar ahora, me temo. El año escolar no ha terminado todavía. Tenés exámenes por lo menos hasta el próximo viernes”. Mi hijito propone: “Entonces, vamos a viajar el próximo sábado. Es una buena idea, ¿no es cierto?”. Reconozco: “Tu idea no es tan mala. El problema es que no nos da el tiempo para organizar semejante viaje. Yo soy holandés, vos tenés la doble nacionalidad, pero tu mamá es sólo boliviana y necesita una visa para poder viajar a Holanda. Y conseguir la visa es una cosa complicada y larga. Entonces, lo veo muy difícil”. Sebastián insiste: “Pero extraño al mar de Holanda”. Comento: “Ay, Sebastián, ahora hace mucho frío en Holanda. El mar de invierno no es tan bonito. Además, vos sos súper friolento”. Mi hijito rebate: “Es verdad. Yo soy friolento, pero me voy a abrigar bien, con ropa holandesa. Hace dos años estuvimos también en Holanda en el mes de diciembre, ¿no te acordás? Corrí en la playa con chompa, gorra, botas y guantes holandeses. Y no sentí el frío”. Admito: “A mí también me gustaría viajar a Holanda, porque no vamos desde aquel invierno de dos años atrás. Tus abuelos de Holanda te extrañan mucho, y a tu mamá y a mí también. Tus abuelos ya son ancianos. Ellos quieren pasar unas semanas contigo”. Sebastián dice: “Extraño también a mi tía Martine y a mi tío Cliff. Ellos son holandeses, como vos y yo”. Lo corrijo: “Tu tío Cliff no es holandés. No tiene la doble nacionalidad. Él es sólo inglés”. Mi hijito agrega: “Y mi mamá es sólo boliviana. A mi mamá le gusta mucho viajar, ¿a mi tío Cliff también?”. Respondo: “No, tu tío Cliff detesta viajar. Es un hombre particular. Tiene miedo a volar”. Sebastián concluye: “Mi tío Cliff debería viajar conmigo. Yo le voy a enseñar a viajar sin miedo. Viajar es bellísimo”.

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Write on Jueves, 21 Noviembre 2019

Mi hijito Sebastián pregunta: “Papá, ¿qué vamos a hacer esta tarde? ¿Tenés un plan?”. Contesto: “Siempre tengo un plan. Podríamos ir a la plaza 24 de Septiembre, a darle de comer a las palomas. Y luego podríamos ir al museo de historia natural”. Sebastián suspira: “¡Uf! ¡Qué plan tan malo! Ya fuimos a la plaza y al museo ayer. ¿Sabés qué, papá? Quiero ir al taller de la mamá. Ella sí que tiene siempre buenos planes”. La verdad es que con el calor que está haciendo en estos días no tengo muchas ganas de moverme, pero no puedo defraudarlo a mi hijito. Así que caminamos hacia el taller de mi esposa Emmita. Ella misma nos abre y Sebastián le pregunta si puede quedarse a jugar. “Ay, mi amor, lo siento. Tengo que ir a la casa de mi amiga Berenice. Tengo que dejarle un racimo de plátanos verdes. ¿Te acordás de la tía Berenice? Su madre tiene una pensión”. Ahora Sebastián pregunta: “¿Podemos ir contigo?”. Su mamá dice: “Vamos los tres. Y después vamos a ir al zoológico”. Nuestro hijito me dice: “¿Viste que la mamá tiene planes muy buenos?” En el auto le pregunto a Emmita: “¿Desde cuándo vendés plátanos verdes?”. Mi esposa explica: “Hay escasez de plátano verde por los bloqueos que están haciendo los seguidores del ex Gobierno. Pero yo tengo bastante plátano que me sobró de la olla común de las últimas semanas. La madre de Berenice está desesperada. El plátano verde es un ingrediente clave de todos sus platos criollos”. Llegamos a la casa de Berenice, quien nos da las gracias: “Esto significa todo para mi mamá. Acaban de salvarla. Ella quería cocinar locro de gallina. ¿Se imaginan un locro sin plátano verde? ¿Cuánto te debo, Emmita?”. Mi esposa le dice: “¿Estás loca? Te lo regalo”. Y Berenice, a su vez, dice: “¿Estás loca? El plátano verde vale oro”. Nos despedimos, para luego ir al zoológico. Resulta ser que no hay nadie en el zoológico; hace demasiado calor. Todos los animales están jadeando por aliento. El único que no sufre el calor es Sebastián, quien no para de correr. Ahora nos está esperando frente al espacio de los chanchos troperos. Grita: “¡Descubrí algo muy importante!”. Emmita y yo miramos a los chanchos troperos. Están comiendo. “¿Qué descubriste?” pregunto. Sebastián dice: “Miren bien. Los chanchos troperos están comiendo plátanos verdes. Tienen un montón de comida”. Emmita dice: “El zoológico acaparó plátano verde, como hice yo”. Nuestro hijito se acerca a un custodio. Con aire conspiratorio, le dice: “El plátano verde vale oro”.

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Write on Miércoles, 20 Noviembre 2019

Mi amigo Teo, el viejo vendedor de periódicos, por fin volvió al mercadito El Trompillo, su lugar de trabajo. Lo saludo con un fuerte abrazo porque no lo he visto desde antes del paro cívico. Teo me dice: “Ay, querido Gringo, estos son tiempos muy difíciles”. Comento: “A cada generación le toca lidiar con tiempos difíciles, me temo. Lo importante es cómo reaccionamos ante las dificultades”. El viejo vendedor de periódicos confiesa: “El paro me arruinó. Yo vivo lejos. Durante casi un mes no pude venir aquí. No me dejaban pasar en los bloqueos. No querían entender que yo no podía dejar de trabajar. Todo se puso muy feo para mí, en serio, Gringo”. Le pregunto: “¿Y cómo sobrevivió?”. Teo contesta: “Menos mal que me ayudó mi hija. Me trajo comida todos los días. Es un tesoro, mi hija. Sé que usted tiene sólo un hijo, el Gringuito. Es mejor tener una hija. Una hija te ayuda en tiempos difíciles”. Digo: “Mi hijito Sebastián me da mucho apoyo y consuelo, le cuento”. Teo dice: “Noté que usted en estos tiempos muy difíciles sigue escribiendo sobre el Gringuito. Está bien. Por lo menos no escribe sobre Dios. La gente ahora habla demasiado de Dios. No está bien”. Explico: “Así son los políticos. Uno de ellos empieza así, invocando a Dios a cada rato. Y de repente se dan cuenta de que este truco funciona. Así que todos los demás lo van a imitar. El político es un imitador por excelencia. Así es en todo el mundo. Si por ejemplo un político un día decide invocar a una palmera supuestamente sagrada y resulta ser que este rito le da frutos, entonces todos sus colegas van a hacer lo mismo. Imagínese, Teo. Van a decir ‘si la palmera quiere’ o ‘que la palmera te bendiga’”. El viejo vendedor insiste: “La gente ahora habla demasiado de Dios. Yo soy católico, voy a misa, pero no lo digo a cada rato”. Digo: “Lo entiendo. Usted quiere decir que no es un exhibicionista religioso”. Teo repite: “Estos son tiempos muy difíciles, Gringo”. Trato de consolarlo, diciendo: “Pero el paro terminó y tenemos un Gobierno nuevo. Los políticos juran que van a organizar elecciones limpias. Todo mejorará. Hay que tener fe y paciencia”. El viejo vendedor de periódicos suspira: “Los pobres no vamos a estar mejor. Lo que yo veo, lamentablemente, es una especie de Restauración, el retorno del Antiguo Régimen. El Gobierno nuevo es el Congreso de Viena. Todo vuelve como antes, con las mismas caras viejas”. Pregunto: “¿Cómo es posible que usted hable del Congreso de Viena?” Teo dice: “No subestime a un pobre. No sea como ellos”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

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