Santa Cruz de la Sierra
Allart Hoekzema

Allart Hoekzema

Write on Lunes, 30 Septiembre 2019

“Acabo de hablar con la abuela. Me dice que está con mucha hambre. Vamos a comprar comida”, anuncia mi esposa Emmita. “¿Puedo elegir el restaurante?”, pregunta nuestro hijito Sebastián. “Esta vez no, mi vida”, le dice Emmita. “Ay, ¿por qué no? Soy muy bueno para elegir restaurantes”, protesta Sebastián. Tiene razón. Él elige los restaurantes y, al igual que los famosos franceses de Michelin, suele darles estrellas. Pero su criterio no es la calidad de la comida sino la presencia de animales. El otro día, por ejemplo, le quitó una estrella al restaurante chino Hua Yuan de nuestro gran amigo Armando porque su acuario no contenía ni un pez. En cambio, Chifa Wonderly, otro restaurante chino, mantiene desde hace muchos años sus tres estrellas porque su acuario siempre está repleto de hermosos peces dorados. La Choza de Dorys, un local que sirve comida criolla, también es uno de los favoritos de Sebastián. Su gran atracción no es un acuario, sino una enorme paraba azul amarillo. A nuestro hijito le encanta hablar con esa ave y darle semillas de girasol.

“¿Mamá, por qué esta vez no puedo elegir el restaurante?”, insiste Sebastián. “Porque la abuela Josefina quiere comer fricasé. Y vos no conocés ningún restaurante especializado en fricasé”, explica Emmita. Nuestro hijito me mira y pregunta: “¿Te acordás de que anteayer pasamos por un restaurante con un cartel que decía ‘Fricasería Doña Hilda’?”. Ahora Emmita me mira y pregunta: “¿Dónde queda esa fricasería?”. Digo: “No tengo idea”. Para nuestra sorpresa, nuestro hijito dice: “Tercer anillo externo, andando hacia la Santos Dumont”. Emmita dice: “Vamos a  visitarla a doña Hilda”. Sebastián dice: “Ojalá tenga animales”. Bueno, resulta ser que doña Hilda es una simpática y generosa señora paceña que sirve seis platos diferentes, es decir, fricasé, chicharrón, thimpu, chicharrón mixto, caldo de cordero y sajta de pollo. “¿Te inspira algún plato?”, le pregunto a Sebastián mientras Emmita pide cuatro porciones de fricasé y dos porciones de chicharrón. “No, papá. Voy a hacer pis”, dice nuestro hijito, decepcionado. En menos de diez segundos vuelve de los baños exclamando: “¡Papá! ¡Papá! Vení. ¡No lo vas a creer!”. Vamos a un pequeño patio interno y vemos al lado de los baños cuatro jaulas llenas de periquitos y canarios. “Amo a las aves”, me dice Sebastián. Yo digo: “Lo sé, mi hijo. ¿Qué tal el restaurante? ¿Cuántas estrellas merece?”. Nuestro hijito dice: “Muchísimas. Es el mejor restaurante del mundo”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Viernes, 27 Septiembre 2019

Mi hijito Sebastián mira a una niña que está haciendo pompas de jabón cerca del ingreso del zoológico. No dice nada. Compramos las entradas, saludamos a la custodia y entramos. Al cabo de un par de minutos, mi hijito me pregunta: “¿Qué pasa con una burbuja cuando revienta?”. Contesto: “Desaparece”. Sebastián me mira y entiendo que mi respuesta no lo satisface. Hago otro intento: “Digamos que la burbuja muere”. Mi hijito me corrige: “No puede morir porque la burbuja no es un ser vivo. Nosotros somos seres vivos, porque nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos. La burbuja no”. Reconozco: “Ah sí, claro, tenés razón, hijo. A lo mejor podemos decir que la burbuja deja de existir. Surge de la nada y retorna a la nada. ¿Está bien?”. Sebastián dice: “No sé, papá. Ahora es tu turno. Tenés que preguntarme algo”. Le pregunto: “¿Qué recorrido querés hacer, el sólito?”. Mi hijito dice: “Ay no, papá. ¡Qué pregunta más aburrida! Tenés que hacerme una pregunta verdadera y divertida”. Digo: “De acuerdo. Entonces, te pregunto por qué los loros habladores no hablan. ¿Qué tal? ¿Es una pregunta verdadera y divertida?”. Sebastián responde: “Más o menos”. Pregunto: “Pero ¿cuál es tu respuesta a la pregunta sobre los loros habladores que no hablan?”. Mi hijito dice con aplomo: “No hablan con vos, pero hablan entre ellos y conmigo también”. Llegamos a la cueva del jucumari y Sebastián quiere saber por qué se llama así. Le digo que el jucumari murió hace unos años. Agrego: “Ahora se encuentra en el museo de historia natural. Está allí, disecado”. Ahora mi hijito pregunta: “¿Dejó de existir?”. Contesto: “Bueno, murió pero no dejó realmente de existir. Su existencia se transformó. Dejó de existir como ser vivo, pero sigue existiendo como objeto”. Observamos la ex cueva del jucumari. Vemos a un tapir saliendo. “Deberían cambiar el cartel. Debería llamarse la ‘cueva del tapir’”, comenta Sebastián y luego me pregunta: “Papá, ¿creés que el tapir sabe que antes el jucumari vivía en esa cueva?”. Digo: “No creo”. Mi hijito dice: “Yo sí. El tapir lo sabe. Creo que sabe que antes había algo. Yo sé que la nada no existe y el tapir lo sabe también. El único que no lo sabe sos vos, papá.” Ahora pregunto: “¿Querés ir a la fosa del jaguar?”. Sebastián exclama: “¡Sí, quero saludar al ‘Tesoro’!”. Decido no decirle a mi hijito que el pobre jaguar Tesoro se murió. El que está en la fosa es otro. No quiero contárselo. Tengo miedo a lo que Sebastián me pueda preguntar.

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Write on Martes, 24 Septiembre 2019

El talentoso cineasta Tony Peredo, por lejos mi mejor amigo aquí en Santa Cruz de la Sierra, me llama diciendo: “Es muy romántico ese relato tuyo titulado ‘Mi hogar’ que hace unos días salió en el periódico. Una linda forma de hablar de tu familia y el amor de donde vivís”. Digo: “Gracias, Tony querido. Pero con ese tipo de artículos existe siempre un gran riesgo de caerse en las peores cursilerías”. El cineasta dice: “No te preocupes. Está lindo”. Rebato no sin falsa modestia: “Y un poco cursi”. Tony comenta: “No, yo escribo más cursi. O sea, de joven solía escribir tan dulce que provocaba diabetes. Decidí nunca más hacerlo”. Digo: “Bueno eso de la diabetes”. El cineasta explica: “En serio, antes de los 23 años decía en voz alta pensamientos lindos a chicas y recibía un ‘ah bonito’. En mi interior decía: ‘Esto es como echarle flores a los chanchos’. Pero, en realidad, luego se quejan que no existen hombres dulces y sensibles. Porque van y se meten con cualquier esperpento maleducado disfrazado de rebelde. Así que desde los 23 hasta los 38 años apliqué esa estrategia. No las trataba mal, pero era un rebelde. Y la fórmula funcionaba muy bien”. Observo: “Sin embargo, decidiste cambiar de fórmula, porque desde que te conozco te portás súper bien con las chicas”. Tony: “Claro, ahora soy menos cínico. Pero no me transformé tampoco en el hombre más romántico del mundo. Prefiero que ellas me digan que no soy detallista porque el día que tengo un detalle lloran de alegría”. Pregunto: “A propósito, Tony, ¿qué hiciste el sábado pasado, el día del amor?”. El cineasta responde: “Nada especial. Di un paseo por la ciudad. Ay, el famoso día del amor. Siempre digo que hay soldados caídos. Vi muchos chicos tirando sus flores y globos. En mi interior decía que es un gasto innecesario, pobres. Vi un chico llorando con su oso de peluche. La cosa es que la juventud confunde emoción con amor. Eso es lo que pasa. Y la emoción pasa, el amor no. Pero eso se descubre con el paso del tiempo”. Digo: “Somos ríos, cambiando siempre en el transcurso del tiempo. Y ojalá, volviéndonos más sabios. ¿Sabías que de joven escribí muchos poemas para chicas? Y ellas me ignoraron”. Tony explica: “Lógico. Es como ir a cazar suchas. Gastás pólvora en vano”. Confieso: “La verdad es que mis primeros poemas eran muy cursis y, por cierto, mi primera novela también. Era un escritor ridículo, demasiado romántico. Quisiera reescribir la primera novela”. El cineasta dice: “Deberías hacerlo”.

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Write on Lunes, 23 Septiembre 2019

Mi hijito Sebastián dice: “Tengo una buena idea. Vamos a recordar la fiestita. Me gusta recordar cosas bonitas”. Verifico: “¿Estás hablando de la fiesta de cumpleaños de los nietos gemelos del dueño de ‘La Estrella del Oriente’?”. Mi hijito dice: “Sí, lo vamos a recordar desde el principio. Vos me dijiste anteayer, en la mañana, que íbamos a una fiestita. Pero yo escuché ‘siestita’. No me gustan las siestitas. A vos, sí. Pero a mí me gustan mucho las fiestitas. A vos, no”. Protesto: “A mí también me gustan las fiestitas”. Sebastián dice: “No quisiste festejar tu propio cumpleaños”. Explico: “Fue porque cumplí 50 años. No me gusta mi edad”. Mi hijito ignora mi explicación. Dice: “Esa mañana fuimos a la librería para comprar los regalos. Compramos cuatro libros, dos para cada uno. Yo quería ir a la juguetería del mercadito El Trompillo, pero vos dijiste que los libros les iban a gustar”. Digo: “Claro, porque la familia del dueño del periódico es muy culta”. Sebastián comenta: “A mí me gusta leer, pero no me gusta escribir”. Observo: “Los mejores escritores son así. Les encanta leer, pero les cuesta escribir. Escribir bien es difícil. No es un trabajo placentero”. Otra vez, Sebastián ignora mis palabras. Dice: “En la fiestita me pintaron un delfín en mi mano derecha. Eso me encantó. Pero ya se borró. Pobre delfín”. Pregunto: “¿Qué más te encantó?”. Mi hijito responde: “Jugar con los globos. Tuvimos que poner globos en una canasta grande y ganamos. Me encanta ganar”. Digo: “Lo que me encantó a mí en la fiestita fue la creatividad. La animadora te hizo hacer tu propio juguete, ¿no es cierto?”. Sebastián dice: “A mí también me encanta la creatividad. La mamá me ayudó a hacer mi propio juguete”. Comento: “Tenés una mamá muy creativa. Menos mal”. Sebastián confirma: “Sí, menos mal”. Pregunto otra vez: “¿Y que más te encantó?”. Mi hijito dice: “La canasta. Tenía una pelotita con una cara feliz. Sus ojos eran corazones. Me gusta mucho dibujar corazones”. Digo: “A mí también. Dibujar corazones es algo muy lindo”. Sebastián comenta: “No dibujás nunca corazones. Yo sí y la mamá también”. Reconozco no sin sonrojo: “Sí, es verdad”. Ahora mi hijito susurra: “Papá, ¿sabés por qué quiero recordar la fiestita para siempre?”. Digo: “A ver”. Sebastián explica: “Porque nos regalaron una linterna de bolsillo. La voy a usar de noche cuando todas las luces en la casa están apagadas. La voy a usar para leer”. Agrego: “Y para dibujar corazones, imagino. Es una buena idea, hijo”.

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Write on Jueves, 19 Septiembre 2019

Como dice el famoso refrán inglés, tu hogar está donde se encuentra tu corazón. Vale decir, no es necesariamente el lugar donde, por pura casualidad, naciste sino que se trata del país, la ciudad, el pueblito, la isla desierta o lo que sea donde te sientes aceptado, cómodo y en paz contigo mismo y con los demás. Yo nací en Holanda, lo cual no es un mérito ni un demérito. Es un hecho nomás; la inescrutable lógica del Universo lo decidió. Pero, sinceramente, yo nunca he estado de acuerdo con esa decisión. Holanda es un país maravilloso, con un nivel de tolerancia entre sus ciudadanos probablemente sin igual en el mundo. Mi familia allí, mis hermanas, mis padres, mis viejos amigos de la infancia, todos, son muy cariñosos y me extrañan. No obstante, la verdad es que nunca he visto a Holanda como mi hogar. Creo que los nórdicos en general sentimos una tan fuerte como secreta pasión por todo lo que no es ordenado, perfecto y bien organizado. Inicialmente pensé que mi verdadera Patria caótica tenía que ser Italia. Después de unos exitosos pero muy aburridos estudios de Derecho en una sólida universidad holandesa, decidí escaparme hacia Siena. En esa espléndida ciudad italiana empecé a estudiar Filosofía, de manera improvisada, diría “azarosa”, pero muy apasionada. Hablando de pasiones, fue en Siena donde la suerte quiso que encontrara a Emmita, hija de un matrimonio no sé cuán casual de un caballero boliviano y una beldad venezolana. Con Emmita estoy casado desde hace 16 años y ya llevamos más de 22 años de convivencia. Puedo decir que con ella siento un fuerte sentido de hogar, pero no es un lugar físico, sino mental, amoroso y espiritual. El hogar en el sentido físico no lo he encontrado en Italia. Con Emmita vivimos unos años muy felices en Siena y luego en Neptuno, en el litoral romano. Sin embargo, al final nos cansamos de Italia. No sabría decir exactamente por qué. Había varios motivos, supongo. Pero lo que dio el verdadero empujón no fue una razón sino más bien una sensación. Volví a sentir lo mismo que había sentido después de mis estudios universitarios en Holanda. Quería escapar hacia un caos más significativo… y lo encontré en Santa Cruz de la Sierra. Pero no lo encontré enseguida. La llegada de nuestro hijo Sebastián me brindó el sentido completo de hogar. Y sigue creciendo diariamente. Los tres amamos a Santa Cruz. Sebastián nos enseñó este gran amor. El nació aquí. Y algo me dice que no fue casualidad. ¡Viva Santa Cruz!

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Write on Miércoles, 18 Septiembre 2019

Es como una tarde cualquiera, sólo que el aire parece aún más pesado que ayer. “Prácticamente, es como si toditos estuviéramos pitando como fumadores empedernidos. Así de dañina está la situación”, comenta el taxista que nos deja en la esquina de la plaza 24 de Septiembre, frente a la catedral. La vendedora de comida para palomas, una señora simpática y atenta, se nos acerca inmediatamente. “¿Qué querés comprar, mi amor? Tengo semillas de sésamo, maíz o una mezcla de maíz triturado con semillas de lino”, le dice a mi hijito Sebastián quien contesta: “Vamos a comprar los tres tipos, porque mis amigas están con mucha hambre”. La mujer le sonríe y pregunta: “¿Las palomas son tus amigas de verdad?”. Sebastián explica: “Sí, porque me tienen confianza y yo las extrañé mucho”. Con las tres bolsitas de comida, mi hijito se sienta en la sombra. Abre la bolsita con maíz y como por arte de magia una enorme bandada de palomas aterriza frente a sus pies. Las aves comen directamente de su mano. Sebastián está feliz, al igual que sus amigas. Cuando la comida se agota, mi hijito dice: “Vamos a la catedral. Nunca he visto su interior”. Me justifico, diciendo: “Es que tenés un papá espiritualmente ignorante, me temo”. Al entrar a la catedral vemos un cartel que dice: MUSEO. Una flecha indica que el museo se halla al fondo. Llegados allí, vemos otro cartel que dice: CERRADO POR TRABAJOS DE RESTAURACIÓN. “Qué pena. A mí me gustan mucho los museos. ¿Por qué no pueden restaurar este museo rápido? Les voy a decir que mi mamá es restauradora. Ella es una restauradora muy rápida, ¿no es cierto, papá?” me pregunta Sebastián. Confirmo: “La mejor y la más rápida del mundo”. Ahora propongo: “Vamos al mirador. Te va a gustar”. Compramos dos entradas y mi hijito le pregunta a la cajera: “¿Este mirador no tiene ascensor?”. Digo: “Ay, hijo, un poco de ejercicio físico nos hará bien. Vamos a subir los escalones”. Resulta ser que los escalones son muchos. Sebastián insiste: “Poner un ascensor aquí sería una buena idea. A mí me gustan los ascensores y los museos”. Y agrega: “Me gustan también las palomas”. En la cumbre del mirador vemos a varias parejas de adolescentes besándose. “¿Papá, qué hacen estas niñas y estos niños?” quiere saber mi hijito. “Son tortolitos, una especie de palomas también”, explico. “No son como mis amigas”, sentencia Sebastián para luego decir: “Quiero bajar. Voy a comprar más maíz y semillas”.

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Write on Miércoles, 28 Agosto 2019

Estoy sentado en el patio trasero de nuestra casa y me acompañan en este momento de ocio mi hijito Sebastián y el cineasta Tony Peredo, mi mejor amigo desde mis primeros días en el mítico barrio El Trompillo. Miro hacia arriba: el cielo parece ser el de Ciudad de México o de San Pablo, Brasil, o sea, una terrible capa gris y sofocante. Mis ojos arden y mi nariz pica; siento literalmente que innumerables partículas de hollín me están invadiendo. Sebastián le dice al cineasta: “Tío Tony, ¿sabías que anoche vomité en mi cama?”. Tony dice: “Ay, mi niño mágico, lo siento. ¿Qué pasó?”. Mi hijito cuenta: “Estábamos con mi papá leyendo uno de mis libros favoritos, que se llama ‘Insólitos animales’, cuando de pronto tuve que toser. Tosí y tosí sin parar. Fue horrible. Me sentía lleno de humo. Y al final vomité. Vomité flema que tenía un color feísimo, entre negro y café”. El cineasta nos mira a los dos y comenta: “Lo que estamos obligados a inhalar en estos días es una verdadera vergüenza”. Sebastián prosigue: “Ese color ya lo había visto en el pasado. Cuando mi papá todavía fumaba cigarrillos escupía siempre flema del mismo color feísimo. Mi papá fumaba mucho y eso no me gustaba para nada. Todas las noches había humo aquí en el patio, así como ahora”. Digo no sin sonrojo: “Ay, mi hijito, lo siento mucho. ¡Qué vicio tan dañino y ridículo!”. Ahora el cineasta mira sólo a mi hijito y le dice: “Tu papá era el clásico ejemplo de una persona autodestructiva cuando lo conocí por primera vez. Fumaba como una chimenea. Y se justificaba diciendo que no podía escribir sin pitar. El tabaco era su combustible para poder producir sus artículos y cuentos. Eso me decía. Los viciosos mienten siempre a sí mismos”. Observo: “Pero dejé de fumar. Lo logré”. Sebastián dice: “Sí, papá. Al final dejaste de fumar. Pero te costó hartísimo”. Tony afirma: “El humo que estamos respirando ahora también es el producto de la autodestrucción. No es una autodestrucción individual, como lo fue en el caso de tu papá, sino que se trata de un suicidio colectivo. Santa Cruz está siendo destrozada por el humo y somos todos culpables, porque todos, sin ninguna excepción, formamos parte de una especie súper autodestructiva, vale decir, la humanidad”. Mi hijito reconoce: “A mí me gustan los animales, mucho más que los seres humanos”. El cineasta dice: “A mí también. Sin embargo, todavía no he perdido la esperanza. Los seres humanos podemos mejorar. Podemos dejar de destrozar todo”. Yo concluyo: “Eso nos va a costar hartísimo. Sé de lo que estoy hablando”.

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Write on Martes, 27 Agosto 2019

En estos días hay un tema que, justamente, está monopolizando las conversaciones en todos los niveles de nuestra sociedad, es decir, los espantosos incendios que azotan las hermosas tierras chiquitanas. El hecho de que todo político nacional o local que se respete acuda a este nefasto acontecimiento para opinar “in situ” sobre la tragedia ecológica y echarle la culpa al adversario, no nos sorprende. “Ellos son así”, solía decir no sin desdén mi abuelo paterno acerca de los políticos. La ironía de la vida quiso, por cierto, que el hijo de mi abuelo, o sea, mi padre, optara por una carrera política que lo llevaría primero a la presidencia del partido liberal de los Países Bajos y luego al Senado holandés. Mi padre sigue siendo un gran apasionado de la política  y todas nuestras charlas dominicales de larga distancia terminan siempre en detalladas reflexiones sobre el destino del mundo y de los hombres. Bueno, con su lapidaria frase “Ellos son así” mi abuelo, obviamente, quería decir que el único y eterno objetivo de los políticos es buscar votos. Borges lo sintetizó bien en una lejana pero aún actual entrevista con el escritor y periodista argentino Roberto Alifano: “Bueno, yo no sé hasta qué punto la profesión de político es algo limpio; hasta qué punto un político puede ser una persona honrada. Descreo de los políticos. Pero quiero ir un poco más lejos: un político en un país democrático es un individuo que vive haciendo promesas, que vive haciéndose retratar, que vive sonriendo todo el tiempo y estando siempre de acuerdo con el interlocutor. Así recorren todo el país en busca de votos”. Es difícil no estar de acuerdo con Borges en este asunto. No obstante, hay algo en las críticas que se hacen todos los días en todo el mundo en contra de los políticos que no me convence. La política, en último análisis, es un ambiente sucio, pero alguien tiene que dedicarse a este trabajo. Es fácil quedarse en el margen, mostrando las propias manos limpias y burlándose de los políticos “tan ineptos como corruptos”. Tal vez, la política atraiga a un tipo de ser humano particularmente vanidoso y egocéntrico. Pero aun así, hay siempre entre esta casta tan desprestigiada personas con una autentica misión de servir. No sé quién acuñó la frase “El que no vive para servir, no sirve para vivir”, pero es una gran verdad. Y repito: en un grupo repleto de políticos cínicos existe siempre la posibilidad de que se encuentre entre ellos también una persona decente que piensa en el bien común. La tarea del elector es descubrir quién es este Mandela o Churchill boliviano.

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