Santa Cruz de la Sierra
Allart Hoekzema

Allart Hoekzema

Write on Martes, 15 Octubre 2019

Mi amigo Teo, el viejo vendedor de periódicos del mercadito El Trompillo, me mira no sin preocupación. Dice: “Ay, Gringo, ¿cómo anda? Debería poner uno de esos parches chinos en su tobillo. Son parches de calor, ¿los conoce? Son milagrosos”. Le explico: “Mi fisioterapeuta cubano no cree en milagros. Me prohíbe todo tipo de parches y ungüentos terapéuticos. Me está curando con pulsaciones eléctricas, una lámpara infrarroja y masajes. Estoy haciendo esa terapia en la casa de mi suegro don Hugo Sosa”. Teo insiste: “Se lo prometo. Con un parche chino va a dejar de cojear. Espere, Gringo. Yo los llevo siempre conmigo, por si acaso”. El viejo vendedor de periódicos saca un parche térmico chino de uno de los innumerables bolsillos de su chaleco rojo. “Bonito su chaleco, y muy práctico, ¿no es cierto?”, comento. Teo dice: “Lo gané en una rifa de ‘La Estrella del Oriente’”. Me pasa el parche chino diciendo: “Se lo regalo. No le diga nada a su fisioterapeuta cubano”. Lo pongo rápido en mi bolsillo, como si se tratara de una sustancia prohibida. Ahora escucho una voz familiar detrás de mí que me pregunta: “¿Qué tenés escondido allí en el bolsillo de tu pantalón?”. El cineasta Tony Peredo sonríe y me abraza con su típica exuberancia siciliana. Teo explica: “Le regalé al Gringo un parche de calor chino. Sigue cojeando. Su fisioterapia no sirve”. Mi mejor amigo Tony observa: “Pero, Allart, el cumpleaños de tu hijito fue hace más de una semana y seguís renqueando. ¡Qué barbaridad!”. Digo: “Me voy a reponer, no te preocupes. Además, el cumple y esa desafortunada piñata al final valieron la pena, porque mi hijito Sebastián me sigue diciendo que fue el mejor día de su vida”. El cineasta medita: “A mí nunca me festejaron un cumpleaños, que yo recuerde, de niño. Porque, bueno, yo era el mayor y, encima, mi cumple caía quince, o sea, justo cuando la plata empieza a escasear. Y sí, a mis hermanas alguna vez les organizaron  su fiesta con piñata y todo. Pero yo era demasiado tímido como para acercarme y empujar a los demás. No era de ese estilo de gente que se tira  y se abalanza. Recuerdo que en esa fiesta los padres de los niños también se metieron”. Digo: “Ay, sí, qué feo. En el cumple de Sebastián una madre arrancó el estómago de la piñata y me piso el dedo gordo del pie. Así que me caí, lastimándome el tobillo”. Teo dice: “Poné el parche chino ese. Es milagroso. De verdad”.

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Write on Lunes, 14 Octubre 2019

“Vamos, chico. Tú puedes, chico. No te rindas. Sigue moviéndote, chico”, le dice el fisioterapeuta cubano Luis a mi suegro don Hugo Sosa quien está haciendo un ejercicio especial para estimular la circulación sanguínea de sus ancianas piernas. Mi suegro le lleva unos sesenta años, pero Luis insiste en llamarlo “chico”. Yo, que soy unos quince años mayor, por supuesto también soy un “chico” para él. Estoy sentado en el sofá, al lado de don Hugo, con mi pie derecho conectado a través de una infinidad de cablecitos a una máquina que manda pulsaciones eléctricas por los ligamentos y músculos alrededor de mi tobillo. “¿Por qué pusiste un ungüento mentolado en tu tobillo, chico? Eso no sirve. Empeora la inflamación, chico”, me reprocha el fisioterapeuta cubano quien ahora mira a don Hugo diciéndole: “Oye, chico, dile a tu yerno que no sea terco. Que me escuche, ese chico irresponsable”. Nadie le habla de manera tan directa a mi suegro. Don Hugo le sonríe a Luis y le explica: “Allart es nórdico. Los holandeses son personas altas, pero tienen una debilidad notoria, es decir, sus talones tienden a ser muy vulnerables”. Admito: “No sé si se puede generalizar el asunto. Pero en mi caso es verdad. Mi talón derecho literalmente es mi talón de Aquiles”. Don Hugo insiste: “Es un defecto general, en serio. Nosotros aquí tenemos talones de guarayo, gruesos e indestructibles. Para nosotros, caminar descalzos en la arena tiene el efecto de un spa, o sea, es un tratamiento de pedicura que limpia la planta del pie. Sin embargo, si Allart camina en la arena se hace daño”. Comento: “Me va a disculpar, don Hugo. Yo no lastimé mi pie en la arena, sino que fue un ridículo accidente. Me caí al vaciar la piñata en el cumple de mi hijo. O, mejor dicho, las madres me tumbaron durante la piñata”. Don Hugo dice lacónicamente: “Eso no le hubiera jamás pasado a un guarayo”. El fisioterapeuta Luis observa: “Los cubanos debemos ser parientes de los guarayos, porque nosotros también tenemos talones de hierro”. Le pregunto: “¿No hay modo de reforzar de alguna manera mis talones, doctor?”. Luis dice, seco: “Tienes que seguir mi terapia al pie de letra, chico. No inventes”. Insisto: “Pero ustedes que son expertos en santería, ¿no tienen algún truco?”. Don Hugo sugiere: “Existe un truco guarayo. Prácticamente, hay que mojar los zapatos con agua y alcohol y luego dejarlos en el congelador durante un día entero. Y luego te los ponés”. Luis le dice a él también: “No inventes, chico”.

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Write on Lunes, 14 Octubre 2019

Acabo de pasar por una experiencia traumática. La piñata del séptimo cumpleaños de nuestro hijito Sebastián fue una auténtica batalla campal, con participantes aguerridos e inclementes. Los más feroces no fueron los niños, sino las madres. Una, inclusive, me plantó un tacón de aguja en el dedo gordo de mi pie izquierdo, tras lo cual me  desplomé. Lo siguiente es una reconstrucción de los hechos. Todo empezó el día de sábado muy tempranito cuando Sebastián me despertó diciendo no sin dramatismo: “Ay, papá, mirá. El tiempo se equivocó. Está lloviendo y hace frío. Mi cumpleaños va a fracasar”. Le dije: “No te preocupes, hijo. No va a fracasar. Tu mamá organizó todo. Ella está preparada para cualquier capricho del clima. Además, ya controlé las previsiones anoche. A las dos de la tarde va a dejar de llover y tu fiesta recién empieza a las tres y media. Entonces, tranquilo”. Y así fue. Dejó de llover a las dos. Sin embargo, el viento gélido no quiso aplacarse. Al llegar a las tres al jardín de mis suegros, como todos los años maravillosamente decorado para la ocasión, Sebastián corrió hacia su abuela Josefina y su tía Yudit para quejarse. “Ay, ¿vieron lo que hizo el tiempo hoy conmigo? Se equivocó”, insistió mi hijito. Mi suegra y la tía, ambas venezolanas y, como todas las caribeñas, híper friolentas, me miraron con horror por mi indumentaria alegre e híper veranera. “Mi papá es holandés. Nunca siente frío. Pero yo sí. Yo no soy holandés”, dijo Sebastián. Su tía Yudit dijo: “Sí, lo sabemos, mi niño. Tú eres caribeño”. Luego mi hijito le preguntó: “Tía, ¿no creés que mi fiesta de cumpleaños va a fracasar por el frío?”.  La tía Yudit contestó: “Todo lo contrario, mi amor. Tu fiesta va a ser una fiesta caribeña”. Y tenía razón. Una infinidad de niños y niñas (con sus madres) llenaron el fantástico jardín de mis suegros. Nadie se quejó del frío. Todo el mundo se divirtió, jugando, cantando y bailando. Y Sebastián estaba feliz y agradecido. No sé cuántas veces le dio las gracias a su mamá por haberle regalado, como dijo él, “el día más bello de mi vida”. Y, efectivamente, fue un día bellísimo… hasta que empezó a sonar la clásica musiquita: “Rómpela, rompe la piñata. Dámela, dale a la piñata”. Bueno, yo le di a la piñata y la rompí, con una infinidad de niños y niñas (con sus madres) rodeándome. Hasta que un tacón de una madre particularmente ávida le dio al dedo gordo de mi pie izquierdo y casi lo rompió. Todo se vino abajo. Los niños salieron ilesos.

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Write on Viernes, 04 Octubre 2019

Mi amigo Teo, el viejo vendedor de periódicos en el mercadito El Trompillo, dice: “Gringo, me va a disculpar, pero ¿por qué no habla casi nunca en sus artículos sobre la política? Una de las tareas del periodismo es ayudarnos a los ciudadanos a formar opiniones políticas, ¿no es cierto?”. Digo: “¿Y por qué de pronto quiere que yo hable de política. La última vez, cuando le pregunté por quién iba a votar, casi me insultó”. Teo explica: “Eso fue porque usted lo iba a publicar en el periódico y yo no quiero que la gente sepa de mis preferencias políticas. Pero se lo digo en serio, Gringo. Usted debería buscar más temas políticos. Prácticamente, está hablando sólo de su vida en familia y en el barrio. Un periodista verdadero brinda un servicio público, estimulando a la gente a tomar determinadas posiciones políticas”. Confieso: “Lo que pasa es que mis opiniones políticas no son muy fuertes. Sinceramente, puedo cambiar de idea de un día para otro. Además, no me gusta hablar de política. Me doy cuenta de que aquí en Bolivia les encanta a las personas hablar de política. Sin embargo, pienso que en los países más felices y socialmente equilibrados la política no es un tema de la charla cotidiana”. El viejo vendedor de periódicos observa: “Pero en uno de sus artículos en ‘La Estrella del Oriente’ usted contó que todos los domingos suele hablar por teléfono sobre la política con su padre en Holanda”. Admito: “Es verdad, a mí padre le encanta hablar de política. Él tiene este, digamos, talento particular de saber desviar tarde o temprano todas las conversaciones hacia la política. Quizá se trate de un talento que todo político tiene. Usted sabe que mi padre era político, ¿no es cierto?”. Teo responde: “Claro que sí. Pero ¿era un político bueno?”. Pregunto: ¿En qué sentido ‘bueno’?”. Teo suspira no sin impaciencia y explica: “Bueno en el sentido de poderoso. O sea, ¿su padre tenía mucho poder en Holanda?”. Digo: “No sé, imagino que sí. Él llegó a ser presidente del partido liberal y senador. Además, fue tres veces alcalde. Me confesó una vez que durante su carrera política tenía muchos amigos. Pero cuando se retiró la mayoría de ellos lo abandonó. Podemos decir que mi padre se ha dado cuenta en persona de que el poder engaña al que lo tiene. En realidad, el poder es efímero. No cuenta nada.” Teo medita: “Ay, Gringo, a mí me gustaría tener el poder en este país. De verdad.” Yo le prometo: “Ay, Teo, el día que usted llegue al poder, lo abandonaré como amigo”.

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Write on Miércoles, 02 Octubre 2019

Como es sabido, ciertas partes del piso de la catedral de Santa Cruz de la Sierra se parecen a un tablero de ajedrez. Al entrar al templo sagrado, Sebastián me dice: “Yo no puedo pisar las losas negras y vos no podés pisar las losas blancas”. Mi hijito salta a la pata coja por toda la iglesia hasta llegar al museo de arte sacro ‘Monseñor Carlos Géricke Suárez’. Comenta: “Papá, ¡qué milagro! El museo no está cerrado. Por fin arreglaron el piso. Entremos”. Pregunto: “¿Estás seguro de que te va a gustar?”. Sebastián contesta: “Creo que sí. A mí me gustan los museos. Mi museo favorito es el museo de historia natural”. Observo: “En realidad, es el único museo que conocés”. Mi hijito dice: “Por eso. Entremos”. Resulta ser que el nuevo piso del museo de arte sacro es blanco; no hay losas negras. “Vos no podés entrar, yo sí”, dice Sebastián. “Suspendamos un momento nuestro juego, ¿de acuerdo?”, propongo. Mi hijito me concede el favor y entramos. “¿Querés escribir tu nombre en el libro de los visitantes?”, pregunto. Sebastián contesta: “No me gusta escribir. Leer sí, escribir no”. Digo: “Ah, claro, se me olvidó”. Mientras anoto mis datos en el libro, mi hijito se dirige hacia una maqueta de la catedral hecha de madera. Le enseño una estatua del niño Jesús con los brazos abiertos que está al lado de la maqueta. Le pregunto: “¿No te gusta el niño Jesús?”. Sebastián dice: “Me gusta la catedral. Es la misma catedral que estaba en el supermercado durante todo el mes de septiembre. ¿Te acordás, papá?”. Insisto: “Pero el niño Jesús se parece mucho a un angelito. A vos te gustan los angelitos, ¿no es cierto?”. Mi hijito responde: “Sí, pero a mí me gustan sobre todo los angelitos chiquitanos y también los angelitos que dibuja la mamá”. Comento: “La próxima vez tenemos que venir aquí con la mamá. Ella es experta en arte sacro. Nos podría enseñar muchas cosas”. Ahora Sebastián quiere saber en qué exactamente soy experto yo”. Le confieso: “Soy periodista. Sabemos un poco de todo o, por los menos, fingimos, pero no somos expertos en nada”. En la siguiente sala vemos un candelabro de plata con siete brazos. Mi hijito dice: “Quiero este candelabro. Es perfecto para mi cumpleaños. Voy a cumplir siete años el próximo viernes. Quiero soplar siete velas. Comprémoslo, papá”. Le explico: “No es una tienda. Todos los objetos aquí no están en venta”. Sebastián dice: “Vamos al supermercado. Vamos a comprar la catedral del mes de septiembre”.

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Write on Martes, 01 Octubre 2019

“Te veo contento esta noche, como si alguien acabara de alabarte. Sé que te agradan los cumplidos. Sos tan vanidoso como yo”, dice mi mejor amigo, el cineasta Tony Peredo. Estamos sentados en el patio posterior de mi casa, bajo un cielo oscuro, oprimente y denso. “Estoy pensando en una querida amiga mía. ¿Te acordás de Anahí?”, le pregunto. Tony dice: “Claro, la cirujana plástica de Montevideo. Excelente mujer, culta y calurosa. Y su marido también, Yamandú. ¡Qué personas más agradables! Inteligentes los dos, y modestos. Sabios, diría”. Explico: “Anahí lee siempre mi columna en ‘La Estrella del Oriente’. Se la mando todos los días”. El cineasta comenta: “Es bueno tener una lectora. Yo me imagino a mi público siempre como una sala llena de mujeres inteligentes y atractivas. Me inspira mucho más en el proceso de la creación”. Coincido: “Sí, ¡guau!, nada más estimulante que una sala llena de musas”. Tony dice: “Mandale besos, saludos y un fuerte abrazo a Anahí por parte mía, y obviamente a Yamandú también. Deciles que los extrañamos”. Confieso: “Estoy contento porque, efectivamente, Anahí acaba de alabarme. Me escribe que le gusta mi manera de escribir ya que, según dice ella, dejo siempre ciertos mensajes”. El cineasta pregunta: “¿Y qué le contestaste?”. Digo: “Le expliqué que mis mensajes a menudo no son tan deliberados. Parafraseé a Kipling diciendo, prácticamente, que escribo la fábula sin conocer la moraleja”. Tony dice: “Ah sí, conozco la frase. Borges la cita en varios textos suyos. Vos sabés que yo logro salvarme en ciertos ambientes cultos gracias a mis lecturas de Borges”. Observo: “Yo sé que tu falsa modestia es tan notoria como la mía. Sos el amigo más culto que tengo”. El cineasta me mira no sin gratitud. Me dice: “Pero lo que le dijiste a Anahí no es verdad. Vos, en realidad, sos un moralista. Y eso es inevitable porque sos holandés. Los holandeses son un pueblo admirable con grandes logros sociales. Un pueblo abierto pero también sabelotodo. O sea, opinan mucho. Podemos decir que es un pueblo bastante intruso”. Reconozco: “Tenés razón, creo, en cuanto a la índole holandesa. Pero yo vivo fuera de mi país desde el lejano 1992. Mi moralismo holandés se ha diluido muchísimo en el transcurso de los años, ¿no es cierto?”. Tony dice: “Sospecho que vas a escribir sobre esta conversación”. Yo digo: “Es probable”. El cineasta concluye: “Cuando salga la columna yo te voy a explicar la moraleja”.

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Write on Lunes, 30 Septiembre 2019

“Acabo de hablar con la abuela. Me dice que está con mucha hambre. Vamos a comprar comida”, anuncia mi esposa Emmita. “¿Puedo elegir el restaurante?”, pregunta nuestro hijito Sebastián. “Esta vez no, mi vida”, le dice Emmita. “Ay, ¿por qué no? Soy muy bueno para elegir restaurantes”, protesta Sebastián. Tiene razón. Él elige los restaurantes y, al igual que los famosos franceses de Michelin, suele darles estrellas. Pero su criterio no es la calidad de la comida sino la presencia de animales. El otro día, por ejemplo, le quitó una estrella al restaurante chino Hua Yuan de nuestro gran amigo Armando porque su acuario no contenía ni un pez. En cambio, Chifa Wonderly, otro restaurante chino, mantiene desde hace muchos años sus tres estrellas porque su acuario siempre está repleto de hermosos peces dorados. La Choza de Dorys, un local que sirve comida criolla, también es uno de los favoritos de Sebastián. Su gran atracción no es un acuario, sino una enorme paraba azul amarillo. A nuestro hijito le encanta hablar con esa ave y darle semillas de girasol.

“¿Mamá, por qué esta vez no puedo elegir el restaurante?”, insiste Sebastián. “Porque la abuela Josefina quiere comer fricasé. Y vos no conocés ningún restaurante especializado en fricasé”, explica Emmita. Nuestro hijito me mira y pregunta: “¿Te acordás de que anteayer pasamos por un restaurante con un cartel que decía ‘Fricasería Doña Hilda’?”. Ahora Emmita me mira y pregunta: “¿Dónde queda esa fricasería?”. Digo: “No tengo idea”. Para nuestra sorpresa, nuestro hijito dice: “Tercer anillo externo, andando hacia la Santos Dumont”. Emmita dice: “Vamos a  visitarla a doña Hilda”. Sebastián dice: “Ojalá tenga animales”. Bueno, resulta ser que doña Hilda es una simpática y generosa señora paceña que sirve seis platos diferentes, es decir, fricasé, chicharrón, thimpu, chicharrón mixto, caldo de cordero y sajta de pollo. “¿Te inspira algún plato?”, le pregunto a Sebastián mientras Emmita pide cuatro porciones de fricasé y dos porciones de chicharrón. “No, papá. Voy a hacer pis”, dice nuestro hijito, decepcionado. En menos de diez segundos vuelve de los baños exclamando: “¡Papá! ¡Papá! Vení. ¡No lo vas a creer!”. Vamos a un pequeño patio interno y vemos al lado de los baños cuatro jaulas llenas de periquitos y canarios. “Amo a las aves”, me dice Sebastián. Yo digo: “Lo sé, mi hijo. ¿Qué tal el restaurante? ¿Cuántas estrellas merece?”. Nuestro hijito dice: “Muchísimas. Es el mejor restaurante del mundo”.

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Write on Viernes, 27 Septiembre 2019

Mi hijito Sebastián mira a una niña que está haciendo pompas de jabón cerca del ingreso del zoológico. No dice nada. Compramos las entradas, saludamos a la custodia y entramos. Al cabo de un par de minutos, mi hijito me pregunta: “¿Qué pasa con una burbuja cuando revienta?”. Contesto: “Desaparece”. Sebastián me mira y entiendo que mi respuesta no lo satisface. Hago otro intento: “Digamos que la burbuja muere”. Mi hijito me corrige: “No puede morir porque la burbuja no es un ser vivo. Nosotros somos seres vivos, porque nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos. La burbuja no”. Reconozco: “Ah sí, claro, tenés razón, hijo. A lo mejor podemos decir que la burbuja deja de existir. Surge de la nada y retorna a la nada. ¿Está bien?”. Sebastián dice: “No sé, papá. Ahora es tu turno. Tenés que preguntarme algo”. Le pregunto: “¿Qué recorrido querés hacer, el sólito?”. Mi hijito dice: “Ay no, papá. ¡Qué pregunta más aburrida! Tenés que hacerme una pregunta verdadera y divertida”. Digo: “De acuerdo. Entonces, te pregunto por qué los loros habladores no hablan. ¿Qué tal? ¿Es una pregunta verdadera y divertida?”. Sebastián responde: “Más o menos”. Pregunto: “Pero ¿cuál es tu respuesta a la pregunta sobre los loros habladores que no hablan?”. Mi hijito dice con aplomo: “No hablan con vos, pero hablan entre ellos y conmigo también”. Llegamos a la cueva del jucumari y Sebastián quiere saber por qué se llama así. Le digo que el jucumari murió hace unos años. Agrego: “Ahora se encuentra en el museo de historia natural. Está allí, disecado”. Ahora mi hijito pregunta: “¿Dejó de existir?”. Contesto: “Bueno, murió pero no dejó realmente de existir. Su existencia se transformó. Dejó de existir como ser vivo, pero sigue existiendo como objeto”. Observamos la ex cueva del jucumari. Vemos a un tapir saliendo. “Deberían cambiar el cartel. Debería llamarse la ‘cueva del tapir’”, comenta Sebastián y luego me pregunta: “Papá, ¿creés que el tapir sabe que antes el jucumari vivía en esa cueva?”. Digo: “No creo”. Mi hijito dice: “Yo sí. El tapir lo sabe. Creo que sabe que antes había algo. Yo sé que la nada no existe y el tapir lo sabe también. El único que no lo sabe sos vos, papá.” Ahora pregunto: “¿Querés ir a la fosa del jaguar?”. Sebastián exclama: “¡Sí, quero saludar al ‘Tesoro’!”. Decido no decirle a mi hijito que el pobre jaguar Tesoro se murió. El que está en la fosa es otro. No quiero contárselo. Tengo miedo a lo que Sebastián me pueda preguntar.

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