Santa Cruz de la Sierra
Allart Hoekzema

Allart Hoekzema

Write on Jueves, 21 Noviembre 2019

Mi hijito Sebastián pregunta: “Papá, ¿qué vamos a hacer esta tarde? ¿Tenés un plan?”. Contesto: “Siempre tengo un plan. Podríamos ir a la plaza 24 de Septiembre, a darle de comer a las palomas. Y luego podríamos ir al museo de historia natural”. Sebastián suspira: “¡Uf! ¡Qué plan tan malo! Ya fuimos a la plaza y al museo ayer. ¿Sabés qué, papá? Quiero ir al taller de la mamá. Ella sí que tiene siempre buenos planes”. La verdad es que con el calor que está haciendo en estos días no tengo muchas ganas de moverme, pero no puedo defraudarlo a mi hijito. Así que caminamos hacia el taller de mi esposa Emmita. Ella misma nos abre y Sebastián le pregunta si puede quedarse a jugar. “Ay, mi amor, lo siento. Tengo que ir a la casa de mi amiga Berenice. Tengo que dejarle un racimo de plátanos verdes. ¿Te acordás de la tía Berenice? Su madre tiene una pensión”. Ahora Sebastián pregunta: “¿Podemos ir contigo?”. Su mamá dice: “Vamos los tres. Y después vamos a ir al zoológico”. Nuestro hijito me dice: “¿Viste que la mamá tiene planes muy buenos?” En el auto le pregunto a Emmita: “¿Desde cuándo vendés plátanos verdes?”. Mi esposa explica: “Hay escasez de plátano verde por los bloqueos que están haciendo los seguidores del ex Gobierno. Pero yo tengo bastante plátano que me sobró de la olla común de las últimas semanas. La madre de Berenice está desesperada. El plátano verde es un ingrediente clave de todos sus platos criollos”. Llegamos a la casa de Berenice, quien nos da las gracias: “Esto significa todo para mi mamá. Acaban de salvarla. Ella quería cocinar locro de gallina. ¿Se imaginan un locro sin plátano verde? ¿Cuánto te debo, Emmita?”. Mi esposa le dice: “¿Estás loca? Te lo regalo”. Y Berenice, a su vez, dice: “¿Estás loca? El plátano verde vale oro”. Nos despedimos, para luego ir al zoológico. Resulta ser que no hay nadie en el zoológico; hace demasiado calor. Todos los animales están jadeando por aliento. El único que no sufre el calor es Sebastián, quien no para de correr. Ahora nos está esperando frente al espacio de los chanchos troperos. Grita: “¡Descubrí algo muy importante!”. Emmita y yo miramos a los chanchos troperos. Están comiendo. “¿Qué descubriste?” pregunto. Sebastián dice: “Miren bien. Los chanchos troperos están comiendo plátanos verdes. Tienen un montón de comida”. Emmita dice: “El zoológico acaparó plátano verde, como hice yo”. Nuestro hijito se acerca a un custodio. Con aire conspiratorio, le dice: “El plátano verde vale oro”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Miércoles, 20 Noviembre 2019

Mi amigo Teo, el viejo vendedor de periódicos, por fin volvió al mercadito El Trompillo, su lugar de trabajo. Lo saludo con un fuerte abrazo porque no lo he visto desde antes del paro cívico. Teo me dice: “Ay, querido Gringo, estos son tiempos muy difíciles”. Comento: “A cada generación le toca lidiar con tiempos difíciles, me temo. Lo importante es cómo reaccionamos ante las dificultades”. El viejo vendedor de periódicos confiesa: “El paro me arruinó. Yo vivo lejos. Durante casi un mes no pude venir aquí. No me dejaban pasar en los bloqueos. No querían entender que yo no podía dejar de trabajar. Todo se puso muy feo para mí, en serio, Gringo”. Le pregunto: “¿Y cómo sobrevivió?”. Teo contesta: “Menos mal que me ayudó mi hija. Me trajo comida todos los días. Es un tesoro, mi hija. Sé que usted tiene sólo un hijo, el Gringuito. Es mejor tener una hija. Una hija te ayuda en tiempos difíciles”. Digo: “Mi hijito Sebastián me da mucho apoyo y consuelo, le cuento”. Teo dice: “Noté que usted en estos tiempos muy difíciles sigue escribiendo sobre el Gringuito. Está bien. Por lo menos no escribe sobre Dios. La gente ahora habla demasiado de Dios. No está bien”. Explico: “Así son los políticos. Uno de ellos empieza así, invocando a Dios a cada rato. Y de repente se dan cuenta de que este truco funciona. Así que todos los demás lo van a imitar. El político es un imitador por excelencia. Así es en todo el mundo. Si por ejemplo un político un día decide invocar a una palmera supuestamente sagrada y resulta ser que este rito le da frutos, entonces todos sus colegas van a hacer lo mismo. Imagínese, Teo. Van a decir ‘si la palmera quiere’ o ‘que la palmera te bendiga’”. El viejo vendedor insiste: “La gente ahora habla demasiado de Dios. Yo soy católico, voy a misa, pero no lo digo a cada rato”. Digo: “Lo entiendo. Usted quiere decir que no es un exhibicionista religioso”. Teo repite: “Estos son tiempos muy difíciles, Gringo”. Trato de consolarlo, diciendo: “Pero el paro terminó y tenemos un Gobierno nuevo. Los políticos juran que van a organizar elecciones limpias. Todo mejorará. Hay que tener fe y paciencia”. El viejo vendedor de periódicos suspira: “Los pobres no vamos a estar mejor. Lo que yo veo, lamentablemente, es una especie de Restauración, el retorno del Antiguo Régimen. El Gobierno nuevo es el Congreso de Viena. Todo vuelve como antes, con las mismas caras viejas”. Pregunto: “¿Cómo es posible que usted hable del Congreso de Viena?” Teo dice: “No subestime a un pobre. No sea como ellos”.

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Write on Martes, 19 Noviembre 2019

Mi esposa Emmita le propone a nuestro hijito Sebastián: “Vamos a la casa de tu primo Sergito. Hace mucho que no lo ves. La última vez fue antes del paro, el día de las elecciones, si no me equivoco”. Sebastián exulta: “¡Sí, mamá! ¡Genial! ¡Vamos!”. En menos de media hora llegamos. Sergito nos abre la puerta y dice: “Hola tía, hola tío y hola Sebastiancito”. Nuestro hijito le dice: “Vos sos Sergito, pero yo no soy Sebastiancito. Me llamo Sebastián. Ya soy grande”. Su primo rebate: “Yo soy alto”. Sebastián reconoce: “Sí, vos sos alto, pero pronto te voy a alcanzar”. Sergito insiste: “Soy mucho más alto que vos”. Nuestro hijito explica: “Por ahora sos más alto que yo, pero esto va a cambiar. Además, yo soy más grande que vos. Yo tengo siete años, vos seis”. Sergito jura: “Pronto te voy a alcanzar, el año próximo ya”. Sebastián se ríe y dice: “No me vas a alcanzar jamás. Siempre voy a tener un año más que vos. Es lógico. Vos no lo entendés, porque no estás en primero de primaria sino en el kínder”. Mi esposa Emmita interviene, diciendo: “Por favor, dejen de discutir. Ustedes son primos, deberían llevarse bien. Vamos, Sebastián, dale un abrazo a Sergito”. Ahora Sergito dice: “Ya no quiero que la gente me llame Sergito. Quiero ser Sergio, porque soy alto y grande”. Le digo: “Tenés razón. Sos Sergio. Suena mucho mejor que Sergito”. Emmita le explica: “Nosotros te decimos Sergito para evitar confusiones. Tu papá también se llama Sergio, ¿no es cierto?”. Sergito le pregunta a mi esposa: “¿Y por qué Sebastián no se llama Allart? El tío Allart es su papá. No entiendo. Sebastián debería llamarse Allart o, mejor, Allarcito”. Y mirándolo a su primo le dice: “Ya no te voy a llamar Sebastiancito”. Sebastián dice: “Menos mal”. Sergito puntualiza: “No te voy a llamar Sebastiancito sino Allarcito”. Nuestro hijito dice: “Nunca me ha gustado el nombre de mi papá”. Ahora intervengo yo, diciendo: “¡Basta ya! Realmente, dejen de discutir. Ustedes son los peores primos del mundo”. Mi esposa dice: “Vayan a jugar. Sergito, tu mamá me contó que tenés una mascota nueva”. Sergito dice: “Sí, se llama Conipanda. Es un conejo”. Sebastián comenta: “Ay, Sergito, conejos no son mascotas. Los conejos deberían vivir libres, en la naturaleza. Por ejemplo, yo tengo tres gatos. Ellos son mis mascotas. No tengo conejos. Pobre Conipanda, no es una mascota”. Su primo le dice: “Entonces, no te lo voy a mostrar. Voy a jugar solito con Conipanda. ¡Chau! ¡Chau! Volvete a tu casa, Allarcito”.

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Write on Lunes, 18 Noviembre 2019

Mi mejor amigo, Tony Peredo, no sólo es un cineasta de notable talento sino también un gran experto en asuntos religiosos y paranormales. La coincidencia quiere que justo ahora Tony me llame. Resulta ser que no tiene ganas de hablar de la complicada situación del país ni de otras cosas terrenales. Me dice: “Allart, ya sabés que la historia de mi nacimiento es medio rara, ¿no es cierto? Sabés que yo nazco al mediodía. Cuando me llevan a la casa aparece un perro en el techo, un perro negro que me cuidó hasta los doce años, y de ahí desapareció”. Comento: “Naciste bajo una constelación extraña. Me recordás en cierto sentido a mi hijito Sebastián o, cómo decís vos, al ‘niño mágico’. El otro día, Sebastián me dijo: ‘Tengo una misión, papá. Tengo que viajar a los seis rumbos del espacio, es decir, norte, sur, este, oeste, arriba y abajo”. El cineasta observa: “No me sorprende. El niño mágico tiene una espiritualidad excepcional”. Digo: “Puede ser. Pero ¿cómo es posible que me hable en estos términos?” Tony explica: “Te habló de los seis rumbos del budismo. Tal vez el niño mágico no conozca el concepto. Sin embargo, lo percibe perfectamente. Por eso digo que tiene una espiritualidad excepcional”. Me disculpo: “Ay, Tony, vos sabés que en cuanto a la espiritualidad soy un analfabeta. ¿Me podés explicar algunas cosas básicas?”. El cineasta dice no sin hesitación: “Bueno, puedo hablar sólo de cosas que he percibido yo… Te confieso que es escalofriante ver a través de una mirada la muerte de las personas o ver que el cielo se raja a la mitad creando a un  tiempo dos realidades opuestas, cómo el día y la noche, que se perciben simultáneamente. O sea, ver que existe algo mucho más diferente a todo. De niño yo lloraba a menudo diciendo que el mundo era una gran mentira”. Digo no sin horror: “Ojalá el niño mágico no tenga esas percepciones”. Tony suspira: “Él es muy perceptivo, como yo. Muchas personas me piden consejos y me mandan fotos  de otras personas para saber qué es lo que veo yo a través de sus ojos. Estuve en varias iglesias o sectas en realidad, de magia roja y negra, buscando respuestas. Porque yo veo cosas que los demás no ven. Estuve un tiempo con los evangélicos y me decían ‘el televisor’. Me traían a la gente y yo la miraba y veía sus penas. Veo la energía de las personas, sus vibraciones y las traduzco en palabras”. Indago: “¿Y que ves cuando mirás a mi hijito Sebastián? Es como mirarte al espejo, imagino”. Tony revela: “En él veo mucha fuerza mental”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Viernes, 15 Noviembre 2019

Mi hijito Sebastián me despierta temprano en la mañana. Una lluvia torrencial azota el viejo techo de la casona cruceña de antaño de mis suegros donde seguimos haciendo vivac. “¡Papá, mira! ¡¿Viste la lluvia?! ¡Está lloviendo súper fuerte!”, exclama Sebastián. Le digo: “Lo sé, hijo. La lluvia empezó anoche, a las doce menos cuarto más o menos, y no ha parado”. Mi hijito me mira con aire conspiratorio y dice: “Fui yo”. Le pregunto: “¿En qué sentido?”. Sebastián repite: “Fui yo”. Indago: “¿Me estás diciendo que vos causaste la lluvia?”. Mi hijito explica: “Los que causaron la lluvia fueron los angelitos. Y el niño que rezó para que lo hicieran, fui yo. Se lo pedí con una oración muy especial”. Confieso: “Yo no sé nada de orar”. Sebastián dice con aplomo: “Lo sé, porque nunca vas a la iglesia. No lo entiendo. La iglesia de San Gabriel queda muy cerca, pero  nunca vas”. Repito: “No sé nada de orar. Sin embargo, no me parece de buen gusto pedir algo específico a través de una oración. Es decir, ¿cómo podés pretender que el azaroso Universo de repente cambie de rumbo? Huele a arrogancia pedir que el andamiento de las cosas se interrumpa por un capricho tuyo”. Mi hijito comenta: “Yo pido siempre favores a los angelitos. Y menos mal que me escuchan”. Observo: “Los angelitos no tienen nada que ver con esta lluvia. Vos sabés perfectamente cómo se forma la lluvia. Lo hemos leído varias veces en tu enciclopedia. Sabemos que las nubes están hechas de pequeñas gotas de agua y cuando las nubes se enfrían esas gotas se caen, ¿no es cierto?”. Sebastián dice: “Sí, papá, lo sé. Pero gracias a mi oración, los angelitos crearon un montón de nubes y luego se pusieron a soplar y soplar. Las nubes, entonces, sintieron frío y por eso cayeron las gotas de agua. Menos mal, en serio, porque la lluvia va a limpiar toda la ciudad. También va a limpiar mi colegio. Ayer olía muy feo en mi colegio, no sé por qué, pero ahora la lluvia va a solucionar todo”. Digo: “Tenemos que vestirte bien, mi hijito, con botas, impermeable y paraguas”. Mi hijito exulta: “¡Sí, papá, me encanta la lluvia! Anoche recé y recé y recé. Les pedí a los angelitos que nos mandaran muchísima agua, para los pobres animales en el campo, para las mascotas en las casas, para las aves en los árboles. Y también para nosotros, los seres humanos, los niños, los grandes, los abuelos. Para todos los bolivianos pedí agua. Necesitamos mojarnos todos, tomar agua, limpiarnos. ¿Lo podés creer? Fui yo”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Jueves, 14 Noviembre 2019

Estamos en el auto de mi esposa Emmita, de ida al colegio Adolfo Kolping. Nuestro hijito Sebastián está sentado en su silla de seguridad. Nos dice: “Tengo muchas ganas de volver al colegio. Extrañé mucho a mis compañeritos. También extrañé a las cotorritas en las ramas de los árboles frente al colegio. Menos mal que se acabó el paro”. Emmita le pregunta no sin desconfianza: “¿Estás hablando en serio, mi vida? ¿Estás contento de verdad?”. Sebastián dice: “Ay, mamá, ¿no me creés? Claro que estoy contento. Quiero volver al colegio y en la tarde quiero ir al zoológico y también al museo de historia natural”. Mi hijito toca mi hombro y pregunta: “Papá, ¿ya te sentís normal? Yo ya me siento normal. Durante el paro no me sentí normal. Fue un paro extraño, ¿no es cierto?”. Le digo: “Yo me siento normal también, por primera vez en más de tres semanas. Tenés razón, hijo. Fue un paro extraño. Hubo muchas cosas que me gustaron, sobre todo la calidad del aire. Vivir sin autos es una belleza. Pero ahora estoy contento, sobre todo porque ya no se siente la terrible tensión e incertidumbre”. Llegamos al colegio. Sebastián corre hacia su curso. Y Emmita y yo nos ponemos a charlar con María Helena, la psicopedagoga del Kolping. “Sebastián ha crecido en las últimas tres semanas. Está enorme. ¿Qué comió durante el paro?”, quiere saber María Helena. Emmita le dice: “No sé. Allart estuvo más con él. Yo trabajé en mi atelier mientras que ellos la pasaron en el bloqueo de la Madre India. Tal vez allí comieron mucho, es decir, más de lo normal”. La psicopedagoga indaga: “¿No será que Sebastián comió mucho por la tensión? Noté también que usted ha crecido, don Allart. Por lo menos, su barriga está más grande”. Confieso no sin sonrojo: “Sí, lo sé. Mi barriga está enorme. Es verdad, comimos bien y mucho durante el paro. La gente se mostró increíblemente generosa, en todos los bloqueos, no sólo en el nuestro. Vi muchos bloqueos en las últimas tres semanas”. Nos despedimos de María Helena. Propongo a Emmita: “Vamos a dar una vuelta en tu auto. Quiero ver cómo la gente ha dejado sus bloqueos. Quiero ver si los manifestantes se han portado bien hasta el final”. Pasamos por el cruce de la Madre India donde se han quedado tres toldos y una gran cantidad de escombros. Mi esposa exclama: “¡Qué barbaridad! Tu bloqueo es una vergüenza”. Digo con cobardía: “Sebastián y yo estábamos en el turno de la tarde. El turno de la noche no hizo su trabajo”.

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Write on Miércoles, 13 Noviembre 2019

Yosalid Vedia, profesora de primero de primaria del colegio Adolfo Kolping, acaba de mandarnos tres hojas de tarea: dos de matemáticas y una de lenguaje. El impacto es como un tremendo trueno en un cielo despejado, es decir, no lo esperábamos en absoluto. Justo estaba con mi hijito Sebastián planificando nuestra jornada. Queríamos ir a nuestro querido bloqueo de la rotonda de la Madre India. Queríamos pasarla bien con los vecinos ya que, por fin, parece que está echada la suerte. Pero la tarea arruina todo. Sebastián me dice: “Vamos a quemar las hojas. Tienen que desaparecer. Decile a la profe que nosotros seguimos con las vacaciones”. Comento: “No podemos negar la realidad, me temo. Tenemos que ser responsables, hijo. El paro está por terminar. Fueron tres semanas sin igual, pero ahora hemos de retomar nuestras vidas. Y el colegio forma parte de nuestra vida”. Mi hijito me mira como si fuera un detestable judas y, de hecho, me dice que soy un “traidor”. Decido ignorar su mirada y su comentario. Nos sentamos en el patio trasero con un ábaco y un lápiz. “Primero te toca matemáticas. Hay que hacer sumas sencillas y sumas llevando con dos cifras. Y luego tenemos que leer dos cuentos, acerca del conejo Alejo y una niña llamada Chavelita”. Sebastián reniega: “¡Uf! ¡Qué cosa más aburrida, papá! Quiero ir al bloqueo. Quiero llevar mi Lego y jugar con mis amigos allí. No quiero estar aquí en el patio”. En este momento me llama el cineasta Tony Peredo, mi mejor amigo, quien pregunta: “¿Qué hacés? Ya no estás en el bloqueo, me imagino. Ya es un capítulo cerrado, ¿no es cierto? Estamos en la siguiente fase, es decir, la reconstrucción de un país”. Le digo: “Estoy aquí en mi casa. Tenemos que hacer tarea con Sebastián. El problema es que él no quiere. Él quiere que el paro continúe para siempre”. El cineasta medita: “Ahora la ciudadanía tiene una tarea colosal. Tenemos que aprender de una vez que una democracia sana necesita de ciudadanos críticos, gente que sepa que lo importante no es qué pensar sino cómo pensar. No somos rebaño. Somos todos individuos libres que no buscan a un redentor ni a un caudillo”. Repito: “Sebastián no quiere hacer tarea”. Tony dice: “Pasame con él”. El cineasta habla unos cinco minutos con mi hijito quien, al final, me dice: “Okey, vamos a hacer la tarea”. Le pregunto: “Pero, hijo, ¿qué te dijo tu tío Tony?”. Sebastián explica: “Me va a regalar la caja de Lego más grande que haya si me porto bien durante todo el último bimestre”.

Allart Hoekzema   MIGAJAS

Write on Martes, 12 Noviembre 2019

Mi padre, ex presidente del partido liberal de los Países Bajos, con un conocimiento histórico superior al mío, me llama por teléfono. Pregunta: “¿Y ahora, hijo? Entendemos aquí en Holanda que el Presidente de Bolivia renunció. ¿Cuál es la situación?”. Contesto: “Ay, papá, la situación es bastante confusa. El paro cívico sigue y, sinceramente, la tensión no está bajando. Hay varios incidentes, actos de violencia, quemas de casas, etcétera. Sin embargo, nuestro barrio El Trompillo sigue siendo un oasis de tranquilidad”. Mi padre indaga: “¿Y vos? ¿Seguís manifestando en el bloqueo de la Madre India?”. Confirmo: “Todos los días paso con tu nieto Sebastián a saludar y charlar. Y Sebastián sigue jugando allí con los niños del barrio. Hice varios recorridos por todos los bloqueos de la zona. Te cuento que el nuestro es uno de los más tranquilos. Hay de todo. Vi por ejemplo en el primer anillo, cerca del monumento de Melchor Pinto, un piquete muy divertido y tolerante, con gente amable y generosa. Tenían un cartel, dirigido a la gente que había votado por el Presidente, que decía: ‘Siéntense, únanse a nosotros. La estamos pasando mejor que ustedes’. Pero también hay bloqueos donde la gente se muestra muy arrogante e intransigente. A propósito, papá, ¿te acordás de mi amigo, el cineasta Tony Peredo?”. Mi padre dice: “Claro, lamentablemente no lo conozco en persona, pero sí, indirectamente, por tus relatos sobre él y, sobre todo, por las películas suyas que he visto. Su último filme, ‘HURTADO’, me gustó mucho”. Explico: “Bueno, Tony está en un bloqueo donde hubo muchísima tensión durante todo el paro. Él me contó que una de las líderes es una vieja alcohólica, súper aguerrida e intolerante. Esta vieja sigue cobrando a la gente que quiere pasar. Supuestamente, está cuidando bien a sus nietos aquí en Santa Cruz. Su hija trabaja en España y le manda plata para los niños. Pero esta sinvergüenza los tiene prácticamente abandonados. Gasta la plata en cerveza. Y, mientras tanto, se hace la gran opositora ‘justa’ y ‘valerosa’”. Mi papá observa: “La ironía de la historia quiere que entre los ‘justos’ a menudo haya gente de muy mala calidad. Y viceversa. Pero ahora ustedes tienen que estar particularmente atentos. La victoria para la oposición está cerca. Ahora lo que hay que evitar es revanchismo. El peligro de que vaya a haber persecuciones es grande. O sea, los ‘justos’ no tienen que volverse ‘jacobinos’. Hay que evitar el Terror. Hay que ser empático en la victoria. Que nadie se transforme en Robespierre”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

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