Santa Cruz de la Sierra
Allart Hoekzema

Allart Hoekzema

Write on Jueves, 12 Marzo 2020

Mi hijito Sebastián anuncia: “Papá, tengo que seguir copiando. Es importante. Es ‘La Creación’. No me distraigas más, por favor”. Le recuerdo que él se detuvo por sí solo ya que tenía sed y quería hacer una pausa. Sebastián insiste: “No me hagas perder más tiempo”. Opto por no rebatir porque discutir con mi hijo es como hacerlo con mi esposa Emma, es decir, una empresa ardua destinada irremediablemente a una derrota mía. En el caso de Sebastián, al igual que con Emmita, la notable elocuencia está siendo acompañada por una aún más notable testarudez, lo que por cierto tiene su importancia en un mundo que quizás haya sido creado con buenas intenciones pero no con tan buenos resultados: en un ambiente hostil hay que saber luchar bien, no sólo físicamente sino también y sobre todo con la boca. Mientras yo me pierdo en estas divagaciones mentales, estando sentado en la mesa del eterno patio trasero, mi hijito reanuda la escritura. Tras unos diez minutos le pregunto: “¿Ya llegaste al décimo versículo del primer capítulo de Génesis?”. Sebastián exclama: “¡No soy un caracol! ¡Soy un guepardo!”. Digo: “Qué bueno, hijo. Entonces, ¿hasta dónde llegaste, guepardo?”. Mi hijito contesta: “Hasta el versículo dieciocho. Acabo de copiar ‘Y vio Dios que era bueno’. Me gusta esta frase. Suena bien”. Comento: “Sos un guepardo en serio. Escribiste trece versículos en apenas diez minutos. Pero, ¿lo escribiste con  buena letra, o sea, bien ordenada? ¿O es todo un caos?”. Sebastián, quien a menudo por ciertas razones psicológicas que desconozco se refiere a sí mismo en tercera persona, sonríe y dice: “Sebastián el guepardo lo copió bonito. Y vio que era bueno”. Le pregunto qué, específicamente, le gustó de lo que escribió. Mi hijito responde: “Primero, me gustó cuando Dios creó los mares. El agua me gusta más que la tierra, ¿lo sabías, papá? Por eso amo a Holanda y a Italia, pero no a los holandeses ni a los italianos”. Verifico: “Por tacaños, ¿verdad?”. Sebastián dice: “Y por sucios. Los holandeses y los italianos tienen tanta agua pero no se lavan bien. Dios los creó así”. Otra vez, verifico: “Eso lo dice la mamá, ¿no es cierto?”. Mi hijito inclina la cabeza. Busco una tercera confirmación, diciendo: “Y los bolivianos son súper limpios, me imagino”. Sebastián explica: “Sí, por supuesto. No tenemos mar pero nos encanta la ducha”. Observo: “Ah, claro, porque fue así que Dios los creó a los bolivianos. Ya lo entiendo. Y vio Dios que era bueno”. Mi hijito dice, serio: “Papá, prefiero que no me distraigas más. ¿Me lo podés prometer?”. Seguirá.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Miércoles, 11 Marzo 2020

Respiro hondo y digo: “Vamos a empezar a escribir. ¿Cuántos versículos son?”. Mi hijito Sebastián agarra el lapicero y dice: “Ay, papá, otra vez me siento cansado. No sé si voy a poder escribir todos los treinta y un versículos del primer capítulo de Génesis”. Digo, severo: “Vamos, hijo, no podemos permitirnos ningún tipo de cansancio. Estamos al inicio de ‘La Creación’. Imaginá cómo hubiera sido nuestro mundo si Dios lo hubiera creado sintiéndose cansado. Vamos. ¿Qué fue lo que Dios creó primero?”. Sebastián también respira hondo y comienza a copiar. Al cabo de cinco minutos se detiene y dice: “Voy a hacer una pausa. Tengo sed”. Pregunto, mientras le paso una botellita de agua fría: “¿Cuánto copiaste ya de ‘La Creación’?”. Mi hijito contesta: “Cinco versículos”. Digo: “¿Y qué tal?”. Sebastián dice: “Me gusta. Dios está creando orden y luz. A vos te gusta el desorden, ¿no es cierto, papá?”. Hesito: “Bueno, no es que me guste mucho el desorden. Pero pienso que necesitamos de una cierta cantidad de caos en nuestras vidas, porque demasiado orden mata la creatividad”. Mi hijito sentencia: “El orden es importante. Cuando hay demasiado desorden en mi habitación, yo me pongo triste y mis peluches y juguetes también. Igual cuando todo está oscuro. Vos siempre apagás la luz en mi habitación”. Explico: “Lo hago para ahorrar electricidad y también para evitar que tu habitación se convierta en un horno”. Mi hijito comenta: “Nunca quisiste poner aire acondicionado en mi habitación. En mi curso lo tenemos sí, pero está roto. Voy a pedirle a la mamá que me ponga aire en la habitación y también que lo arregle en mi curso. No lo voy a pedir a vos, papá, porque mi mamá dice que vos sos un poco tacaño”. Digo: “¿Qué? Esperá. ¿Cómo es eso? ¿Cómo te lo dijo la mamá lo de mi supuesta tacañería?”. Sebastián explica: “La mamá dice que los holandeses son tacaños. Dios los creó así”. Pregunto, no sin indignación: “Entonces, ¿por esta ordinaria generalización de la mamá acerca de los holandeses, yo también sería tacaño?”. Mi hijito dice: “Vos sos un poco tacaño, porque ya no vivís en Holanda. Ahora vivís en Bolivia y según la mamá te estás curando lentamente”. Protesto: “Pero a vos te encanta Holanda”. Sebastián dice: “Sí, pero los holandeses son tacaños”. Indago: “¿Y los italianos?”. Mi hijito responde: “Igual”. Verifico: “Pero te encanta Italia también”. Mi hijito inclina la cabeza. Suspiro: “Guau. A los holandeses e italianos Dios los creó tacaños. Y a los bolivianos, generosos. Qué creación tan extraña”. Seguirá.

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Write on Martes, 10 Marzo 2020

Pregunto a mi hijito Sebastián: “¿Tenés tarea para mañana?”. Él dice que no. Indago, no sin sospechas: “¿Estás seguro? En tu caso, hijo, tarea significa no sólo lo que te pide en la pizarra la profesora sino también lo que no escribís en el curso. ¿Escribiste todo hoy?”. Sebastián contesta: “Sí, hice todas las materias menos religión. Estaba muy cansado en la última hora y hacía mucho calor. El aire acondicionado de mi curso no sirve”. Imagino lo que debe ser aguantar clases de religión en un bochorno sofocante; yo de niño ni las aguanté en el frío de Holanda. Pero no le quiero transmitir mi escepticismo metafísico a mi hijito inocente. Le digo: “De acuerdo. Te voy a ayudar con la tarea de religión. ¿Qué tenés que hacer? Es decir, ¿qué fue lo que no hiciste hoy en el curso?”. Mi hijito dice: “Tengo que copiar algo de la biblia. No es mucho”. De nuevo, indago no sin sospechas: “¿Estás seguro? Entonces, si no es mucho, ¿por qué no pudiste escribirlo en el aula?”. Sebastián explica: “Ya te dije que mi colegio es muy cansador. Y no entiendo por qué no arreglan el aire. Se lo voy a decir a mi mamá. Ella es muy buena para arreglar cosas, vos no, papá”. Pregunto, no sin irritación: “¿Querés que te ayude con tu tarea de religión sí o no?”. Mi hijito casi suplica: “Ay, sí, por favor. No me gusta hacer tarea de religión solito”. Digo: “Bueno, traé tu biblia y tu cuaderno”. Sebastián hace lo que le pedí. Nos sentamos en la mesa del patio trasero y abrimos la biblia. A propósito, yo me decidí a leer la biblia por completo asaz tarde, cuando tenía unos 23 años. En Holanda, siempre había podido esquivarlo. Pero durante un posgrado de filosofía y ética  en la universidad de Siena, Italia, me di cuenta de que ya no podía seguir fingiendo saber cosas que en realidad ignoraba totalmente. Y, honestamente, no me desagradó esa tardía incursión en el antiguo y nuevo testamento. Leer la biblia en italiano lo calificaría sobre todo como una experiencia estética, todo lo que leerla en holandés nunca fue para mí. “Papá, estás distraído. ¿En qué estás pensando?”, pregunta mi hijito. Confieso: “En Italia y en Holanda”. Sebastián medita: “Me gustaría viajar a Europa, ¿sabés papá? No quiero estar aquí haciendo tarea de religión en el patio de nuestra casa en Santa Cruz. Quiero estar en Italia o en Holanda”. Le digo a mi hijito como para consolarlo: “Leer es como viajar”. Sebastián rebate: “Pero copiar no es como viajar”. Digo: “Vamos, hijo. ¿Qué tenés que copiar?”. Él dice: “Todo el primer capítulo de Génesis”. Seguirá.

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Write on Lunes, 09 Marzo 2020

La luna casi llena nos guía hacia el sur. En la plazuela El Mechero del Plan Tres Mil, mi esposa Emmita va a recibir la tan aspirada como merecida Estatuilla Dorada de la Asociación Cultural Amistad. En el auto, nuestro hijito Sebastián dice: “Ay, mamá, yo quería quedarme en la casa. Estoy muy cansado por el ballet de mi colegio. Bailé el Tinku durante dos días. ¿Por qué tenemos que salir esta noche?”. Nos acompañan Mariana, una compañerita de Sebastián, y su mamá Shirley, una amiga de Emmita, quien ahora le explica a nuestro hijito: “Ay, mi amor, deberías estar orgulloso. Tu mamá va a recibir un premio importante por su trayectoria como restauradora y artista”. Sebastián quiere saber en qué consiste el premio. “Ojalá una polera. A mí me encantan las poleras. El ballet del colegio Kolping tiene la polera más linda del mundo, de color negro y con las palabras ‘Ballet Kolping’ escritas en letras blancas”, agrega. Mariana dice: “Le van a dar una estatuilla a tu mami, como los premios Oscar. Tu mami es una actriz”. Llegamos al Mechero a las ocho en punto. En medio de un desierto de sillas vacías, los organizadores de la Asociación Cultural Amistad nos explican que el acto comienza recién a las nueve y media. Menos mal que Mariana y Sebastián saben  cómo llenar el hueco causado por un periodista nórdico (peor que un suizo) que siempre y por doquier llega demasiado temprano. “¡Vamos a los juegos!”, exclama Mariana. “¡Este parque es como Orlando! ¡Sííí!”, exulta Sebastián. Lamentablemente, nuestro hijito quiere sí o sí probar la Vuelta al Mundo, una gran rueda oxidada y medio desarticulada. Me toca acompañarlo y la experiencia resulta ser tan espantosa como yo temía. La pobre rueda cruje, gime y gira a topetazos. Y el viento aumenta el suspenso. Pero sobrevivimos y en el acto de las Estatuillas Doradas nuestro hijito se duerme contento en mi regazo. Mariana no se rinde tan fácilmente. Y cuando el ‘Ballet Cupesí’ comienza a bailar me dice: “Sebastián también sabe bailar bien”. Le explico: “Sebastián es tan talentoso como su mamá”. Cuando anuncian el nombre de mi esposa, despierto a nuestro hijito, quien comenta: “Me gusta la polera del presentador”. Le digo: “El presentador es el famoso profesor José Luis Ayala, el organizador del acto”. Sebastián dice: “La polera es casi tan bella como la del ‘Ballet Kolping’. Ojalá le den una igualita a mi mamá”. Mariana vuelve a explicar: “Ay, Sebastián, tu mami ganó un Oscar. A las actrices no les dan poleras sino estatuillas”.

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Write on Viernes, 06 Marzo 2020

Estamos sentados, algo apagados después de una jornada exigente, en el patio trasero de mi casa. Mi mejor amigo, el cineasta Tony Peredo, me pregunta: “¿Cómo estás viviendo la nueva contienda electoral?”. Confieso: “Lo que percibo es que no hay nada nuevo en esta nueva contienda. Pero tal vez esté equivocado, porque la verdad es que estoy siguiendo la campaña electoral de manera asaz distraída. Y esta actitud, por cierto, no es involuntaria”. El cineasta reconoce: “Hay mucha decepción entre la gente, entiendo tu percepción. Lo que yo percibo en un plan más abstracto son dos verdades inconciliables que están chocando continuamente. O mejor dicho, hay dos narrativas opuestas acerca del supuesto fraude y acerca del nivel de espontaneidad de las manifestaciones populares del año pasado. Ambas narrativas tienen elementos convincentes y seductores”. No sé si me gusta esta aproximación analítica introducida por mi mejor amigo. Probablemente no, ya que estoy sintiendo alivio por el hecho de que mi hijito Sebastián interrumpe nuestra conversación diciendo: “Papá, acabo de jugar con mis peluches. Ahora los dejé solos y sé qué va a pasar con ellos”. Quiero saber qué va a pasar con los peluches de mi hijo y él responde: “Cuando nosotros no estamos, ellos cobran vida. Ahora van a jugar y festejar. Y cuando yo vuelva a mi habitación, otra vez van a estar callados e inmóviles. Otra vez van a estar como muertos”. El cineasta sonríe y, evidentemente, no puede deshacerse de su vocabulario intelectualoide porque ahora dice: “Ah, qué simpático. La filosofía existencial de tu hijo está  basada en unos dibujos paradójicos y arquetípicos a la vez”. Digo, no sin impaciencia: “Claramente, la idea de Sebastián viene de ‘Toy Story’ de Disney”. Mi hijito nos mira con suma seriedad y confirma: “Lo que pasa con los juguetes de ‘Toy Story’ también les pasa a mis peluches”. Tony Peredo dice: “Me recuerda al empirismo de Berkeley. Es decir, lo real es solamente lo que yo percibo. Todo lo que no percibo, no existe. Pronto, en el momento que nosotros nos vayamos, este patio trasero desaparecerá. Pero el empirismo de Sebastián es al revés. Cuando no miramos, o sea, cuando dejamos de percibir, los peluches comienzan a existir. ¡Qué maravilla!”. Ahora el cineasta le pregunta a Sebastián: “¿Y cuando tus peluches cobran vida, acaso hay alguien que los ve?”. Mi hijito responde: “Sí, los ven los angelitos”. No digo nada. Mi hijito me dice: “Papá, ahora podés volver a hablar de política con el tío Tony”.

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Write on Jueves, 05 Marzo 2020

Acabamos de almorzar y hace un calor tremendo. Siento mucha flojera. Inesperadamente, mi hijito Sebastián me dice: “Papá, tenés que cambiar”. Le pregunto: “¿Cambiar? ¿Yo? ¿En qué sentido?”. Mi hijito explica: “Tenés que ponerte las pilas. Yo lo hice también. ¿Te acordás que vos me decías siempre que tenía que trabajar más en mi curso?”. Contesto: “Por supuesto. Porque si trabajás más en tu curso tu tarea va a disminuir. Es lógico. Vos escribís poco en el colegio. Por eso tenemos que lidiar siempre con muchísimo trabajo en la casa. No sólo tenés que hacer la tarea sino también todo lo que no hiciste en el curso. Es un esfuerzo doble, todos los días”. Sebastián dice: “Lo sé. Por eso cambié. La profesora me dijo que me pusiera las pilas. Y lo hice. Cambié y ahora vos tenés que cambiar también. Mi profesora dijo que me faltaba la motivación. Pero ya la encontré. Ahora vos también tenés que encontrar tu motivación, papá”. Comento: “Ay, hijo, te asemejás a esos gringos exaltados e impostores que cobran grandes sumas de dinero por impartir unas banales clases motivacionales. Yo no creo en esos gurús de la autoayuda”. Mi hijito ignora mi comentario. Repite: “Tenés que cambiar, papá. Es hora de empezar a ganar mucha plata. Porque si  tenemos mucha plata, vamos a poder comprar muchas cajas de Lego. ¿Sabés qué es eso?”. Digo: “Sí, eso es un razonamiento superficial. Realmente, es demasiado banal”. Sebastián pregunta: “¿Qué hacés en la mañana, papá, cuando yo estoy en el colegio?”. Respondo: “Hijo, lo sabés perfectamente. En la mañana escribo mi artículo para ‘La Estrella del Oriente’”. Mi hijito opina: “Tenés que trabajar mucho más. Porque si trabajás más en tu periódico tu sueldo va a aumentar. ¿Viste que la profesora tiene razón? Tenés que ponerte las pilas. Eso se llama motivación”. Explico: “Hijo, hice un pacto con tu madre. Ella trabaja a tiempo completo, mientras que yo en las tardes me dedico a vos”. Sebastián observa: “Mi mamá trabaja mucho. Y por eso gana mucho. Vos trabajás poco. Y por eso ganás poco. ¿Sabés cuál es la diferencia entre la mamá y vos?”. Protesto: “No me compares con la mamá. No es justo”. Otra vez, mi hijito ignora mi comentario. Repite: “Tenés que cambiar, papá. Tenés que hacer como la mamá. Ella se puso las pilas. Encontró su motivación”. Suspiro: “Ay, hijo, tu mamá nació con un carácter fuerte. Ella tiene una motivación innata. Yo soy diferente”. Sebastián concluye: “Yo nací un poco flojo. Pero cambié. No es difícil. En serio, ponete las pilas”.

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Write on Miércoles, 04 Marzo 2020

Otra vez me topo tempranito en la mañana con mi mejor amigo, el cineasta Tony Peredo, en el mercadito El Trompillo, frente al negocio de Teo, el viejo vendedor de periódicos, quien por cierto sigue enojado conmigo por lo que le dije ayer acerca de sus teorías sobre el estado del respeto en el mundo actual. Prácticamente, lo tildé al pobre Teo de viejo venenoso, lo cual él consideró una auténtica falta de respeto. Bueno, la verdad es que su enojo no me importa nada ya que soy del parecer de que una persona sí merece mi respeto pero sus opiniones no necesariamente. Si alguien me dice tonterías yo se lo hago notar sin rodeos. A propósito, todos los días estamos siendo bombardeados por tonterías colosales, entre las cuales hay de todo, por ejemplo un montón de ideologías políticas y dogmas religiosos pero también muchas meditaciones ajenas, justamente como la del viejo vendedor de periódicos acerca de una supuesta disminución de expresiones de respeto en nuestra época. Mientras sigo pensando, no sin complacencia, en mi contribución a la discusión que los tres tuvimos ayer, Teo me mira con rencor y Tony Peredo con curiosidad. El cineasta me pregunta: “¿Cómo le fue a tu hijito Sebastián ayer en el colegio con su presentación sobre el respeto?”. Digo con falsa modestia: “Le fue muy bien, no tanto por el texto que le había sugerido yo sino por las ilustraciones que le había hecho mi esposa Emmita”. Tony dice: “Ah, con razón. Emmita lo salvó al niño mágico. Sé que tus palabras no le gustaron a Teo y él te explicó su perplejidad muy elocuentemente. Pero, honestamente, a mí tampoco me agradó tu concepto del respeto. El respeto a menudo exige coraje. Muchas veces el respeto se expresa en alguna forma de defensa. Es un concepto militante. Para mí, lo ilustra bien Voltaire en su famoso reflexión: ‘No comparto tus ideas, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a expresarlas’”. El viejo vendedor Teo interviene, diciendo: “Bien dicho, maestro Tony”. Yo le digo al cineasta: “Primero, esta cita no es de Voltaire sino de una biógrafa suya. Segundo, esta reflexión habla más bien de la tolerancia. No puedo creer que un intelectual de tu nivel, mi querido Tony, no sepa la diferencia entre el respeto y la tolerancia”. Tony se atreve a corregirme: “Esta cita habla de tres cosas: la tolerancia, el respeto y, sobre todo, la libertad de expresión, que es la base de la sociedad abierta”. Yo digo: “Sos un pensador mediocre. ¡Horrible!”. Él dice: “Cuidado, Allart, no me faltes el respeto”.

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Write on Martes, 03 Marzo 2020

“¿Qué hacés?”, me pregunta mi mejor amigo, el cineasta Tony Peredo, en el inicio del primer pasillo del mercadito El Trompillo, justo allí donde tiene su negocio Teo, el viejo vendedor de periódicos. “Acabo de dejar a mi hijito Sebastián en su colegio Adolfo Kolping. Y ahora estoy por comprar el periódico para controlar cómo salió mi columna. Vos sabés que soy muy rutinario”, le digo. Tony ahora pregunta: “¿Y cómo está el niño mágico?”. Contesto: “Entró al colegio de buen humor. Pero, en realidad, Sebastián nunca está malhumorado. Es muy constante, como su mamá”. Compro ‘La Estrella del Oriente’ y Teo me pregunta: “¿Sobre qué va a escribir hoy, don Allart? Imagino sobre su hijito, ¿verdad?”. El cineasta se ríe y me dice: “Todo el mundo sabe que sos muy rutinario”. Reconozco: “Sí, hoy voy a escribir acerca de algo que Sebastián tiene que hacer en el colegio. Tiene una presentación. Su mamá le hizo un hermoso cartel ilustrativo”. El viejo vendedor de periódicos indaga: “¿Una presentación sobre qué?”. Explico: “El tema es el respeto”. Teo suspira: “Ay, cada vez hay menos respeto en el mundo”. Tony opina: “El respeto es un tema complicado para un alumno de segundo de primaria. Ni yo sabría cómo exponer la problemática del respeto”. Digo, no sin vanidad: “Yo le sugerí a mi hijo unos conceptos bien precisos que le gustaron mucho. Le expliqué que el respeto es un acto de consideración y de gratitud. Y le dije que él tiene que respetar a su profesora y a sus compañeros. Luego le recordé que cada ser humano tiene que respetarse a sí mismo ya que todos los seres humanos merecemos ser respetados. Y al final le comenté que nuestro respeto hace que el mundo sea mejor”. Para mi sorpresa, Teo dice: “Yo, sinceramente, noto ninguna precisión conceptual en esas palabras. Lo que usted, querido don Allart, acaba de exponer no es nada más que una serie de ejemplos arbitrarios. Además, no es suficiente decirles a los niños que tienen que respetarse a sí mismos y a las demás personas. El problema es que no nos dan bola. Repito: hay cada vez menos respeto en nuestro mundo. El respeto es una actitud en peligro de extinción”. Yo suspiro: “Ay, Teo, menos mal que usted no le ha sugerido a Sebastián cómo armar la presentación. Su idea sobre el estado del respeto en nuestro mundo actual es pura amargura. Veneno de viejos, diría. ¡Horrible!”. El viejo vendedor de periódicos del mercadito El Trompillo me dice: “Cuidado, don Allart, no me falte el respeto”. Seguirá.

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