Santa Cruz de la Sierra
Allart Hoekzema

Allart Hoekzema

Write on Lunes, 03 Febrero 2020

Estoy comprando tres  entradas para el zoológico municipal, diciendo como siempre: “Un mayor, un menor de seis años y un menor de siete años”. Mi hijito Sebastián me pregunta: “¿Por qué no decís un mayor de cincuenta años? Yo tengo siete años, Sergito seis y vos cincuenta, ¿no es cierto?”.  Explico: “Ay, lo sé, pero nunca me he acostumbrado a mi edad. No me gusta decir que tengo cincuenta años. Es demasiado desalentador”. La cajera del zoológico comenta: “Ya es la cuarta vez esta semana. Nunca he visto a un abuelo con sus nietos que nos visitan tan seguido como ustedes”. Mi sobrino Sergito explica: “Él es mi tío Allart. Es el papá de mi primo Sebastián”. Mi hijito agrega: “Mi papá estuvo con dengue. Por eso se parece a una persona anciana. Pero ya se va a reponer”. La cajera me dice: “Ah, lo siento. No quería ofenderlo. No sabía que estaba enfermo. Que se mejore y que se divierta en nuestro zoológico”. Entramos y los niños corren hacia la zona detrás de los kioscos con peluches y juguetes. “Este es el recinto donde los animales recién llegados tienen que aclimatarse. Aquí se van a acostumbrar despacio a la vida en el zoológico. Luego pasan a su casa permanente”. Sergito pregunta: “Tío, ¿se acuerda que aquí había unos gallos locos que cantaban todo el tiempo? ¿Adónde se fueron esos gallos? Nunca les dieron una casa permanente”. Contesto: “No estoy seguro. A lo mejor esos gallos locos nunca se aclimataron bien”. Sebastián dice: “Los gallos locos están en una granja, creo. El zoológico no es un buen lugar para ellos. Hay muchos animales peligrosos aquí. Mirá, Sergito, allí atrás”. Mi hijito nos enseña a un puma que se encuentra en una jaula detrás de una pajarera. Mi sobrino exclama: “¡Guau! ¡Un león! ¡Quiero ir a saludarlo!”. Comento: “Pobre puma, mejor dejarlo en paz”. Detrás de nosotros, alguien pregunta: “¿Quieren verlo desde cerca?” Reconozco la voz. Es la misma persona que me calificó de abuelo. La cajera dice: “Se terminó mi turno. Tengo las llaves”. La mujer abre el recinto y nos dirigimos hacia la jaula del puma. Sebastián dice: “Me gustaría acariciarlo y decirle que todo está bien”. Sergito le pregunta a la mujer: “¿Cómo se llama el león?”. La cajera explica: “No tiene nombre todavía. Acabamos de rescatarlo”. Mi sobrino dice: “¿Cómo va a aclimatarse si no tiene nombre? Lo voy a llamar el león Sergio. Es un nombre muy bonito”. Mi hijito dice: “Sergio no es un nombre bonito. Lo vamos a llamar Sebastián. Así el puma Sebastián se va a aclimatar súper bien”.

Allart Hoekzema   MIGAJAS

Write on Viernes, 31 Enero 2020

Huelga decir que mi padre tuvo una larga carrera política en Holanda. Últimamente, lo mencioné a menudo en mis columnas para ‘La Estrella del Oriente’. Tampoco es necesario alargarme en su cultura y sabiduría. No obstante, lo hago igual: el conocimiento acumulado en ocho décadas por mi padre no es sólo fruto de sus apasionadas lecturas sino también de una vasta experiencia concreta y concienzuda en lo que es vivir cotidianamente en el barro social y lidiar con todo tipo de lío humano. Además, mi padre no es un hombre desprovisto de empatía. Justo ahora me llama por teléfono. Me pregunta: “¿Ya superaste el dengue, hijo?”. Explico: “La enfermedad ya no se encuentra en mi sangre. Pero las secuelas siguen molestándome mucho. Me cuesta caminar, por ejemplo”. Mi padre comenta: “No sos la única víctima, entiendo. Hay una verdadera epidemia de dengue en Bolivia, ¿no es cierto? Vi aquí en la prensa local unas fotos tan preocupantes como vergonzosas de un hospital cruceño repleto de niños contagiados durmiendo en el piso. Me vas a disculpar, hijo, porque sé que te gusta vivir allí, pero son imágenes típicas de la falta de orden, eficiencia y organización del tercer mundo”. No tengo argumentos para desmentirlo. Entonces, opto por no decir nada. Mi silencio no lo desanima a mi padre. Prosigue fervorosamente: “Y leí otra cosa sobre Bolivia que cierto no me dejó indiferente tampoco. Ayudame a entender, si podés. Conociendo la historia socio-política del mundo, sé que las revoluciones verdaderas, o sea, las que consiguen un cambio exitoso hacia una situación menos inhumana, se realizan sin tener que recurrir a medios violentos. La idea de la eficacia de la lucha armada no es solo obsoleta sino también falaz en sus principios teóricos. Ahora bien. Allí donde te encontrás vos, una gran mayoría de la población logró tumbar de manera pacífica a un gobierno que era percibido cada vez más como prepotente y alejado de la realidad. Luego se instaló a una presidenta provisoria quien, junto a su gabinete, tenía dos tareas claras: garantizar una transición tranquila y organizar lo más pronto posible elecciones limpias. Y ahora acabo de enterrarme de que la misma mujer de repente decidió dejar su papel de presidenta neutral. Decidió postularse y ya no es una figura ‘super partes’. Hijo, explícame, ¿qué le está pasando a esta mujer? No puede actuar así, dado su rol histórico”. Digo: “Cuidado, papá. Ella dice que semejantes críticas son una expresión del machismo”. Mi padre repite: “¿Qué le está pasando? ¿Acaso está con dengue también?”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Miércoles, 29 Enero 2020

Estamos tomando té en la cocina de la casa de la tía Angélica. Mi sobrino Sergito le dice a mi hijito Sebastián: “Pronto voy a viajar a Estados Unidos”. Sebastián rebate: “Mi mamá ahora está en Estados Unidos”. Sergito le pregunta: “¿Y vos alguna vez fuiste a Estados Unidos?”. Mi hijito dice: “No, nunca. A mi papá no le gusta ese país. Dice que es feo. No sé por qué. Pero tengo la visa para Estados Unidos. Me la dieron hace dos años en La Paz. ¿Vos alguna vez fuiste a La Paz?”. Mi sobrino dice: “Claro. Todo el mundo conoce La Paz”. Sebastián medita: “La Paz es muy bella. Me gusta muchísimo el teleférico. La Paz es como un gran parque de diversión”. Mi mejor amigo, el cineasta Tony Peredo, quien me visita todos los días para averiguar mis avances en la lucha contra las fastidiosas secuelas del dengue, comenta: “No creo, Sebastián, que alguien antes de vos haya definido a La Paz como un gran parque de diversión. Yo, personalmente, no la hallo tan divertida”. Coincido: “Yo tampoco. No hay parangón entre La Paz y Santa Cruz de la Sierra en cuanto a diversión”. Sergito insiste: “Pronto voy a viajar a Estados Unidos. ¿Saben que allí existen los mejores parques de diversión?’. El cineasta dice: “Ah, entonces vas a ir a Orlando, ¿verdad? Orlando y Miami son los destinos favoritos de los bolivianos”. Lo corrijo: “De ciertos bolivianos”. Tony dice: “De acuerdo, pero es sólo un asunto de poder adquisitivo. O sea, si todos los bolivianos tuvieran dinero, invadirían colectivamente a Orlando y Miami. Aquí hay una alarmante escasez de cultura. Si tuviéramos suficiente noción de la belleza, iríamos a Buenos Aires”. De nuevo, coincido: “Buenos Aires es bellísima, la única ciudad europea en toda América Latina”. Ahora el ítalo-argentino Tony Peredo da rienda suelta a sus pasiones por el Viejo Continente, diciendo: “Como allí arriba es, debe de ser aquí abajo. En Europa entienden este lema divino muy bien, en América Latina no y tampoco en Estados Unidos. Europa es la cuna de la belleza. Europa es como un bálsamo para el alma. Ciudades como París, Roma, Madrid, Viena, pero también Ámsterdam o Londres son sublimes. ¿Orlando y Miami? Nada que ver. Son ciudades ordinarias. En la arquitectura de Europa se reconoce el diseño de Dios. Eso es la belleza, es decir, Dios obrando en las construcciones del hombre”. Por tercera vez, coincido con mi mejor amigo, observando: “Realmente, en cuanto a belleza, Europa es el paraíso en la tierra”. Mi sobrino le pregunta a mi hijito: “¿Querés viajar conmigo a Estados Unidos?” Sebastián exclama: “¡Sííí! ¡Vamos!”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Martes, 28 Enero 2020

… entonces, bajo el cielo amenazador del mar del Norte, mientras me encuentro en una balsa, decido cerrar mis ojos. Necesito pensar. Es decir, lo que necesito es un mínimo de orden. Ojalá lo encuentre a pesar de las olas del azar y los vientos del caos. Respiro hondo y oigo los ruidos familiares de toda la gente que todos los días frecuenta la casa de la tía Angélica. Oigo también, menos mal, las voces de mi sobrino Sergito y de mi hijito Sebastián. Ahora me doy cuenta de que los niños están jugando en la misma habitación donde me hallo yo. Finalmente mi conciencia se ubicó. Ya sé lo que estoy haciendo en la realidad. Como de costumbre, estoy escribiendo una columna. No estoy en un escenario onírico sino en un ambiente concreto y tranquilizador. Mientras peso las opciones de los varios rumbos que mi columna puede tomar, mis párpados nuevamente ceden dejándose engañar por los falsos encantos del sueño. Entonces, heme otra vez en la desalentadora balsa luchando contra todos los nefastos elementos nórdicos. A lo lejos creo divisar la costa de Holanda. La playa y las lomas parecen ser las del pueblo donde viven mis padres. Sí, estoy seguro porque reconozco el faro alto y rojo cuya luz me roza. Las olas y los vientos siguen azotando la fragilísima balsa. No tengo nada que se asemeje a un remo. La realidad o, mejor dicho, la rara situación que se está presentando en mi horrible sueño no ofrece ningún tipo de consuelo. No queda otro remedio que volver a cerrar los ojos. En el limbo entre el sueño y la vigilia busco desesperadamente el confort de la casa de la tía Angélica. Abro los ojos y con espanto constato que sigo siendo un juguete de las olas y los vientos del mar del Norte, mientras la costa de Holanda queda tan lejana como antes. Al cerrar de nuevo los ojos, vuelvo al limbo. Pero esta vez encuentro el sendero torcido y secreto que lleva a mi habitación, donde siguen jugando mi sobrino Sergito y mi hijito Sebastián. Reemprendo la escritura. O sea, intento escribir como si todo fuera normal y real. Pero no puedo formar ninguna frase convincente. ¿Cuál es la realidad? ¿Cuál es el sueño? Este mar de dudas en la casa de la tía Angélica se transforma de nuevo en el despiadado mar del Norte. Lo siento. Ya no puedo más. ¿Quién aguanta semejante tortura? ¿Qué sentido tiene flotar aquí sin esperanza? Siendo agnóstico, no sé a quién dirigirme. ¿Quién me puede rescatar? Cierro los ojos en busca de la realidad o del sueño definitivo…

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Martes, 28 Enero 2020

Deteniéndose a mitad de las escaleras que llevan a mi habitación en la casa de la tía Angélica, mi mejor amigo, el cineasta Tony Peredo, me dice: “Te voy a contar una cosa peculiar. Me ofrecieron un puesto de diputado”. Le pregunto: “¿A quién se le ocurrió eso?”. El urubicheño Dámaso Vaca, quien nos sigue hacia arriba, comenta: “Eso no te lo va a revelar nunca, ¿no es cierto, Tony? Si lo dijera, vos, querido Allart, lo publicarías en tu columna”. El cineasta dice: “Exactamente”. En mi habitación están jugando con legos chinos mi sobrino Sergito y mi hijito Sebastián. El urubicheño les dice: “Hola, niños. Sigan jugando. Hagan como si nosotros no existiéramos”. Sebastián nos pregunta no sin hostilidad: “¿Qué hacen aquí?”. Le explico: “Lo siento, hijo. Vamos a hablar aquí un ratito de política, me temo”. Tony les pregunta: ¿Cómo están, chicos? ¿Ustedes me ven como un político?”. Sergito responde: “Para nada, tío Tony. Mi mamá es una política. Vos no sos como mi mamá”. Digo: “Mi padre fue político y el papá del tío Tony también”. El cineasta me corrige: “Mi padrastro”. Sebastián le pregunta a nuestro amigo de Urubichá: “¿Y tu papá, tío?”. Dámaso dice: “Ninguno de mis parientes nunca se ha metido en la política. En ese sentido somos una familia limpia. Pero tengo un amigo que ha sido alcalde de nuestro pueblo”. Tony indaga: “¿Un buen alcalde?”. El urubicheño contesta: “Digamos un típico alcalde boliviano. A él personalmente le fue muy bien durante su mandato. Se hizo una casa bellísima”. Mi hijito dice: “Cuando estuvimos en Holanda, no hace mucho, mi papá y mi abuelo hablaron todos los días de política”. Suspiro y reconozco: “Lamentablemente, es la verdad. A mi padre le encanta discutir cualquier asunto político”. El cineasta dice: “Pero a vos no te gusta mucho hablar de política con nosotros. No lo hacemos nunca”. Trato de explicar: “Por algún motivo, las discusiones políticas siempre han sido una característica de la relación con mi padre. Sin la política, a lo mejor no tendríamos mucho de qué hablar”. Dámaso me pregunta: “¿Tiene muchos amigos tu padre?”. Respondo: “Tiene bastantes amigos de su infancia. Sin embargo, él mismo me ha confesado más de una vez que la política y la amistad son incompatibles. Y la verdad es, que ahora a sus ochenta años mi padre no frecuenta a ninguna persona conocida durante su carrera política”. Tony dice: “Mi padrastro siempre ha dicho lo mismo: la política es una cuestión de intereses, no de amistades”. Mi sobrino Sergito dice: “¿Pueden dejarnos en paz? A nosotros nos gustan los legos chinos”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Viernes, 24 Enero 2020

Sigo en la casa de la tía Angélica, aparentemente guardando reposo, pero la verdad es que el reposo me tiene cansado. Menos mal que mi sobrino Sergito y mi hijito Sebastián justo ahora entran a mi habitación. “Tío Allart, tenemos un plan”, anuncia mi sobrino. Me levanto y digo: “¡Aja! ¿Qué tipo de plan?”. Sebastián dice: “Yo inventé el plan”. Sergito le dice: “¡Mentira! Lo inventamos los dos. Yo inventé la mitad del plan. Vos, la otra mitad”. Repito: “¿Cuál es el plan?”. Mi sobrino explica: “Queremos ir al zoológico”. Mi hijito agrega: “Sí. Y luego al museo de historia natural”. Digo, realmente decepcionado: “Ay, chicos, lo siento. No puedo salir todavía. Me lo prohíben los doctores. Tenemos que inventar otro plan, me temo. Un plan que tenga en cuenta mi enfermedad”. Sergito dice: “Ay, tío, ya sabíamos que iba a decir eso”. Sebastián explica: “Por eso ya inventé otro plan”. Mi sobrino lo corrige: “Lo inventamos los dos. Vos inventaste la mascota. Yo, su nombre”. Pregunto: “¿De qué mascota están hablando?”. Sergito contesta: “Se llama Percy”. Comento: “Como el alcalde. ¿Acaso se parece a él?”. Sebastián dice: “No, nada que ver”. Quiero saber dónde se encuentra el misterioso animal llamado Percy. Mi sobrino me explica que se escapó. Así que tenemos que buscarlo. Mi hijito dice: “Estoy seguro de que está en la cocina, porque le gusta comer todo el día. Está un poquito gordo, pero es muy ágil”. Pregunto: “¿Sabe trepar bien?”. Sebastián responde: “Trepa tan bien como yo”. Sergito le dice: “¿Qué decís? Vos no sabés trepar. Yo, sí”. Llegados a la cocina, constatamos que no hay ningún animal. Digo: “Ay, chicos, ayúdenme por favor. Si no sé de qué animal se trata, no voy a poder encontrarlo”. Sergito se dirige a la puerta de la calle. Desde afuera grita: “¡Ya lo encontré! ¡Ya lo veo a Percy! ¡Vengan!” Afuera, en el patio delantero, Sebastián mira hacia las ramas de un árbol y dice: “¡Bajá, Percy! Vamos a jugar juntos. Está mi papá también”. Suspiro: “No lo veo. Díganme en qué tengo que fijarme. ¿Acaso Percy es un mono araña?”. Mi sobrino dice: “No es un mono araña, tío. Mirá bien. Está allí, en la rama más alta”. Escucho la voz de la tía Angélica quien acaba de llegar. Me dice, severamente: “Allart, tenés que estar en la cama. ¿Qué hacés aquí afuera?”. Tartamudeo: “Hay un animal en el árbol. Pero yo no lo veo”. Mi hijito dice: “Se llama Percy. ¿Lo ves, tía?”. La tía Angélica mira hacia arriba y exclama: “¡Ah sí! ¡Qué animal tan tierno!”. Le pregunto: “¿Lo ves en serio? ¿Se parece al alcalde?”. Ella dice: “Nada que ver. Andá, Allart, tenés que reposar”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Viernes, 24 Enero 2020

Una doctora, traída por la tía Angélica a su casa donde todavía permanecemos, primero examina a mi hijito Sebastián y luego a mí. La mujer es taciturna, paciente y meticulosa. Por fin, se decide a hablar y me dice con sorpresiva elocuencia: “Su hijo es muy valiente, lo entendí desde el principio, cuando le tomé la sangre. No se impresionó. Vamos a ver los resultados de los análisis sanguíneos. Mientras tanto, le puedo decir que Sebastián no parece tener síntomas alarmantes. Es un niño sano y forzudo. En cambio, usted, señor Hoekzema Nieboer, representa una suma de afecciones de alto riesgo. El dengue forma la enfermedad de base y, encima de eso, encontré toda una serie de padecimientos que van desde la hipertensión, pasando por otros males ligados a la obesidad, hasta llegar a serios problemas hepáticos. Usted no es sano ni forzudo. Sinceramente, no sé cómo vamos a arreglar todos estos líos”. Lo que me dice la doctora parece empeorar aún mi estado de salud. Siento dolores agudos en todo el cuerpo. Le digo, asustado: “No hay esperanza, ¿verdad, doctora?”. La mujer responde: “¿Se está dando cuenta de lo que está diciendo, señor Hoekzema Nieboer? No se parece en absoluto a su hijo. Su hijo tiene coraje, mientras que usted es un hombre sin fe. Lo que usted necesita es una buena dosis de fe. No se vive sin fe. ¡No, señor!”. Le explico: “Soy nórdico, señora, no sé si lo sabe”. La doctora dice: “Claro que lo sé. Tiene sus orígenes estampados en su cara. Además, leo sus columnas. Siempre menciona su nacionalidad holandesa. ¿Pero qué tiene que ver eso con su falta de fe?”. Comento: “Los holandeses tendemos a fijarnos en las cosas terrenales. La metafísica nos espanta o, mejor dicho, nos repugna”. La mujer prosigue con la misma elocuencia: “Le voy a dar dos consejos. El primero es terrenal. Su cuerpo precisa de una buena dieta. Y no se preocupe, mi segundo consejo no es metafísico sino espiritual. Para sanar completamente, usted precisa de nutrientes para el espíritu. No lo entiendo. Su hijo es un niño de gran fe. Eso es obvio. Además, su mejor amigo, el  cineasta Tony Peredo, ha basado toda su obra cinematográfica en el desarrollo espiritual”. Pregunto: “¿Lo conoce a Tony?”. Ella dice: “No personalmente, pero conozco sus películas, que son verdaderos sueños. Casi no puedo creer que un hombre tan poético y profundo sea su mejor amigo. Veo a Tony Peredo, tal vez sólo después del mítico cineasta ruso Andréi Tarkovski, como el mejor director de cine de la historia”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Viernes, 24 Enero 2020

“Para serte franco, recuerdo que, como de costumbre, hablamos anoche en el patio trasero sobre el tiempo, pero ya no sé a qué conclusión llegamos. Me levanté después del amanecer, lo que muy raramente me sucede, vos lo sabés”, le confieso por teléfono a mi mejor amigo, el cineasta Tony Peredo. “Yo también estoy con la mente asaz borrosa. Es verdad, hablamos del tiempo. Pero yo ahora tampoco puedo profundizar en el asunto. Me acuerdo solamente de que al final nos perdimos en una discusión acerca de asimetrías y asincronías. Vos introdujiste esos términos vagos”, dice el cineasta. “Bueno, tengo que trabajar. Hablemos más tarde”, concluyo. Voy a desayunar con mi hijito Sebastián quien ya me está esperando en la mesa en el patio trasero. Me dice: “Buenos días, papá. ¿Te gusta tu día hasta ahora? Yo quiero que hoy sea la jornada más extraordinaria del año”. Comento: “No va a ser un día tan extraordinario, me temo. Me siento raro y no tengo ganas de trabajar. La idea de tener que escribir mi enésima columna para el periódico me asusta”. Noto que la luz nos separa, es decir, yo estoy en la sombra mientras el sol alumbra la cara de mi hijito. “Ay, papá, no te preocupes. ¿Por qué estás asustado? Yo ya sé el tema de tu próxima columna. Vas a escribir acerca del tiempo y el título será ‘Hoy y mañana’. Leí el artículo y me gustó”. Observo: “Obviamente, me estás tomando el pelo, hijo. No es posible que conozcas mi nuevo artículo. No lo he escrito todavía”. Sebastián rebate, lacónico: “Es posible sí. Porque en mi jornada el artículo ya salió en ‘La Estrella del Oriente’. En serio, papá, no es mentira”. Pregunto: “¿Acaso tu jornada es mañana y la mía hoy?”. Mi hijito se ríe y exclama: “¡Guau! ¡Me encanta este juego!”. Digo no sin enojo: “No quiero jugar hoy”. Mi hijito dice: “Yo quiero jugar todo el día”. Siento frío y se lo digo a mi hijito, quien me responde: “Recuerdo que ayer hizo frío, es verdad”. Me pongo a pensar. Es un esfuerzo considerable, con mi cabeza de hoy. Razono en voz alta: “Si vos ya vivís en el mañana tenés que saber el resultado de nuestro partido de fútbol entre solteros y casados del barrio de esta noche”. Sebastián dice: “Sí, los solteros ganaron 2-1. A vos te expulsaron”. Llamo al cineasta Tony Peredo, diciendo: “Oí, amigo. Ya conozco el resultado del partido de esta noche. Vamos a realizar una apuesta en el restaurante chino de Armando. Todo el barrio está apostando. Seremos ricos”. Tony suspira: “Ay, amigo, ese partido ya se jugó anoche”.

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