Santa Cruz de la Sierra
Allart Hoekzema

Allart Hoekzema

Write on Viernes, 24 Enero 2020

Bien tempranito en la mañana se presenta el urubicheño Dámaso Vaca en la casa de la tía Angélica, donde vivaqueo con mi hijito Sebastián desde hace más de una semana debido a problemas de salud de ambos (los míos, bastante graves; los de Sebastián, menos). Mi hijito pregunta: “¿Qué hacés aquí, tío Dámaso?”. El urubicheño explica: “Tu papá me llamó. Tenemos que inscribirte. El año escolar comienza en menos de dos semanas”. Yo también explica: “Tu tío hará todo. Tu mamá ya lo instruyó desde Estados Unidos. Lo que pasa es que yo no puedo salir todavía. El dengue no me lo permite”. Sebastián protesta: “Mis vacaciones siguen. No quiero saber del colegio”. Trato de calmarlo, diciendo: “Pero, hijo, la inscripción escolar es sólo una formalidad. No va a interferir con tus vacaciones”. Dámaso le propone a mi hijito: “¿Por qué no venís conmigo? Ya no estás resfriado, ¿verdad? Te haría bien cambiar de aire. Estar todo el día con tu papá hipocondríaco debe ser sumamente aburrido”. Sebastián dice: “Me quedo aquí. No quiero ir al colegio. Voy a jugar con Sergio”. Justo ahora aparece su primo Sergito, quien le dice al urubicheño: “No hace falta que inscribás a Sebastián. Hablé con mi primo y decidimos que este año no vamos a ir al colegio. Yo no voy a ir al colegio alemán y Sebastián no va a ir al colegio ‘Adolfo Kolping’. Así que ya podés irte, tío Dámaso”. Pregunto: “¿De qué estás hablando, Sergito? Ustedes tienen que ir al colegio. Tienen que aprender. No quiero tener un hijo ignorante y tu mamá no lo quiere tampoco. Estoy seguro de eso”. Dámaso coincide: “No sean caprichosos, chicos. Los niños que no van al colegio nunca van a tener una vida feliz”. Mi hijito Sebastián comenta: “Cuando estoy de vacaciones me siento muy feliz. El colegio me cansa demasiado”. Sergio dice: “Cuando estoy de vacaciones nunca me siento cansado”. Comienzo a perder la paciencia y le digo a mi hijito: “Lo siento, Sebastián, pero tu tío Dámaso va a inscribirte hoy sí o sí”. Mi sobrino Sergito repite: “No hace falta que inscribás a Sebastián, tío Dámaso. Decidimos que no vamos a ir al colegio aquí. Queremos ir a un colegio holandés. Por eso vamos a mudarnos a Holanda. Muy pronto”. Mi hijito le dice al urubicheño: “En Holanda los colegios son mucho mejores. No son cansadores, ¿lo sabías? Yo estuve con mi papá allí y los niños holandeses me contaron que nunca se aburren en el colegio”. Sergito añade: “Y Sebastián me contó que el año escolar allí comienza en septiembre. Nos mudamos y nos vamos a inscribir en septiembre”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Viernes, 24 Enero 2020

“¿Papá, ya podés levantarte? Quiero hacer algo divertido. Estamos en esta habitación desde hace mucho tiempo. Quiero ir al zoológico o al jardín del hotel ‘Los Tajibos’. Quiero saludarlos a mis amigos, los pavos reales”, dice mi hijito Sebastián, mientras yo me desperezo en la cama. Siguen doliéndome las articulaciones en mis brazos y piernas. Y sigo maldiciéndolo al solapado mosquito que me dio dengue. Sebastián, por cierto, no está bien tampoco. Durante nuestra estadía de quince días en Holanda mi hijito se resfrió feamente, lo cual no fue una sorpresa ya que en los meses de diciembre y enero entre Santa Cruz de la Sierra y Ámsterdam suele haber una diferencia de temperatura de al menos 35 grados. De todas maneras, ahora los dos estamos de huéspedes o, mejor dicho, de pacientes en la casa de la tía Angélica, la hermana mayor de mi esposa Emmita. A propósito, Emmita está en Orlando, Estados Unidos, donde mi suegra Josefina tiene que hacerse varios tratamientos médicos. La casualidad quiere que el asistente de Emmita, el urubicheño Dámaso Vaca, nos venga a visitar, junto a mi mejor amigo, el cineasta Tony Peredo. “Tu papá no puede levantarse, porque el dengue casi destrozó su hígado”, le explica Dámaso a Sebastián. Tony me pregunta: “¿Cómo te sentís?”. Contesto: “Yo me siento bastante bien, pero no sé cómo está mi hígado. Es una gran incógnita. Mañana me van a pinchar de nuevo. A ver qué dirá mi sangre”. Dámaso indaga: “¿Y las articulaciones?”. Suspiro: “Ay, es una tragedia”. Para mi sorpresa, el cineasta ahora me pregunta: “¿Acaso estás deprimido?”. Le digo: “¿Por qué me preguntás eso?”. Tony explica: “Porque estás hablando de una ‘tragedia’. No es una palabra particularmente alegre”. Comento: “Los dolores en las articulaciones me deprimen. Es una consecuencia lógica, creo. Pero no creo que estos dolores sean causados por una depresión. ¿Saben que en Holanda hablé con un inmunólogo? Él me dijo lo mismo, o sea, que sería una cuestión mental. Me enojé un poco”. Mi hijito Sebastián me corrige: “No, papá. Te enojaste muchísimo con ese medico en Holanda. Dijiste que era un ‘charlatán’ y un ‘payaso’, ¿no te acordás?”. El urubicheño le dice a mi hijito: “Ya me imagino cómo reaccionó tu papi. Tiene mal genio”. Le digo a Dámaso no sin irritación: “¡No tengo nada de malo, sólo mi hígado tal vez!”. Tony dice: “Por favor, Allart, calmate. No tenés que enojarte. No te hace bien”. El urubicheño Dámaso Vaca mira a Sebastián y le sugiere: “Vamos a ir al jardín del hotel ‘Los Tajibos’, a saludarlos a los pavos reales, ¿de acuerdo?”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Martes, 17 Diciembre 2019

Al final de la tarde yazgo boca abajo en el césped del fabuloso jardín de mi suegra Josefina. Es un juego. Mi sobrino Sergito y mi hijito Sebastián están conmigo y se encuentran en la misma posición. Fue una idea de Sebastián. Somos tres exploradores en busca de bichos fantásticos. Sergito comenta: “El suelo huele raro”. Mi hijito dice: “Huele a verano”. Mi sobrino coincide: “Tenés razón, Sebas. Ya no huele a primavera”. No sin arrogancia, Sebastián le dice: “Sé que tengo razón y no me llamo Sebas sino Sebastián”. Yo les pregunto: “¿Cómo saben que este olor es veraniego? ¿Cómo se distinguen los olores de las diferentes estaciones? Yo jamás he asociado las estaciones con distintos olores. De niño, en Holanda, me fijaba siempre en la luz. Me gustaba mucho el verano por las largas jornadas. En pleno verano holandés el sol se pone a las once de la noche. Solíamos acostarnos tardísimo”. Sergito explica: “El suelo aquí huele raro, muy pesado. En verano es siempre así. Mi primo tiene razón”. Sebastián le dice: “Ay, Sergito, mi papá no sabe mucho de la naturaleza y tampoco del clima. Mi papá es periodista. Yo de grande no quiero ser periodista. Quiero ser director del zoológico y del museo de historia natural”. Mi sobrino exclama: “¡Mirá, Sebas! ¡Un gusano gigante! ¡Yo lo vi primero!” Mi hijito rebate, otra vez no sin arrogancia: “Yo ya lo había visto a ese gusano. No es tan gigante y yo no me llamo Sebas sino Sebastián”. Observo: “No puede ser un gusano tan gigante, porque yo no lo veo”. Sebastián se ríe y dice: “Tengo un papá raro. Mi papá es un periodista que no ve nada”. Sergito exclama de nuevo: “¡Mirá, Sebas! ¡Veo una hormiga gigante!”. Ya me perdí el gusano gigante y tampoco logro ubicar a la hormiga. Mi hijito le dice a mi sobrino: “Si volvés a llamarme Sebas, no voy a jugar nunca más con vos”. Mi sobrino insiste: “¿La ves a la hormiga gigante o no? Yo la vi primero”. Sebastián dice: “Yo veo un montón de hormigas gigantes, no sólo una. Hay un súper hormiguero. Mirá allí, al lado de la jaula de la paraba Mandarín”. Sergito me pregunta: “Tío, ¿lo ves? Sebas tiene razón. Hay un súper hormiguero al lado de la casa de Mandarín”. Respondo: “Ya está oscureciendo. Ahora, realmente, no veo nada”. Mi hijito me dice: “Papá, nosotros vamos a seguir jugando. Vamos a imaginarnos que estamos en el verano holandés. Todavía hay mucha luz. Podemos descubrir más bichos raros. Sergio ya no puede jugar, tiene que acostarse ya. Él sigue llamándome Sebas”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Lunes, 16 Diciembre 2019

“Papá, ¿hoy vas a escribir?”, me pregunta mi hijito Sebastián. “Sí, hoy me siento mejor. Ya no me duelen las manos”, contesto. “Entonces, ¿ya no estás con chikungunya?”, quiere saber Sebastián. “Sigo enfermo. Tengo fiebre y ahora siento dolor en mi rodilla izquierda. Pero mis manos están bien. Entonces, voy a escribir hoy. Y vos también hijo”, digo. Mi hijito dice: “No puedo escribir, papá. Me duelen las manos. Estoy con chikungunya también”. Le toco la frente y constato que no tiene fiebre. Sebastián explica: “Lo que pasa es que estoy de vacaciones y no quiero escribir. Este año escribí demasiado en el colegio. Ya no puedo más”. Insisto: “Vos vas a escribir también hoy. Tenés que escribir una carta a papá Noel. Si no lo hacés, no vas a recibir regalos de Navidad”. Mi hijito pregunta: “¿Dónde vamos a festejar la Navidad, aquí en Santa Cruz o en Holanda?”. Le digo: “Aquí en la casa de la abuela Josefina. Y al día siguiente vamos a viajar a Holanda”. Sebastián suspira hondo y dice: “Menos mal, si vamos a festejar la Navidad aquí, quiere decir que voy a tener que escribir la carta a papá Noel en español y no en holandés. Escribir en holandés es demasiado difícil”. Agarro una hoja de papel y se la paso a mi hijito junto con un lápiz. Sebastián dice: “Papá, tenés que ayudarme. No me gusta escribir solito durante las vacaciones”. Digo: “Bueno, ¿cómo vas a empezar? Tal vez sea una buena idea empezar así: ‘Querido papá Noel, ¿cómo está? Espero que esté bien’.”. Mi hijito niega con la cabeza y dice: “No me gusta. Voy a empezar así: ‘Querido papá Noel, ¿cómo están tus renos? Espero que estén bien, porque a mí me gustan mucho los animales. Y las plantas también’.” Reconozco: “Sí, así es mucho mejor. ¿Y luego? ¿Vas a escribir que te portaste bien durante todo el año?”. Otra vez, Sebastián niega con la cabeza y comenta: “Ay, papá no me estás ayudando para nada. No voy a escribir que me porté bien durante todo el año. No hace falta, porque papá Noel ya sabe todo eso. Papá Noel tiene espías aquí, sobre todo en la casa y en el colegio. Ellos le dicen cómo me estoy portando”. Pregunto: “Entonces, ¿qué más le vas a escribir al papá Noel?”. Mi hijito dice no sin aplomo: “Le voy a escribir: ‘Quiero una caja de Lego con una cueva, un murciélago, un minero y un zombi’. Y también voy a escribir: ‘Quiero un libro sobre los animales y las plantas’. Nada más. A papá Noel no le gusta leer. Así es, papá. ¿Lo sabías? A mí no me gusta escribir y a él no le gusta leer”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Viernes, 13 Diciembre 2019

“Ya se fue el año”, le digo a mi amigo Teo, el viejo vendedor de periódicos del mercadito El Trompillo. “Pero vuelve”, dice Teo con resignación. Luego le dice a mi hijito Sebastián: “Ha sido un año muy cansador, ¿no es cierto, Gringuito?”. Sebastián coincide: “Ay, sí, súper cansador. El nuevo colegio me cansó demasiado. Menos mal que estoy de vacaciones”. Teo indaga: “¿Vas a viajar?”. Mi hijito contesta: “Sí, voy a viajar a Holanda”. El viejo vendedor de periódicos me mira y comenta: “Usted en sus columnas nunca escribe sobre Holanda. Sería lógico que un periodista holandés en Bolivia escribiera de vez en cuando sobre su país. Pero usted, nunca. Usted no es normal, Gringo”. Explico: “Vivo fuera de mi país desde el año 1992. Lo que sé de Holanda ya es obsoleto”. Teo dice: “Ahora que lo pienso, nadie escribe sobre Holanda. No leo jamás noticias de allí. ¿Por qué será? ¿Acaso es un país aburrido?”. Respondo: “Digamos que se trata de un país tranquilo con una población moderada y equilibrada. Yo dejé Holanda porque estaba bastante aburrido en aquella época. Pero esa fue una sensación personal”. Sebastián dice: “Holanda no es para nada aburrida. Es mi país favorito”. Y le pregunta a Teo: “¿Cuál es tu país favorito?”. El viejo vendedor de periódicos suspira: “Bolivia, supongo. La verdad es que no conozco ningún otro país. No he viajado. Sólo he leído”. Observo: “Leer se parece mucho a viajar”. Teo dice: “Los países que siempre me han atraído en la literatura son Francia y Rusia. Holanda no. Parece que ese país no existe en los libros, ni en los periódicos”. Mi hijito le dice: “Holanda existe, en serio. Allí viven mis abuelos. Ellos existen también. Y al lado de la casa de mis abuelos hay una casa con cuatro niños. Son mis amigos, de verdad”. Teo le dice: “Contame un poco sobre Holanda. A lo mejor me va a gustar”. Sebastián cuenta: “Holanda me gusta mucho, porque tiene mar. Los abuelos viven cerca de las lomas y la playa. Y en la playa hay un restaurante con las mejores papas fritas del mundo. También hay una piscina grande cerca de la casa de los abuelos. Tiene un tobogán verde y largo. Y esta vez vamos al zoológico de Amsterdam. Se llama ‘Artis’ y mi papá dice que allí viven todos los animales del planeta. Es cuatro veces más grande que el zoológico de Santa Cruz de la Sierra. Después vamos a volver a la ciudad de los abuelos. Vamos a visitar el faro más alto de Holanda. Es rojo y hermoso, y tiene una luz que alumbra todo el mar”. Teo suspira: “Ya me gusta Holanda”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Jueves, 12 Diciembre 2019

El cineasta Tony Peredo, mi hijito Sebastián y yo estamos sentados en el patio trasero de mi casa. Sebastián dice: “Mi primo Sergito viajó con su madre a La Paz. ¿Te acordás, papá, que nosotros también viajamos una vez a La Paz?? Fue hace muchísimo tiempo”. Yo digo: “Fue hace casi cuatro años. Vos tenías tres años. Fue tu primer viaje en avión y te mostraste muy valiente. Me acuerdo de la terrible turbulencia. Había muchos pasajeros que gritaban y lloraban, pero vos estabas feliz. Me decías riéndote: ‘Mucho viento, papá, mucho viento’. Y al aterrizar dijiste: ‘Otra vez, otra vez’. Te divertiste un montón”. Mi hijito propone: “Vamos a La Paz. Quiero volver a La Paz”. Mi amigo Tony le dice: “Si querés, mi niño mágico, podés acompañarme. Probablemente, voy a tener que ir a La Paz este viernes, por trabajo”. Le pregunto al cineasta: “¿Vas a rodar una nueva película?”. Tony explica: “No, es algo que tiene que ver con la política. Uno de los candidatos en las próximas elecciones vio unos videos míos y quiere hablar. Ya hablé aquí con su entorno. Les hice una presentación poética de lo que pienso acerca de la política boliviana. Uno de esos tipos me dijo que con poetas no se ganan guerras. Le contesté: ‘Pero con poetas no mueren personas’.”. Le digo a mi mejor amigo: “Excelente respuesta”. Tony dice: “Te juro, Allart, escuchaba lo que decían y te imaginaba a vos riendo”. Comento: “Los políticos son diferentes. Es otro mundo”. El cineasta cuenta: “Me escucharon durante una hora. Y al final me dieron parte de la razón. Fue una sorpresa para mí. Ahora su líder quiere hablar conmigo en La Paz”. Sebastián dice: “Tío Tony, voy a ir con vos a La Paz. Conozco muy bien a La Paz. Estuve allí un día con mi mamá y mi papá, cuando tenía tres años. Ellos estaban con dolor de cabeza, pero yo no. A ellos no les gustan las montañas altas, pero a mí sí”. Tony le pregunta: “¿Qué te gustó más en La Paz?”. Mi hijito responde: “El teleférico, tío. Es como un helicóptero. ¡Genial! Vi los techos de todas las casas en La Paz. Y en los techos vi a mis amigas, las palomas”. Tony medita: “Me gustaría grabar un video desde el teleférico de La Paz”. Sebastián dice: “Yo te voy a ayudar. Yo conozco todas las líneas del teleférico. Y todas las casas y sus techos. ¿Y sabés, tío, que conozco todas las palomas? Nadie conoce a La Paz como yo. Mi papá no la conoce. No prestaba atención. Mi papá estaba con dolor de cabeza”. El cineasta concluye: “Te voy a necesitar en La Paz, niño mágico. Sos un poeta”.

Allart Hoekema Nieboer   MIGAJAS

Write on Miércoles, 11 Diciembre 2019

Tapo a mi hijito Sebastián. Seguimos con fiebre los dos. Sebastián me dice: “Estoy mareado”. Yo digo: “Yo también. Estoy con náuseas. Es por la fiebre”. Mi hijito niega con la cabeza, diciendo: “No estoy con náuseas. Estoy mareado y no es por la fiebre. Es por la pared”. Repito: “¿La pared? No te entiendo”. Sebastián ordena: “Tocá mis manos, papá”. Lo hago y constato que las manos de mi hijito están mojadas. “La fiebre te hace sudar hasta en las palmas de las manos”, digo. Sebastián dice: “No es sudor, papá. Y no tiene nada que ver con la fiebre. ¿Sabés que mis manos y mis pies pican tanto? Tocá mis pies también”. Lo hago y constato que los pies de mi hijito están tan mojados como sus manos. Sebastián comenta: “Mojé mis manos y mis pies antes de trepar por la pared”. Repito: “¿La pared? Sigo sin entenderte”. Mi hijito suspira y cuenta: “Hoy en la tarde jugué con mi primo Sergito. Él me dijo que quería entrar a otro mundo. Entonces, me propuso armar un portal que nos llevara a un universo paralelo”. Lo interrumpo, preguntando: “¿Qué saben ustedes de portales y universos paralelos? Sergito tiene seis años y vos siete”. Mi hijito suspira de nuevo. Explica: “Nosotros sabemos mucho más que vos sobre portales y universos paralelos, porque es nuestro juego favorito. Vos no jugás nunca”. Protesto: “A mí me gusta todo tipo de juego. Sé que es muy importante seguir jugando en la vida. No importa la edad, hay que jugar hasta la tumba”. Sebastián prosigue: “Bueno, Sergito formó un círculo con Jerry, mi serpiente de goma. Y adentro puso piezas de Lego. Pero el portal no funcionó. No nos llevó a ningún lugar nuevo. Entonces, probamos otro truco. Nos bañamos hasta que la piel de nuestras manos y pies se puso arrugada y luego fuimos a la pared afuera, la pared del jardín de la abuela Josefina”. Vuelvo a interrumpirlo, preguntando: “¿Ustedes fueron al jardín de la abuela Josefina desnudos?”. Mi hijito dice no sin aplomo: “Claro. Hay que estar desnudo, con las manos y pies mojados. Sólo así funciona el truco”. Indago: ¿Acaso ustedes caminaban en la pared, como dos lagartijas?”. Sebastián exulta: “¡Sííí, papá! ¡Es muy divertido! Caminamos durante más de una hora en la pared y nadie nos vio. Te vimos a vos en el jardín. Estabas leyendo. Gritamos todo el tiempo, pero no nos notaste. ¿Sabés por qué? Porque nosotros estábamos en otro mundo. Caminamos en la pared, desnudos. Pero ahora estoy mareado. Y mis manos y mis pies pican tanto. ¿Ahora me entendés?”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Martes, 10 Diciembre 2019

“Papá, tengo una idea. Ya sé lo que vamos a hacer hoy”, dice mi hijito Sebastián. Yo digo: “Hoy no podemos hacer mucho, me temo. Los dos estamos enfermos”. Mi hijito explica: “Tengo una idea especial para personas enfermas que están con tos y fiebre, como nosotros. Vamos a imaginar una súper jornada”. Pregunto: “O sea, ¿querés pasar el día haciendo planes sin realizarlos?”. Sebastián exulta: “¡Sííí! ¡Es una idea genial!”. Quiero saber cuál es su primer plan para la súper jornada. Mi hijito contesta: “Primero vamos a ir al zoológico. Vamos a pasar por el taller de la mama. Ella nos va a llevar al zoológico. Y tenemos que llevar los binoculares para ver a los animales de cerca”. Digo: “Es un buen plan. ¿Y qué vamos a hacer después del zoológico?”. Sebastián dice: “Ay, papá, esperá, vamos a estar en el zoológico por lo menos dos horas porque voy a inventar un recorrido larguísimo”. Comento: “No lo vamos a aguantar, hijo. Estamos enfermos”. Mi hijito dice: “No te preocupes, papá. No vamos a correr. Va a ser un recorrido larguísimo pero tranquilo. Y después vamos a ir al supermercado IC Norte. Allí hay muchos juguetes. Quiero comprar una gran caja de Lego”. Pregunto: “¿En esta súper jornada imaginaria vamos a tener dinero real o imaginario?”. A su vez, Sebastián pregunta: “¿Cómo voy a comprar una gran caja de Lego sin dinero real?”. Reconozco: “Buena pregunta”. Mi hijito prosigue: “Y después del supermercado IC Norte vamos a ir a la librería Ateneo. Me gustaría comprar un libro sobre los dinosaurios”. Verifico: “Ese libro también lo vamos a comprar con dinero real, ¿no es cierto?”. Sebastián dice: “Obvio. A ver, luego vamos al Multicenter y al supermercado Hípermaxi del tercer anillo de la Santos Dumont. Es la cosa más práctica porque la librería Ateneo también se encuentra en el tercer anillo, ¿verdad?”. Indago no sin preocupación: “¿Y qué vamos a hacer en el Multicenter  y en el supermercado Hípermaxi? ¿Acaso vamos a comprar más cosas?”. Mi hijito responde: “En el Multicenter quiero comprar un libro de trucos de magia. Lo vi el otro día, ¿te acordás? No quisiste comprármelo. Ahora en la súper jornada vamos a comprarlo por fin. Y en el supermercado Hípermaxi tenemos que comprar gelatina de pata con sabor a canela, la única que me gusta”. Observo: “Esta súper jornada es un día lleno de supermercados”. Sebastián dice: “Sí, y luego vamos a ir al súper Fidalga, para comprar pan francés. ¿Vamos, papá? Ya no me siento enfermo. ¿Vamos?”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Últimas Noticias

Prev Next

¿Quién soy?

¿Quién soy?

Subo la escalera en nuestra casa y sé que estoy soñando porque no tengo idea...

Fantasía

Fantasía

Gente que conozco bien pero también numerosas personas que conozco sólo superficialmente me han hecho...

Pepitas de oro

Pepitas de oro

Recibo una llamada del urubicheño Dámaso Vaca quien me pregunta: “¿Estás aprovechando la cuarentena para...