Santa Cruz de la Sierra
Allart Hoekzema

Allart Hoekzema

Write on Jueves, 13 Febrero 2020

Llega Ronald en su taxi. Le digo: “Reconozco esa cara. Está molesto. Tiene la cara de uno que acaba de ser estafado”. El taxista pregunta: “¿Cómo lo sabe?”. Comento: “Tengo razón, ¿no es cierto? Yo he sido estafado aquí miles de veces. Lo que pasa es que soy muy, ¿cómo decirlo?,… Digamos ‘crédulo’”. Ronald, quien conmigo ya pasó de la timidez a la confianza, me corrige: “Digamos que usted es muy huevón”. Reconozco: “Así es”. El taxista dice: “Yo soy más huevón que usted, don Allart. Tiene razón, alguien me tumbó, por enésima vez”. Indago: “¿Mucha plata?”. Ronald suspira: “Para mí, sí. Presté 400 bolivianos a un tipo. Nunca me los devolvió. Acabo de descubrir que cambió de teléfono”. Sigo indagando: “¿Un tipo del barrio?”. Ronald exclama: “¡Ni siquiera! Presté 400 bolivianos a un desconocido, prácticamente. Lo había visto sólo un par de veces. Encima, mis colegas ya me habían hablado de lo informal que era”. Digo: “Bueno, ojalá le sirva de lección”. El taxista observa: “¿Cómo vamos a aprender los huevonazos? El otro día me estafaron en la calle con un taladro. Bonito se veía, una marca alemana, con repuestos nuevitos y todo. Quería colocar unos estantes en mi dormitorio, así que me lo compré. Inclusive, tenía un papel en la caja que decía ‘3 años de garantía’. Bueno, el taladro alemán no hizo ni tres huecos en mi pared y ya no servía. ¡Kaput!”. Me río, no lo puedo evitar. Digo: “Ay, Ronald, lo siento. Pero no hay que ser astrofísico para saber que es mucho mejor comprar un taladro alemán en una tienda especializada que en la calle”. El taxista admite: “Lo sé o, por lo menos, creo saberlo ahora, a fin de cuentas. Pero la peor estafa que me hicieron en la vida fue con un anticrético. Hace unos años atrás agarré una habitación en anticrético con 3.000 dólares que me había prestado mi mamá. Todo estaba bien al inicio. La habitación era decente, en una casa cómoda y, además, en un barrio seguro. Pero luego, al entrar en confianza con los vecinos, mucha gente empezó a hablarme mal de la señora esa. Y al final resultó ser que la dueña nunca había tenido la intención de devolverme los 3.000 dólares”. Pregunto: “¿Y cómo reaccionó su pobre mamá cuando supo de la estafa?”. El taxista suspira: “Mi mamá sigue tratándome por ese asunto”. Ahora pregunto: “¿No contrataste a un abogado?”. Ronald dice: “No, pero alguien ahí arriba hizo justicia. En poco tiempo, la señora esa perdió su casa y terminó en la calle”. Me río, de nuevo. Confieso: “Sigo pensando en el taladro alemán”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Miércoles, 12 Febrero 2020

Acaba de llover y el cielo ya anuncia nuevas lluvias. Estamos mirando a dos loros habladores en su jaula en el zoológico municipal. A su vez, ellos nos miran a nosotros. “Están tristes. No les gusta el clima de Santa Cruz”, comenta mi hijito Sebastián. “¿Cómo lo sabés? No los escuché hablar”, digo. Sebastián explica: “Me lo dijeron muy despacio”. Ahora mi hijito les susurra algo ininteligible a los dos loros. Lo miro y él me dice: “Les expliqué que no tienen que quejarse, porque su jaula tiene techo. No se van a mojar. Además, les conté que el clima en Holanda es aún peor que el clima de Santa Cruz. Tengo razón, ¿no es cierto, papá?”. Coincido: “Ay, sí, el clima de Holanda es horrible, sobre todo en este período del año. Allí un loro hablador no aguantaría ni un día”. De nuevo, Sebastián les susurra algo ininteligible a los dos loros. “¿Qué les dijiste ahora?”, pregunto. “Les dije que los quiero mucho y que ahora vamos a visitar a su mejor amiga, la pava campanilla”. Delante de la jaula de la pava campanilla, mi hijito canta una canción sobre la lluvia que aprendió en su curso del colegio Adolfo Kolping. “A la pava campanilla le gusta mucho la música. Ella es como yo”, me dice. De repente, la pava emite un grito. “¿Qué te está diciendo?”, quiero saber. Sebastián contesta: “Le encantó la canción. Dijo ‘¡guau!’”. Entramos al gran aviario del zoológico, donde reina un silencio surreal. En el suelo, bajo un arbusto, vemos una tortuga y una iguana. Mi hijito las saluda: “Hola, amigas, quédense allí bajo las hojas. Va a llover en cualquier momento”. La iguana saca la lengua. Sebastián se ríe y explica: “La iguana está renegando. A ella tampoco le gusta el clima de Santa Cruz. Me está diciendo que quisiera que el aviario tuviera un buen techo, algo de chapa ondulada por ejemplo”. Verifico: “¿En serio te está diciendo esto, con todos los detalles técnicos?”. Mi hijito inclina la cabeza. Mientras tanto, me doy cuenta de que no se ven aves en este aviario. Como si pudiera leer mis pensamientos, Sebastián me dice: “Todas las aves están en un refugio. Saben que va a llover durante muchos días y ninguna de ellas quiere mojarse. Las aves del gran aviario del zoológico son muy sensibles”. Pregunto: “¿Cuál es el refugio de las aves?”. Sebastián susurra. Esta vez no es ininteligible. Capto el mensaje: “El refugio de las aves es un lugar secreto. Pero vos y yo lo conocemos”. Comento: “Ay, menos mal que las aves se encuentran allí. Eso significa que están a salvo”. Mi hijito promete: “Las vamos a visitar en la noche, papá”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Lunes, 10 Febrero 2020

Justo cuando unjo mi pierna izquierda con la enésima pomada mágica esperando que al fin se vayan los dolores terribles de mis articulaciones, me llama por teléfono mi mejor amigo, el tan experimentado como leído cineasta Tony Peredo. Me dice: “Así que tu sobrina Irene tuvo su bebé en Estados Unidos, ¿no es cierto? ¡Felicidades!”. Mientras escucho, siento como mis dedos pastosos ensucian mi celular nuevo. Le digo a mi amigo: “No sé, sinceramente, si tenemos que estar contentos por la llegada de una nueva criatura a nuestro mundo tan cínico y malvado. Los seres humanos somos un desastre. ¿Qué futuro va a tener el pobre bebé?”. El cineasta exclama: “¡Ay, por favor! Ese es el lugar común más deprimente y más despreciable que existe. El dengue te ha hecho más daño de lo que pensé. Te fundió la mente”. Puntualizo: “Estoy hablando en serio. Los niños de hoy se enfrentan a una vida sumamente complicada. Les estamos dejando un mundo destrozado, prácticamente invivible. Los hombres somos un asco. Teniendo la facultad de elegir entre el bien y el mal, optamos colectivamente por el mal”. Tony comenta: “Basta ya. ¿Podés decir algo inteligente, o sea, algo que no sea un cliché? Es fácil menospreciar a la humanidad. Pero es una actitud no sólo destructiva e inútil, sino también sumamente peligrosa. Es decir, semejante opinión sobre la verdadera índole de la humanidad puede abril la puerta al genocidio más atroz. Ay, Allart, cuidado. ¿ Querés que te asocien con esos profetas tan superficiales como nefastos según los cuales el hombre es lo peor que hay en el universo?”. Vacilo un poco, molesto sobre todo por el penetrante olor de la pomada mágica. Digo: “Bueno, no sé si somos lo peor del universo. Pero en la Tierra somos sin alguna duda los campeones del mal”. El cineasta suspira y pregunta: “¿Y quién sería nuestra competencia aquí? Los animales no son capaces de producir el mal. Hacen lo que les dicta su naturaleza. No tienen consciencia. No tienen criterio ético, es decir, no saben distinguir el bien del mal. Nosotros  tenemos criterio ético porque somos conscientes, o sea, nos damos cuenta de nuestra vulnerabilidad. Sabemos que hay cosas que nos hacen daño y sabemos cómo hacerle daño al prójimo”. Rebato: “Tenés un concepto ético cristiano. El mal sería sufrimiento, daño e infierno, mientras el bien sería paz y paraíso. Los budistas no lo ven así, ¿sabés? Según enseña el budismo, el mal es ignorancia y el bien sabiduría”. Tony concluye: “Bien, digamos que no es muy sabio decir que los seres humanos somos un desastre”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Domingo, 09 Febrero 2020

Mi sobrino Sergito entra a nuestra habitación, en la casa de la tía Angélica. Anuncia: “Esta noche voy a viajar con mi mamá y con mi hermana Nicole a Estados Unidos. Voy a quedarme allí hasta el próximo miércoles”. Mi hijito Sebastián dice: “Quiero viajar con ustedes. Voy a hacer mi maleta”. Sergito le dice: “Vos no vas a viajar. Mi mamá dice que mi tío Allart tiene que quedarse aquí en la casa. No se curó todavía. Y vos tenés que cuidarlo”. Sebastián insiste: “Yo puedo viajar con ustedes porque mi papá ya no tiene dengue. Mi papá ya no me necesita aquí”. Le explico a mi hijito: “Tu primo va a viajar porque nació un bebé. Es un asunto de su familia. Tu primo ahora es tío. Nació el hijo de Irene, tu prima y la hermana de Sergito”. Mi sobrino dice: “Sí, Sebastián, soy tío y voy a viajar a Orlando. Irene tuvo su bebé allí”. Sebastián razona en voz alta: “Yo formo parte de tu familia también, Sergito. Si vos sos el tío del bebé, yo entonces soy su tío también”. Sergito dice: “Nada que ver. Vos no sos su tío”. Yo digo: “Lo que vos sos para el bebé ahora, Sebastián, es tío segundo. Creo que se llama así en español”. Mi hijito protesta: “No quiero ser tío segundo. Quiero ser primero, no me gusta llegar segundo”. Hay pocos niños que son tan competitivos como Sergito y Sebastián. Para evitar que los dos primos se peleen, busco cambiar el rumbo de la conversación. Digo: “El bebé se llama Andros. ¿Les gusta ese nombre?”. Mi hijito dice: “El mejor nombre del mundo es Sebastián”. Mi sobrino dice: “No, el mejor nombre del mundo es Sergio”. Sebastián rebate: “No, Sergio es el peor nombre del mundo”. Intervengo: “¡Pórtense como niños grandes, no como bebés!”. Mi sobrino pregunta: “¿No le gustan los bebés, tío?”. Contesto: “¡Todo lo contrario! Los bebés me encantan”. Ahora mi sobrino pregunta: “Entonces, ¿por qué dice que no tenemos que portarnos como bebés?”. La conversación con los dos primitos comienza a cansarme, pero ellos no muestran señales de cansancio. Sebastián dice: “Antes no me gustaban los bebés, pero ahora sí. Es que ahora soy un niño grande, antes no”. Sergito dice: “Yo también soy un niño grande y a mí también me gustan los bebés. Voy a ser un súper tío para el bebé Andros”. Sebastián exclama: ¡Yo igual! ¡Voy a ser su súper súper súper tío!”. Mi sobrino me pregunta: “Tío, usted no es mi tío segundo sino el verdadero, ¿verdad? ¿Y qué es para el bebé Andros?”. Suspiro: “Su tío-abuelastro, me temo”. Mi hijito indaga: “¿Su súper súper súper tío-abuelastro?”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Domingo, 09 Febrero 2020

Mi mejor amigo, el aclamado pero humilde cineasta Tony Peredo, se mueve como un pez en el agua cuando tiene que afrontar cualquier problema místico, metafísico o paranormal. Ya he explicado varias veces que este talento, que yo por cierto no poseo, tiene que ver con la herencia genética. Por las venas de Tony corre una buena dosis de sangre gitana. Mi amigazo, al igual que su abuelo y su madre, ve cosas que otros no ven. Decido llamarlo por teléfono. Le digo: “Hay una cosa muy rara que me está pasando últimamente. Varias personas, por razones aparentemente casuales, han utilizado la misma cita en conversaciones conmigo. El último que lo hizo fue el urubicheño Dámaso Vaca quien esta mañana, al intercambiar opiniones políticas con vistas a las próximas elecciones generales en el país, me dijo: ‘¿Por qué los hombres tienen que gobernar imperios cuando pueden escribir poemas?’. Es como si la frase por sí sola se estuviera imponiendo como un nuevo hilo”. El cineasta dice: “Bueno, vamos a analizar el problema. Primero, esta cita se suele atribuir a Manly P. Hall, en su autodefinición un ‘conocido conocedor de lo desconocido’, quien vivió en el siglo veinte. Conozco muy bien la obra de Hall y nunca en ninguno de sus textos me he topado con la famosa frase. A mi parecer, se trata de una cita apócrifa. Segundo, la primera constatación no nos impide admirar la cita. Probablemente, la historia de la humanidad hubiera sido menos trágica si la inclinación de los hombres fuera más poética que política. Tercero, la segunda constatación, no obstante, no quiere decir necesariamente que el mensaje que transmite la cita sea irrefutable. Basta recordar, por ejemplo, que ha habido varios personajes históricos que han sido grandes líderes y notables escritores o poetas a la vez. Los primeros dos que me saltan a la mente son Marco Aurelio y Churchill”. Confieso: “Me gusta escribir poemas, pero no me atrevo a considerarme un poeta. La poesía como la vivo yo es un fenómeno muy irregular. No parece una vocación ni una cosa seria sino más bien un capricho”. Tony comenta: “Los poetas forman una categoría de la humanidad que escapa a nuestro control. El verdadero poeta no quiere ni siquiera ser parte de esta misteriosa categoría”. Coincido: “El verdadero poeta es un lobo solitario”. El cineasta corrige la metáfora: “El verdadero poeta es un lobo solitario que aúlla en el desierto sin saber que de alguna manera inescrutable sus aullidos llegan a consolar a la humanidad entera”. Digo: “Ay, Tony, ¿me prestás un poco de sangre gitana?”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Miércoles, 05 Febrero 2020

Estamos en el taxi de Ronald y mi hijito Sebastián le dice: “Vamos por favor al museo de historia natural”. Ronald hesita. Mi sobrino Sergito le pregunta: “¿No sabe dónde queda?”. El taxista dice: “Sinceramente, no. No creo, en más de diez años de taxista, que alguien alguna vez me haya pedido que lo lleve a ese museo”. Yo digo no sin comprensión: “Es un lugar muy modesto, pero bonito”. Sebastián dice con impaciencia: “Uf, papá, decile de una vez dónde queda el museo de historia natural”. Sergito se entromete y, para mi sorpresa, explica perfectamente la dirección. Lo que le dice a Ronald es: “Vaya a la Irala, pasando la Gobernación y entrando por el lado de la ex Terminal. El museo forma parte de la universidad y se encuentra entre la Ejército Nacional y la Velarde”. Luego mi sobrino mira a mi hijito y le dice: “Así es, ¿verdad?”. El  taxista les dice: “Cuando sean grandes van a ser taxistas, ¿verdad?”. Sebastián contesta: “No me gustan los autos. A mí me gustan los animales. Por eso, de grande voy a ser director del museo de historia natural y también del zoológico “. Sergito explica: “Yo voy a ser arquitecto, como mi mamá y mi papá”. El taxista Ronald me dice ahora: “Tengo un hijo de cuatro años. Estoy peleando con su madre por la custodia. Siempre ha sido un niño alegre y valiente. Pero últimamente está calladito. No quiere hablar conmigo. Habla todo el tiempo con su oso de peluche. Es increíble, don Allart, antes nunca jugaba con peluches. En cambio, ahora no puede dormir si no está su osito con él”. Digo: “Ay, lo siento mucho. ¿Se está divorciando de la madre de su hijo?”. Ronald responde: “La verdad es que nunca quise casarme con ella. El día que yo me case, va a ser con una mujer cariñosa, tranquila y responsable”. Comento: “En general, las mujeres son más responsables. Claramente, eso es por necesidad biológica. Para los hombres, la responsabilidad es una decisión personal que muchos no se atreven a tomar nunca, lamentablemente. Los hombres de hoy en día son muy inseguros y débiles”. Mi sobrino Sergito dice: “Tío, en el museo de historia natural hay un animal que es nuestro favorito, ¿verdad, Sebastián?”. Mi hijito dice: “Sí, es un animal que se parece mucho a mi papá”. Sergito revela: “Se parece a mi papi igual. Es el jucumari”. Sebastián dice: “También le dicen oso anteojos”. Mi sobrino exulta: “¡Sííí! ¡Nuestros papis son osos!”. Llegamos al museo. Ronald dice: “Voy con ustedes. Quiero ver al oso anteojos. Me gustaría ser un oso también, ¿saben?”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Miércoles, 05 Febrero 2020

“Papá, ya es tarde. Hay que llamar un taxi”, me dice mi hijito Sebastián, mientras pongo la lonchera en su mochila. “No te preocupes, hijo. Ya me puse de acuerdo con un taxista anoche. ¿Te acordás de Ronald, el taxista que el otro día nos llevó al zoológico municipal? Él va a venir ahora para llevarnos al colegio Adolfo Kolping”, explico. “Llamalo a Ronald. Preguntale dónde está. No quiero llegar tarde. Hacelo ahora”, dice mi hijito con voz de mando. Hago lo que Sebastián me ordena. El taxista Ronald contesta inmediatamente. Le pregunto: “¿Dónde está, querido?”. Ronald dice: “Ya estoy en el condominio, frente a su casa”. Yo estoy en el patio delantero de la casa de la tía Angélica, en el condominio Montibello, y no veo a Ronald. “¿Está seguro?”, le pregunto, esta vez sin decirle ‘querido’. Él dice: “Claro, don Allart. Estoy mirando su casa y desde una ventana un gato blanco me está mirando a mí”. Exclamo: “¡Ay, no, es nuestro gato Blanqui! ¡Usted está frente a mi casa en el condominio Siena, en el otro lado de la ciudad!”. Ronald también exclama “¡ay, no!” y luego dice: “No me diga que usted sigue donde su cuñada Angélica, en Montibello. Lo siento, don Allart, pero no se preocupe, vamos a remediar. Voy a mandar a mi amigo William a Montibello. Él está cerca”. Menos mal que William llega enseguida. Sebastián se sube al taxi dice: “Mi papá metió la pata. Por su culpa vamos a llegar tarde a mi colegio Adolfo Kolping. Tengo que estar en mi colegio a las siete y media”. El taxista William le dice: “No vamos a llegar tarde. Soy muy rápido y conozco muchos atajos”. Me mira y verifica: “Es el colegio que está frente a la cancha de entrenamiento de Oriente Petrolero, ¿verdad? Me hubiera gustado ir a ese colegio. Me encanta el fútbol”. Mi hijito le dice secamente: “Odio el fútbol”. William indaga: “Pero ¿por lo menos te gusta tu colegio?”. Sebastián confiesa: “No quiero que terminen mis vacaciones. No es justo”. Yo le digo: “Pero vamos a retomar la rutina. Nos va a hacer bien”. Mi hijito ahora quiere saber qué significa ‘retomar la rutina’. Le explico: “Vamos a reemprender las viejas costumbres, o sea, lo que hacíamos antes de las vacaciones. Vos vas a asistir a clase y yo voy a trabajar”. Resignado, Sebastián dice ‘okey’, y cuando llegamos al Kolping corre como una flecha hacia su viejo curso de primero de primaria. Entro al aula, veo que mi hijito está sentado en su sólito banco y le susurro: “Este año te toca segundo”. Sebastián suspira: “No arruines mi rutina, papá”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Lunes, 03 Febrero 2020

Estoy comprando tres  entradas para el zoológico municipal, diciendo como siempre: “Un mayor, un menor de seis años y un menor de siete años”. Mi hijito Sebastián me pregunta: “¿Por qué no decís un mayor de cincuenta años? Yo tengo siete años, Sergito seis y vos cincuenta, ¿no es cierto?”.  Explico: “Ay, lo sé, pero nunca me he acostumbrado a mi edad. No me gusta decir que tengo cincuenta años. Es demasiado desalentador”. La cajera del zoológico comenta: “Ya es la cuarta vez esta semana. Nunca he visto a un abuelo con sus nietos que nos visitan tan seguido como ustedes”. Mi sobrino Sergito explica: “Él es mi tío Allart. Es el papá de mi primo Sebastián”. Mi hijito agrega: “Mi papá estuvo con dengue. Por eso se parece a una persona anciana. Pero ya se va a reponer”. La cajera me dice: “Ah, lo siento. No quería ofenderlo. No sabía que estaba enfermo. Que se mejore y que se divierta en nuestro zoológico”. Entramos y los niños corren hacia la zona detrás de los kioscos con peluches y juguetes. “Este es el recinto donde los animales recién llegados tienen que aclimatarse. Aquí se van a acostumbrar despacio a la vida en el zoológico. Luego pasan a su casa permanente”. Sergito pregunta: “Tío, ¿se acuerda que aquí había unos gallos locos que cantaban todo el tiempo? ¿Adónde se fueron esos gallos? Nunca les dieron una casa permanente”. Contesto: “No estoy seguro. A lo mejor esos gallos locos nunca se aclimataron bien”. Sebastián dice: “Los gallos locos están en una granja, creo. El zoológico no es un buen lugar para ellos. Hay muchos animales peligrosos aquí. Mirá, Sergito, allí atrás”. Mi hijito nos enseña a un puma que se encuentra en una jaula detrás de una pajarera. Mi sobrino exclama: “¡Guau! ¡Un león! ¡Quiero ir a saludarlo!”. Comento: “Pobre puma, mejor dejarlo en paz”. Detrás de nosotros, alguien pregunta: “¿Quieren verlo desde cerca?” Reconozco la voz. Es la misma persona que me calificó de abuelo. La cajera dice: “Se terminó mi turno. Tengo las llaves”. La mujer abre el recinto y nos dirigimos hacia la jaula del puma. Sebastián dice: “Me gustaría acariciarlo y decirle que todo está bien”. Sergito le pregunta a la mujer: “¿Cómo se llama el león?”. La cajera explica: “No tiene nombre todavía. Acabamos de rescatarlo”. Mi sobrino dice: “¿Cómo va a aclimatarse si no tiene nombre? Lo voy a llamar el león Sergio. Es un nombre muy bonito”. Mi hijito dice: “Sergio no es un nombre bonito. Lo vamos a llamar Sebastián. Así el puma Sebastián se va a aclimatar súper bien”.

Allart Hoekzema   MIGAJAS

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