Santa Cruz de la Sierra
Allart Hoekzema

Allart Hoekzema

Write on Viernes, 03 Abril 2020

Mientras la pandemia no da muestras de debilidad, me llama mi amigo Tony Peredo, un hombre de gran intuición, que considera las realidades oníricas como ecos de las verdades más profundas. Me dice: “Acabo de leer tus últimas columnas. Todas tienen un determinado sabor a sueño. Creo que en tiempos de grandes desafíos, la humanidad tiende a soñar más. O, por lo menos, yo como representante de la categoría paso muchas más horas en la otra orilla de la vigilia. Perdóname la metáfora antigua. Creo que la robé de Homero”. Le digo: “Creo que la metáfora es tuya nomás. Dejemos al pobre Homero en paz”. El cineasta advierte: “No lo podemos dejar en paz. Está más vigente que nunca. De todas maneras, yo iba a contarte mi sueño más reciente”. Digo: “Soy todo oídos como Midas con sus orejas de asno”. Tony comenta: “Ya es la segunda vez que te burlas de mi formación clásica”. Pregunto: “¿Y tu sueño?”. El cineasta comienza: “Camino febrilmente por el barrio El Trompillo. Llegado a la plazuela de La Barranca, hablo con el sereno don Pedro Lero Tayo quien me dice que el Gobierno debería prohibir el uso de las palabras ‘covid-19’ y ‘coronavirus’, como si eso solucionara algo”. Observo: “Entonces don Pedro, al igual que en la realidad, en los sueños también resulta ser un cretino. Pero ¿no sería mejor dejarlo en paz?”. El cineasta dice: “A él tampoco lo podemos dejar en paz. También la ignorancia está más vigente que nunca. Bueno, después de la charla con el sereno decido ir al ingreso de la avenida La Barranca. Entro a la Farmacorp donde la jefa de la sucursal, al constatar mi persistente estado febril, me encomienda un medicamento antigripal. Pero justo en ese momento entra un cliente que comienza a quejarse del mismo medicamento. Entonces, la jefa me ofrece un remedio antipalúdico. Pero sucede lo mismo: el misterioso cliente empieza a hablar pestes del remedio. El último cartucho de la jefa es un tratamiento anti-Hiv. Huelga decir que el mismo cliente también critica vehemente esa sugerencia. Decido no comprar nada. Dejo la farmacia en el mismo momento que lo hace el misterioso cliente criticón. Lo miro de  cerca. Es joven, ‘de fisonomía radiante de belleza, con rubia cabellera que cae en graciosos rizos sobre sus espaldas’. La jefa no lo reconoció. Pero yo de improviso sé quién es. Me hinco de rodillas, levanto mis manos y digo: ‘Por fin ha llegado. Oh mi dios quien transforma veneno en medicina, quien cura hiriendo. Oh mi Apolo’.”.

Write on Jueves, 02 Abril 2020

Subo la escalera en nuestra casa y sé que estoy soñando porque no tengo idea de cómo llegué aquí a mitad de los peldaños. Casi tropiezo en un autito de nuestro hijito Sebastián y, por ende, casi me despierto. El susto me hace exclamar “¡Ay Dios!”. Voy a mi estudio pasando el dormitorio desde donde escucho a alguien roncar. En mi estudio miro no sin satisfacción la biblioteca que ocupa tres paredes. Agarro un libro al azar y constato que el libro está vacío. Es decir, las páginas son blancas, no tienen historias, ni pensamientos o emociones. Absolutamente nada. Es un libro muerto. Agarro otro libro. Es la misma pesadilla: una obra sin alma, sin vida. Entro en pánico. Todos mis amadísimos libros fallecieron. No sé cómo resucitarlos. ¿Qué diablos voy a hacer sin ellos? Son mi única inspiración. Me proponen otras vidas, una oferta bienvenida ya que mi propia vida no es inspiradora. Más bien es una vida opaca y anónima como las demás vidas terrenales. No encuentro consuelo; soy un lector y gracias a mis lecturas de vez en cuando logro escribir algo que, justamente, me consuela. ¿Cómo explicarlo a mí mismo? Creo que las pocas cosas interesantes que escribo me justifican, repito, gracias a mis amadísimos libros en la biblioteca que ocupa tres paredes. Pero, ¿dónde está mi biblioteca, dónde están mis libros, quién borró sus páginas y dónde voy a encontrar otra inspiración? ¿O voy a tener que retirarme definitiva y prematuramente como columnista del periódico ‘La Estrella del Oriente’? Esta última idea me aterra particularmente, pero quizá no tanto a mis lectores. Me pongo a rezar a todos los seres metafísicos que me vienen a la mente. Agarro, nuevamente, un libro. Por lo menos, este tiene un título: ‘Identidad’. Y tiene contenido: habla de alguien que sueña en su biblioteca. Leo todo el libro, jurando que lo voy a utilizar como base de mi nueva columna, pero cuando llego a la última palabra todo el texto desaparece. No queda nada, ni en mi memoria. Decido ir al dormitorio. Me veo acostado y roncando. Decido despertar a esta inocente versión de mí mismo quien me dice: “Hola Allart, acabo de soñarme a mí mismo en nuestra biblioteca. Fue un sueño muy aterrador. Su mensaje es que yo no tengo auténticas convicciones como escritor. No sé quién soy”. Quiero consolar a la inocente versión de mí mismo, diciendo: “Pero yo sé quién eres”. En este momento escuchamos ambos a alguien que, asustado, exclama desde la escalera: “¡Ay Dios!”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Miércoles, 01 Abril 2020

Gente que conozco bien pero también numerosas personas que conozco sólo superficialmente me han hecho cumplidos por la fantasía de nuestro hijito Sebastián. Siempre les he dicho “gracias” aunque no creo que sea mérito mío ni de mi esposa Emmita. Más bien pienso que la imaginación de Sebastián es fruto de una inclinación o, mejor dicho, intuición metafísica que él tiene desde el día que nació. Por eso siempre le ha resultado simpático el urubicheño Dámaso Vaca, el talentoso asistente de Emmita. Justo ahora,  mientras el día apenas ha comenzado, Sebastián me habla de Dámaso. Dice que los urubicheños conocen el secreto del verdadero desdoblamiento de una persona ante un espejo. Ellos lo llaman “Ava rekokwer”, jura nuestro hijito. El truco, digamos, consiste en ponerte ante un espejo con tus propios brazos alrededor de ti mismo. Este “auto-abrazo” hace que te desdobles de veras. Y los cuerpos de estas dos versiones de ti mismo, a su vez, se confunden formando nuevamente una persona sola cuando se abrazan sin la presencia de un espejo. El destino quiere que, tras la revelación de este secreto guarayo, suene la campanilla en nuestra casa. Abro la puerta de calle y veo a Dámaso, vestido en un traje hermético. Me propone ir de compras al mercadito El Trompillo ya que hoy salieron los dígitos de su carnet y el mío. Le digo “bueno”. Sebastián también quiere ir de compras, pero le explicamos que en esta especie de estado de sitio  sólo un miembro por familia puede salir de la casa sólo una mañana por semana. Entonces, yo nomás acompaño al urubicheño al mercadito. Primero vamos a comprar la ‘Estrella del Oriente’, porque para cualquier columnista leer su propia columna en el periódico no es sólo un acto de vanidad sino también una necesidad básica.  Charlamos un ratito con Teo, el viejo vendedor de periódicos, tras lo cual pasamos por las tiendas de alimentos, respectivamente, de doña Gladys, don Aparicio y doña Charito. Obviamente, también con cada uno de ellos charlamos un ratito. Al final, Dámaso me cuenta otro secreto. Según él, los cuatro vendedores mencionados se conocen bien entre ellos. Sin embargo, lo que ellos no saben y ni siquiera lo saben los que se creen indispensables en los varios palacios de poder en el mundo entero, es que si Teo no se presentara al trabajo, si doña Gladys decidiera ausentarse, si don Aparicio tomara vacaciones o si doña Charito perdiera su disciplina un solo día, entonces el universo dejaría de existir.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Martes, 31 Marzo 2020

Recibo una llamada del urubicheño Dámaso Vaca quien me pregunta: “¿Estás aprovechando la cuarentena para meditar?”. Le contesto: “Todo lo contrario. Cada día estoy más nervioso. Me preocupa mucho la economía, es decir, sobre todo mi economía personal. No voy a aguantar esta falta de ingresos. Tengo que inventar un negocio milagroso para poder sobrevivir”. Dámaso dice: “Me recordás a Leoncia, la protagonista de un famoso cuento guarayo, titulado ‘Ita send+yai va’e’, o sea, ‘Pepitas de oro’. Al igual que vos, era rehén del materialismo”. No me agrada ser tildado de materialista pero el nombre Leoncia me fascina y le pido al urubicheño que me cuente su historia. Él recurre a una voz de terciopelo. No sé dónde encontró este tono de narrador de documentales británicos. De todas maneras, el cuento comienza así: “A orillas del río Blanco vivían dos parejas. Leoncia amaba a Antonio y Florinda amaba a Pascual. Pero el Dios de los Guarayos, en su notoria ironía, había hecho que Leoncia se casara con Pascual y Florinda con Antonio. La primera pareja vivía en una choza y la segunda en una casa de árbol. A causa de la misma ironía divina, los dos amigos Antonio y Pascual se querían pero sus caracteres no podían ser más distintos. Pascual era un soñador. Había elegido ser pescador y todos los días pescaba dos peces, uno para comerlo junto a su esposa Leoncia y el otro para venderlo en el mercado. Nunca pescaba más ni menos. Lo que le sobraba de su precioso tiempo lo utilizaba para buscar piedritas con formas de animales para regalarlas a su esposa. Leoncia no estaba contenta porque veía cómo la casa de árbol de Florinda y Antonio tenía cada vez más muebles y adornos. Les iba bien. Antonio, un hombre realista, había elegido la profesión de buscador de oro y el ya dos veces mencionado Dios de los Guarayos se encargaba no sin arbitrariedad de que el esposo de Florinda encontrara regularmente una pepita de oro en el río. Un día Pascual volvió a la choza con sus sólitos dos pescados y con una piedrita en forma de delfín. Con un gesto de cólera, Leoncia echó la piedrita en un cajón donde se guardaban las demás piedritas. Exclamó: ‘¡Basta ya! ¡¿Por qué no elegiste ser buscador de oro?!’. Pascual dijo, manso pero no quebrado: ‘Ya me voy’. Antes de irse agarro unas piedritas del cajón y se las comió. Luego Leoncia vio a Pascual orinar en la orilla. Salieron pepitas de oro. Ella vio a él alejarse en busca de nuevos sueños”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Lunes, 30 Marzo 2020

En medio de la tan vasta como persistente pandemia hablo una vez al día por teléfono con el cineasta Tony Peredo. Esta vez, temprano en la mañana, me llama con una sugerencia literaria, preguntándome: “¿Acaso te acordás del hermoso texto que escribió Borges después de la muerte del presidente Kennedy?”. Respondo: “Claro. La pieza comienza con una frase magistral: ‘Esta bala es antigua’. Luego repasa toda una serie de asesinatos y magnicidios famosos en la historia de la humanidad”. Tony se entusiasma: “¡Exactamente! ¿No sería una buena idea hacer algo parecido con el virus? Tenés la oportunidad de escribir una columna muy significativa, empezando con: ‘Este virus es antiguo’, para luego continuar con un recordatorio de las peores plagas y epidemias que la humanidad ha conocido”. Digo con sequedad: “No gracias. Prefiero escribir algo menos significativo”. Cuelgo y decido pasar el resto de la mañana jugando con mi hijito Sebastián. Al medio día suena mi teléfono. Descuelgo. Una voz suave, con un acento alemán, me dice: “¿Qué le parece, don Allart, si le digo que usted puede expresar un deseo? Le garantizo que voy a respetar el pacto. A propósito, soy uno de sus poquísimos lectores. ¿No le gustaría tener un público mucho más grande?”. Digo: “Me va a disculpar, señor, pero ¿quién es usted?”. El hombre contesta: “Soy el ‘Teufel’”. Me río porque la posibilidad de charlar con el Diablo no se me presenta todos los días. Opto por seguirle la corriente y digo: “Bueno, señor Teufel, no soy el típico escritor vanidoso. No me interesa cuántos lectores tengo”. Él dice: “No le creo. Pero bueno, no importa, me da igual. ¿Ya me quiere revelar su deseo?”. Explico: “Dadas las circunstancias actuales, deseo que la humanidad se vuelva inmune al virus”. El Diablo avisa: “El deseo tiene que ser personal, no puede abarcar toda la humanidad. Entonces, voy a presumir que sólo usted quiera volverse inmune nomás. ¿Tenemos un pacto?”. Digo que sí. Él dice: “Vuelvo a llamarlo a las seis de la tarde para ejecutar el pacto”. Espero, no sin nerviosismo, hasta las seis y cuarto. No aguanto más. Decido llamarlo yo. Me contesta una voz joven. Le digo que busco al señor Teufel y la voz, que resulta pertenecer a su hijo, dice: “Ay, don Allart, lo siento mucho. Usted es la enésima víctima de las bromas de mi padre. Delira todo el tiempo. Se cree el Diablo mismo. Es por esta fiebre horrible”. Pregunto; “¿Tiene…?” El hijo confirma mis sospechas. Insisto: “Pero ¿qué pasa con el pacto?”.

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Write on Viernes, 27 Marzo 2020

Ya varias décadas atrás el escritor estadounidense Arthur Bloch nos advirtió sobre la testarudez y el poder de convicción de los tontos. “Nunca discutas con un idiota”, decía Bloch, “ya que puede que la gente no note la diferencia”. Bueno, desde el día que conocí al sereno de la plazuela de La Barranca, don Pedro Lero Tayo, lo considero un auténtico cretino. Siempre he sospechado que él de mí tampoco tiene una muy buena opinión. Entonces, al ponerme a discutir con don Pedro, por cierto, con resultados penosos, como acabo de hacer ahora por teléfono, la culpa no es sólo mía. Aquí sigue la transcripción de nuestra discusión. Don Pedro comienza: “Veo que incluso durante esta desafortunada cuarentena usted sigue hablando solamente de su hijito Sebastián. No tiene fantasía”. Digo: “Que yo escriba sobre mi hijo durante la inevitable cuarentena es perfectamente normal. Lo veo todos los días. Tenemos que entretenernos recíprocamente”. El sereno pregunta, para mi asombro: “¿No le viene ganas de pegarle a su hijito?”. Exclamo: “¡¿Qué diablos hace?! ¿Está instigando a la violencia intrafamiliar?”. Don Pedro dice no sin aplomo: “En este país, un aumento de las peleas domésticas sería una lógica consecuencia del aislamiento social impuesto, repito, infelizmente por nuestro Gobierno. Yo, por ejemplo, tengo cada vez más ganas de pegarle a mi señora. Es una tortura tener que aguantarla veinticuatro horas al día. Sea sincero, ¿no quiere pegarle a su señora?”. Explico: “Si lo hiciera, mi señora me mataría a golpes”. El sereno indaga: “Al final, ¿esta es la verdadera razón por la que no le pega? Es decir, ¿le tiene miedo a ella?”. Digo, indignado: “Nada que ver. Lo que pasa es que yo a mi mujer la respeto. Le digo más. Respeto a todas las mujeres del mundo porque soy un ser humano civilizado”. Ahora el sereno pregunta: “¿La cuarentena total es una medida que un ser humano civilizado debería aceptar?”. Respondo: “Por supuesto”. Don Pedro profundiza: “¿No cree que para un ser humano civilizado su libertad es más importante que su propia vida?”. Puntualizo: “La responsabilidad es la otra cara de la libertad. Vale decir, al movernos libremente en la sociedad durante una espantosa pandemia podemos hacerle grandes daños al prójimo. Sería irresponsable y, por ende, inaceptable. Muy reprochable, diría”. El sereno don Pedro Lero Tayo dice: “Si piensa así, entonces siga escribiendo sus columnas superfluas”. Le confieso: “Si pudiera, le pegaría”. Él dice: “No me amenace”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Jueves, 26 Marzo 2020

El urubicheño Dámaso Vaca, quien no sólo es un gran restaurador y un excelso violoncelista sino también un hombre sabio provisto de una profunda espiritualidad, me llama por la noche. Le digo: “Hay algo en la casa que me tiene muy preocupado. Esta mañana descubrí una grieta en una de las paredes del salón de la planta baja. A lo mejor la sequía la ha abierto. Es enorme”. Dámaso me dice: “Ten cuidado. Las grietas son malos augurios en la cultura guaraya. Tenemos historias acerca de una bruja que se esconde en una grieta. Son relatos para asustar a los niños. Pero también existe una leyenda, llamada ‘Oyeka Va’e’, según la cual la grieta tiene el poder de convertir los malos sueños en realidad”. Comento: “¡Qué ridiculez! En serio, ¿qué tiene que ver una grieta con la brujería?”. El urubicheño rebate: “Ustedes son peores. En Holanda se ha siempre asociado a los gatos negros con la brujería, ¿no es cierto? Pobres animalitos”. Me despido de mi amigo y me voy a acostar. Empiezo a soñar. Me veo caminando por el salón en la más negra oscuridad. Oigo música de violoncelo proveniente de la grieta. La música es maravillosa; casi me hace bailar a pesar de mi notoria torpeza. Llegado a la siniestra grieta en la pared, trato de mirar adentro. No veo absolutamente nada. Pongo mi brazo derecho en la grieta y constato que hay un espacio donde podría caber un gato. En este mismo momento Minnie, nuestra gata negra, salta en mi hombro izquierdo. Me susurra al oído: “Tenga cuidado. Mañana, mi amo, su hijito Sebastián me va a esconder en esa grieta. Voy a sufrir mucho, porque soy una gata claustrofóbica. ¿Me puede proteger? ¿Puede evitar mi sufrimiento? Le ruego, mi amo”. Le  prometo a la gata: “Te voy a ayudar, Minnie, no te preocupes. Sebastián no conoce todavía esa grieta. Y te garantizo que no te va a molestar. No te va a pasar absolutamente nada mañana”. Al día siguiente, distraigo a mi hijito con todo tipo de juegos durante horas y horas. Nunca nos acercamos a la siniestra grieta. En la noche, Sebastián se acuesta exhausto. Decido controlar la grieta por si acaso. No oigo música de violoncelo sino sonidos de gato. Saco de la grieta a la pobre Minnie. La gata corre inmediatamente hacia la habitación de mi hijito. Está enojadísima y con unos irritantes maullidos agudos logra despertar a Sebastián. Mi hijito la mira y luego la acaricia, diciendo: “Ay, Minnie, lo siento mucho. Tenés que perdonarme. Soñé que te había escondido en una terrible grieta”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Miércoles, 25 Marzo 2020

Mientras el virus está allí afuera a la espera de un paso falso nuestro, el aburrimiento va ocupando vastos espacios en nuestra casa. Mi hijito Sebastián me mira con ojos suplicantes y dice: “¿Sabés que los animales del zoológico me están extrañando mucho?”. Le digo: “Ay, hijo, sé que te morís por salir de la casa. Pero todo está cerrado y tenemos que respetar la cuarentena, por la salud nuestra y por la de los demás”. Sebastián insiste: “Pero ¿qué podemos hacer aquí adentro? Ya hice treinta dibujos, armé una ciudad con mis legos y leí todos mis libros. Esta casa ya no tiene nada de divertido”. No sé qué responderle a mi pobre hijito aburrido. Menos mal que me llama mi mejor amigo, el cineasta Tony Peredo, quien me dice en tono sorpresivamente alegre: “Hola, Allart, ¿ya te liberaste del aturdimiento que nos tenía entrampados como zombis durante tanto tiempo?”. Confieso: “No sé a qué te referís. Nunca me he sentido como un zombi. Nosotros aquí estamos en otra onda. Sebastián acaba de recordarme de los animales del zoológico. Antes solíamos visitarlos por lo menos tres veces por semana. La cuarentena arruinó nuestra rutina. Es una lástima no sólo para nosotros sino también para los mismos animales. Sebastián los adora”. Tony dice sin matices: “Rutina y aturdimiento son sinónimos. Estás hablando como un zombi”. Le advierto: “Si seguís insultándome voy a colgar. Pensé que tu llamada iba a ser una buena distracción en medio de un tedio cada vez más pesado. Parece que me equivoqué. Por ahora siento sólo molestia al escucharte”. El cineasta insiste: “Hablás como un zombi que se molesta rutinariamente. ¿No lo ves? Estoy tratando de despertarte. ¿No te das cuenta? La cuarentena nos está brindando una gran oportunidad para reinventarnos. Podemos, por fin, deshacernos de la rutina que nos aturde desde hace demasiado tiempo”. Comento: “El tuyo es un clásico discurso para los ricos. Hablás bonito como si la cuarentena fuera un regalo del cielo. Hablás de transformaciones desde una posición privilegiada con tu casa llena de comida. Mientras tanto, la gente normal está con miedo y sin comida”. Tony dice, no sin desprecio: “Estás aún peor de lo que pensé. Hablás como un zombi con envidia. Un zombi indoctrinado. No hay aturdimiento más fuerte que la anestesia ideológica”. Mi hijito Sebastián, en tanto, agarra mi brazo y dice: “Papá, colgá. Tengo una idea buenísima. Ya sé cómo podemos divertirnos aquí en la casa. No lo digas al tío Tony. Es un secreto”.

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